la carta del día

El fin del humor

Por Aitor Castañeda Zumeta - Sábado, 26 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Me permito dedicar unas líneas al suceso de la semana de fiestas en Bilbao, donde la comparsa Hontzak fue intervenida por la Ertzaintza tras recibir las autoridades locales una denuncia del Obispado, en la que se pedía retirar un mural que la mencionada comparsa había colgado en su txosna. En la misma, podía verse la imagen del Cristo crucificado de Velázquez con las partes de su cuerpo señaladas cual res despedazada de carnicería, simulando la venta de las piezas de su cuerpo y haciendo así una sátira de la eucaristía católica. Tras ser retirado el mural por ofensa a los sentimientos religiosos, la comparsa difundió por las redes un comunicado en que cargaba contra la religión milenaria, tildándola de fundamentalista, machista, ridícula y digna de burla, y otras tantas aseveraciones que pueden leerse si se busca el comunicado en Internet. Fuera ya del argumento típico de que la comparsa no se atrevería a hacer lo mismo con cualquier otra religión, personalmente opino que la libertad de expresión requiere de entender en su ejercicio hasta qué punto la lanza de la sátira es clavada impunemente en el costado de a quien se critica, no con objeto de hacerlo revivir, sino liquidarlo con dolor. El humor, como tantos otros comportamientos humanos, requiere de comprensión y mirada crítica, pero también de la conducta de igualarse al objeto criticado, a fin de observarlo en pie de igualdad y entender un mundo tonto, por encima de un tonto particular. Así, el filósofo alemán Juan Pablo Richer en sus teorías estéticas, discierne que si el humor se distingue en algo de lo que él denomina “satírico vulgar”, es en la actitud de este último de situarse por encima de su víctima, aplastándola con el sarcasmo y ridiculizándola ante el público. El mejor ejemplo de aquel satírico para Richter sería Demócrito, quien por considerarse superior al resto en intelecto osaba reírse de sus semejantes, y así también grandes pensadores como su contemporáneo Sócrates, Platón o los posteriores San Juan Crisóstomo o Tomás Hobbes criticaron con dureza la risa, considerándola siempre como síntoma de superioridad del que ríe sobre su objeto de hilaridad. Afortunadamente, no faltaron después otros como el humanista Erasmo de Rotterdam, el propio Richter o el contemporáneo Eco para subrayar la diferencia entre el humor y la sátira socarrona, en la que Don Quijote ya no sería un personaje a quien despreciar y burlar, sino la graciosa figura del noble deseo humano de justicia y defensa de quienes sufren, y así ya el lector no se ríe de él, sino con él. Es en ese punto donde nace el humor, y así gozamos hoy en día de las andanzas del caballero de la triste figura o del teatro de Shakespeare como máximos exponentes del humorismo, y ya en descenso a la escala local, ni qué decir del bertsolarismo vasco, que es hoy en día objeto de estudio como género artístico que emana una óptica crítica del mundo, pero a la vez de ingenio, arte en la dicción y rapidez en la composición poética. Nada de eso tiene que ver con las pretensiones de la pancarta retirada: despedazar el cuerpo del supuesto salvador del mundo, y la simulación de su venta cual carne porcina, eleva a la persona que cree que Cristo desciende a su cuerpo a través del pan y que puebla así su espíritu de nobles deseos de salvación para sus semejantes, al estrado del más estúpido de todos los seres humanos, y se le encara que su práctica, realizada durante centurias, obedece más a un deseo infundado de necrofagia aprendida por otros lunáticos(...). La solución propuesta por Hontzak para el pobre infeliz señalado no sería ya la compasión, sino su lapidación satírica a golpe de carcajadas hasta eliminarlo para siempre de la vista de sus semejantes, sin fe ninguna en su posible curación. Tal comportamiento recuerda a las tristemente conocidas situaciones en la que un ser humano no puede desprenderse del color de su piel, y puesto que esa diferencia molesta a la supremacía de quienes la tienen de otro tono, la única proposición de estos últimos fuese eliminarlo a él y a sus congéneres, y que no estorben a la supremacía de los satir(ic)os que así lo han decidido. Por supuesto, y desde que la democracia entró en nuestro país, es entendible la libertad individual a adherirse a las ideas que considere, aunque con ello se compute también el oculto y obviado deber de entenderse con el de al lado, guste o no. Las prácticas cristianas pueden ser divertidamente criticadas si con ello se las incita a cambiar a mejor, lo que es aplicable a cualquier estrato social que se precie, incluidas mujeres, negros, gordos, musulmanes, y todo lo que se quiera. Ahora bien: si el pacto de la libertad de expresión consiste en mostrar los deseos de supremacía de un colectivo sobre otro, y pasando el péndulo de un asfixiante nacional-catolicismo aún no resuelto a un nacional ateísmo o nacional-buenismode lo políticamente correcto, urge entonces redefinir la libertad de expresión y la ofensa al prójimo, ya solo por la convivencia entre diferentes y a fin de no convertir la alegría de la fiesta en un tumulto de tribus irremediablemente separadas por el odio y desidia, lo que, a mi juicio, han pretendido los acusados de la txosna.

El autor es profesor de Comunicación en la UPV/EHU

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