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Agresividad verbal

Por Daniel Burgui Iguzkiza - Sábado, 26 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

vivimos en un mundo violento. Esto es un hecho. Negarlo es obviar la realidad. Taparlo es una pretensión naif. Y maquillarlo es una idea infantil. Como periodista siento que el mundo se desmorona. Sí. He visto mucha y muy variada violencia en muchos lugares del mundo. Me preguntan a veces en charlas y conferencias qué ocurre en Siria o en las fronteras de Europa, cuál es la solución a un conflicto o qué demonios se pasa por la cabeza de quien comete atentados como el de Barcelona. A mí estas preguntas me hacen guardar silencio. A menudo muchos creen que tienen la respuesta. Suelen ser, estos, analistas sesudos. Me parecen muy interesantes sus hipótesis y conjeturas de la geopolítica, muy respetables sus preocupaciones. Pero a menudo, lo siento, su abstracción del suelo, de lo real, me provocan mucha risa. Les mandaría a estos tertulianos de salón a charlar cara a cara con quien huye de la guerra, escuchar sus historias, o pagarles una tarde de merienda con las niñas violadas por sus padres borrachos en las villas miseria de los Andes. Yo no tengo respuesta a aquellos dramas. Pero es más, lo que me pregunto con mayor frecuencia es qué pasa aquí, en Pamplona. En Iruñea. En nuestra casa.

Vivimos en una sociedad que se permite el lujo de convivir tranquilamente con el asesinato de 44 mujeres a manos de hombres, de sus supuestas parejas y amantes, a lo largo de un año. Eso fue en 2016. Ahora, en 2017, van más de 36 mujeres asesinadas. Vivimos en una sociedad que tolera que se agreda a conductores de autobuses urbanos y nadie en el pasaje se molesta. Una sociedad en la que en los institutos se acosa y asfixia a jóvenes y profesores;y nadie se levanta indignado del pupitre. En una sociedad muy progre en la que marica o machorra sigue siendo a día de hoy un insulto y en la que con absoluta normalidad y ligereza criminalizamos comunidades y seguimos usando expresiones como “oler a gitano” o “gitanada”. Una ciudad, la nuestra, Pamplona-Iruñea, donde hasta hace muy poco tiempo (y no sé si quizás aún hoy) se podía permitir que en un mismo bloque de edificios, en el mismo rellano, al anochecer una persona se fuese a la cama tranquilamente pensando que meterle un tiro en la nuca a su vecino o poner una bomba en su calle no era una idea tan mala. No era tan terrible. Y se echaba a roncar, feliz. Otro, su propio vecino, podía pensar simultáneamente que la tortura, la vulneración de derechos fundamentales, la falta de garantías procesales y moler a palos a otro a oscuras hasta reventarlos y por decreto no estaba tan mal. Que era un daño colateral. Esto, señoras, señores, pasa en nuestros barrios. Hasta familias, hermanas y hermanos, padres e hijos que se niegan la palabra por rencillas o disputas. ¿Y aún no entienden ustedes de violencia? Hoy, otros piensan que dejar morir a personas, sean mujeres o niños, en el mar, o en nuestras fronteras, es un mal menor. Un peaje. Oigo a una señora decir en las piscinas de mi barrio que a los extranjeros les dan muchas ayudas sociales, que les pagan, “chupan del bote”. Luego ayer otro dice que “putos moros, que están todos locos”. Y así. Otros tiempos fueron los de “putos vascos” o “todos a una, puta Osasuna”.

La agresión está presente en nuestro ocio, en la música, el deporte, el cine. Pero sobre todo la vivimos en acciones cotidianas: en un comentario en casa, en el trabajo, en la calle, en el que no tenemos ningún tipo de consideración por cualquier otra persona que no seamos nosotros mismos y nuestro pellejo. La violencia es la encarnación más salvaje del egoísmo. El yo por encima de todos. Y eso, más veces de las que quisiésemos, nos atrae, nos fascina.

Pero tampoco podemos caer en otro mal igual de estúpido: el de la ultracorrección política. Todo ha de ser tolerante e ingenuo, aséptico, ordenado, que no hiera a nadie, que no me incomode. Negar una realidad violenta no ayuda, la invisibiliza. Asumamos que vivimos en un mundo feo, irregular, mal pavimentado, torcido. Insultamos, gritamos, faltamos al respeto. Hablamos mal, ponemos adjetivos denigrantes a situaciones, personas y momentos. ¡Qué puto asco damos!, ¿eh, panda cabrones? Así, es. Así somos. Y ahora, una vez asumido esto, que no nos gusta y nos da arcadas, dejemos de lloriquear y pongámonos manos a la obra para ser un poco mejores.

Como periodista, mi herramienta son las palabras: construimos mundos y realidades y las cimentamos en expresiones, verbos y adjetivos. Es mi deber y el suyo también elaborar un discurso, elegir las palabras. A mí me enternece cada vez que escucho a alguien iniciar un argumento de la siguiente manera: “Yo no soy racista (no tengo nada en contra de / no quiero justificar esto / no quiero generalizar), pero…” porque sé que esta es la fórmula introductoria que antecede a la barrabasada de turno y ese “pero” es la vaselina gramatical y moral que pretende excusarla. Hace pocos días en este mismo periódico se publicaba una carta de opinión en la que un señor trataba de decir que no justificaba las agresiones machistas “pero” que en parte la culpa la tenían las mujeres, que le provocaban. ¡Toma ya! Desconozco de qué caverna acaba de salir este macho alfa, yo tampoco quiero generalizar, pero es así: un auténtico primate que argumentaba que no puede contener su testosterona. El autor de esta carta me recuerda a un antiguo y famoso inquilino del parque de la Taconera que conocí en mi infancia, el entrañable simio en cautividad que exhibía con alegría a ojos de todos los pamploneses su perseverante e inquebrantable afición al onanismo. Dale que te pego, a diario. (In memoriam, Charly!).

Por suerte, en este periódico en el que escribo, hasta el día de hoy, nunca nadie me ha dicho qué tengo que escribir. Ni me ha marcado ningún límite. Y esta libertad es algo que siempre agradezco. Por suerte, a menudo, esa sección de Cartas al Director pretende ser para lo bueno y lo malo el reflejo de la sociedad en la que vivimos. ¿Es eso terrible? No, es lo que hay. Otros prefieren ocultarlo. Lo bueno es que estas actitudes, cartas y expresiones de gente que sin ningún tipo de pudor y vergüenza se animan a compartir con los demás y soltarse en público a obsequiarnos con estas lindezas nos dan también la medida y la idea de la clase de seres humanos que nos rodean y con los que convivimos a diario. Y nos permiten ponerlos en evidencia, ridiculizarlos en público. En este caso, el señor que firmaba se llama Antxon Villaverde. Gracias, Antxon, por salir a la plaza del pueblo a lucir y pavonear unos argumentos que, en sí mismos, son violencia. Son una agresión verbal. Tus ideas me dan náuseas a mí y a mis compañeras, pero gracias, porque nos animan a esforzarnos más en elegir nuestras palabras en esta casa.

Como sociedad, como individuos, frente a esta violencia cotidiana creo que tenemos poca capacidad de crear espacios de paz y convivencia. Y cuando los creamos son frágiles, enclenques, débiles. Pero es nuestro deber mantenerlos y defenderlos, como este en el que escribo. Y esta tarea, creo yo, pasa por una capacidad responsable, crítica y comedida de poner en evidencia, señalar y marcar a los que pretenden fragmentar nuestra sociedad. Y con nuestras palabras debemos tender puentes y no construir muros. Arropar con las palabras justas a los débiles, pero también incomodar a los abusones con argumentos y también, por qué no, ridiculizar con sátira, humor y destreza a los retrógrados. Como el señor Villaverde y otros. Como la señora, el señor, que carga contra los migrantes, los moros, los gitanos, los turistas, las chicas en minifalda, los niños con tetas, los gordos y los flacos con pecas. Esa señora, ese señor, me está insultando a mí. Su ignorancia, el miedo, el prejuicio y la mezquindad les hace osados y atrevidos. A lo único que tengo fobia es a vuestra necedad. Me aviolentáis con vuestros verbos agresores. Pero, gracias, gracias por provocarnos.

El autor es periodista

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