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la carta del día

La divina tragedia

Por Javier Castillo Esteban - Jueves, 24 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

cerca del 40 aniversario de la Revolución Iraní liderada por Jomeini, muchos nos preguntamos si, con posterioridad a la destrucción de un proceso autocrático y fuertemente alicatado por las castas palaciegas, ha habido de verdad un cambio detrás de un paradigma socializador traducido en lo que hoy conocemos como Estado Islámico. Ya advirtió Trump que quien arropa al terrorismo “se arriesga a ser su víctima”, después del ataque que perpetró en junio el ISIS al mausoleo de quien fue más héroe que villano derrocando al último Shah. Unas palabras que, con razón o sin ella, conducen a una inevitable reflexión sobre la situación que sufre, no solo occidente, sino el mundo entero.

El jueves en Barcelona, y, lamentablemente, otro día cualquiera en que luzca el sol y la brisa recorra la aparente cotidianeidad, la primavera árabe corre el riesgo de derramar una nueva lágrima mezclada con almizcle, pues un conflicto de semejante envergadura carece de la composición de una tierra fértil y la profundidad de un nicho suficiente en la que enterrar un conflicto global y con demasiadas partes involucradas.

La Guerra Santa se declaró hace ya tiempo y nosotros: armados. Pero, ¿de qué? Del skyline de ciudades que se han deleitado con el regusto metálico de la sangre, de crespones edulcorados que adoptan idéntica tipografía en telediarios y redes sociales, de programas informativos y de declaraciones sensacionalistas que pretenden alimentar la tragedia. ¿Cuándo hemos recibido nosotros, de la jurisprudencia cristiana, la vara para medir actos tan desalmados de una forma tan trivial?

Nuestros verdugos: 17, 22, 24 años… son solo algunos de los diques artificiales que ha impuesto el destino a su supuesta causa. Vidas frágiles, y yermas ya. Edades que, sin identidad en el futuro, sorbieron las lacerantes enseñanzas de sus maestros y que han cicatrizado con la muerte. Los primeros, aquellos que han tragado con la interpretaciónad hoc de estos últimos al enunciar Yihad. Ya no como esfuerzo por crear una comunidad musulmana mejor y presta a una causa noble, donde la paz y la armonía, desde la vivencia y el respeto de los principios del Islam, auspicien la propia vida. No. Sino, más bien, como un salvoconducto entre Alá y la tierra, cuyos únicos intermediarios son la miseria y la soledad que circunda la juventud, ese espacio inhóspito y anodinado por la sociedad.

En nuestro objeto reside, pues, la capacidad de captar la belleza de esos rostros jóvenes y con aspecto pueril. Cojamos aliento, respiremos una vez más y afrontemos el reto, en ocasiones ímprobo, de atisbar una brizna de fe en la convivencia. Un esfuerzo por regar cada mañana, entre todos, un jardín sin dueño, un lugar que acoja tallos verdes y sin forma, que den frutos y no polinicen de virosis a los que están por nacer.

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