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El duende iconoclasta

Por Javier Escorzo - Domingo, 27 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Tomasito, en esencia, en el Tablao del Hotel Tres Reyes.

Tomasito, en esencia, en el Tablao del Hotel Tres Reyes. (IÑAKI PORTO)

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  • Tomasito, en esencia, en el Tablao del Hotel Tres Reyes.

El Flamenco On Fire es un festival que entiende el flamenco en el sentido más amplio del término. Entre el sinfín de actividades que programa encontramos clases magistrales, talleres, mesas redondas, oferta gastronómica y, por supuesto, numerosas actuaciones, matutinas y vespertinas, en las que se da cabida al flamenco más puro y tradicional, pero también a la investigación y la vanguardia. Y si hay un nombre que transgrede todos los géneros, ese es el de Tomás Moreno Romero, Tomasito. El jerezano no es evolución, sino revolución pura y dura. Histrionismo, taconeo y provocación. Humor e inteligencia. Un huracán que asola el escenario y deja al público boquiabierto, primero, desternillado de risa, después, y completamente convertido a su causa, por último. Lo dijo José Manuel Gómez Gufi (conductor del programa radiofónico Planeta Jondo) al presentar la actuación: una vez fue con Tomasito al Carnaval de Soweto (la tierra de Nelson Mandela), y vio cómo este inclasificable artista flamenco ponía a bailar a las catorce tribus de Sudáfrica (o quizás fuesen dieciséis, poco importa ese dato a ciertas horas de la noche). Y eso fue lo que hizo el viernes con la tribu de Pamplona. Salió con su banda, que es, en el fondo y en la forma, una banda de rock (cuarteto de guitarra acústica, guitarra eléctrica, bajo y batería). Se lució, nada más salir, con un prolongado taconeo mientras sus músicos tocaban palmas. La primera canción propiamente dicha fue Al abandono, una rumba al más puro estilo de Los Chichos. Tomasito sabe que su figura es controvertida y generadora de polémica, por lo que, al presentarse, dio las gracias a la organización del Festival por permitirle formar parte del mismo (recordemos que ya había participado en la primera edición, en un mítico concierto celebrado en la Ciudadela junto a Kiko Veneno, Los Evangelistas y Soleá Morente). Tras cuatro años de silencio, ahora ha regresado a la actualidad discográfica con el recopilatorio Ciudadano gitano, en el que resume su personal manera de entender el flamenco. Como Libre y a mi manera, la única canción nueva del grandes éxitos, en la que reafirmó por tangos su libérrima e irreverente personalidad. Con la célebre Soy un limón el público comenzó a participar del concierto, tras unos primeros minutos de estupor al ver lo que estaba sucediendo sobre las tablas. Y es que se necesita un tiempo para entrar en situación, disfrutar sin prejuicios y perder los papeles. Tomasito, por su parte, escenificaba la letra (“…soy un pirao y un colgao…”) colgando, literalmente, el cuello de su camisa del micrófono. En la siguiente, La cacerola, que escribió junto a Los Delinqüentes se puso una mochila (del Real Madrid, para más señas) mientras corría y saltaba sobre cada centímetro de escenario. Para entonces la fiesta era ya completa, pero todavía quedaba margen para aumentar el delirio con Azalvajao, una soleá heavy en la que los taconeos se fundieron con los atronadores guitarrazos eléctricos. Las aguas volvieron a su cauce, momentáneamente, con la acústica y pegadiza De momento, para volver a desbarrar en la surrealista letra de Señores ladrones, con nueva participación popular en el estribillo y recado del artista hacia políticos y banqueros. Se despidió con Oh, mare, pero tal fue la ovación que no llegó ni a bajarse del escenario. Tras los agradecimientos de rigor, Camino del hoyo y El vino y el pescao, canción extraída de aquella maravillosa anomalía artística y sonora que fue el G5 (súper grupo formado por Kiko Veneno, Muchachito Bombo Inferno, Canijo y Ratón de Los Delinqüentes y el propio Tomasito). Para entonces ya todo el público puesto en pie, bailando y cantando a voz en grito. Dijo al despedirse que no iba a ser esa una plaza fácil;precisamente por eso su triunfo tiene mucho más valor.

las claves

Rafael Riqueni, siempre muy agradecido, vino a agradar al público, a que todos -él también- pasaran un buen rato. Presentó su nuevo disco: un paseo por el parque sevillano de Maria Luisa, y terminó su largo recital (más de dos horas y media) con una rumba reconvertida en sesión de jazz, donde el amplio elenco de músicos que le acompañan, demostraron su valía. A mi juicio, Riqueni se equivocó al deslavazar su precioso Parque de Maria Luisa con abundantes comentarios, y la entrada y salida de los músicos en cada tema, algunos muy cortos. Yo creo que la obra es una suite, o sea, una serie de movimientos instrumentales dispares, con algún elemento de unidad, que ha de interpretarse como una sola obra. Con los músicos quietos, conservando el ambiente aunque no intervengan, una iluminación clara y limpia -no se por qué la manía de la perpetua penumbra, en una obra tan luminosa- y el continuo protagonismo de la guitarra, como elemento unitario, el paseo, lleno de temas a cual más hermoso, hubiera resultado mejor, más concentrado y sin la excesiva dilatación extra-musical. Aún así, disfrutamos de una partitura, muy personal, llena de rincones francamente emocionantes: llamada ancestral de la flauta, evocadora;emotivo tema en chelo y cuerda, melancólicas, recordando a Bécquer;trémolos y picados en la guitarra sola -siempre mandando-;fresca y luminosa melodía mañanera en guitarra y cuerda;diálogos entre guitarra y piano, y luego con el saxofón -este muy “jazzístico” toda la velada-;virtuosismo en la guitarra en los tramos más flamencos -con palmas-;mucha ternura en el tema de la “casa de palomas” -(te llevé de la mano, recordando a los padres con sus hijos)-;onomatopeyas de canto de pájaros con la guitarra;una maravillosa evocación de la Plaza de España, con jota, muñeira y chotis, incluidos;y, para finalizar, un tema tranquilo, pero denso, que se eleva como una bandada de palomas. ¡Ah¡, y el misterio de la segunda guitarra que sacó el maestro, “con las cuerdas en distinto orden”, según dijo, que quedó sin resolver. Y un paréntesis muy virtuosístico, dedicado a Sabicas. Parque de Maria Luisa es una obra sutil, llena de detalles, descriptiva, y muy rica en melodías, algo francamente difícil de inventar, y que hoy día, a veces, no se valora como se debe en los ambientes compositivos.

La segunda parte fue mejor, en cuanto a la realización. El maestro, en medio de un plantel de músicos jóvenes, a los que, desde su rotunda y, a la vez, delicada guitarra, iba dando cancha. Tocaron por taranta, soleá, rondeñas, fandangos de Huelva, bulerías (Romero Verde, en homenaje a Manuel Molina), y rumba. Siempre alternando la guitarra sola -mandando- con las diversas formaciones de cuarteto de cuerda, o intervenciones solistas;con palmas y jaleo -discreto- para los palos de ritmo más marcado. Riqueni, con la rumba final, se va a acercar a los ritmos más modernos, pero siempre desde la serenidad que imparte su figura. Los músicos van saltando a la palestra: el piano, el violín, el saxofón, el contrabajo, la percusión y la batería, protagonizan solos espectaculares. Y Riqueni, con un semblante sereno, agradecido y sonriente, se sentía francamente bien en medio de toda esa vorágine que le brindaba la juventud. Tradición y modernidad se alimentan.

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