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Como hace cien años

La cuadrilla del matatxerri es una de las que hace posible la fiesta Orhipean en Otsagabia
Mari Carmen Recalde hace jabón a la antigua usanza dos meses antes para ayudar a sufragar los gastos

M. Zozaya Elduayen / Iñaki Porto - Domingo, 27 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La comprometida cuadrilla del matatxerri rodea la caldera de hierro mientras se cuecen las morcillas que luego asan para hacer pinchos y recaudar fondos para la fiesta.

La comprometida cuadrilla del matatxerri rodea la caldera de hierro mientras se cuecen las morcillas que luego asan para hacer pinchos y recaudar fondos para la fiesta. (Iñaki Porto)

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La comprometida cuadrilla del matatxerri rodea la caldera de hierro mientras se cuecen las morcillas que luego asan para hacer pinchos y recaudar fondos para la fiesta.Milagros Landa y su nieta Amets, del grupo de las hilanderas, mostraban el proceso artesanal de la lana.Voluntaria repartidora del periódico de 1917.Lavanderas en el río Anduña, uno de los mayores atractivos de la jornada.Andoni Eslaba esquila una oveja ante la atenta mirada del público.
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Otsagabia- A Mari Carmen Recalde le brillan los ojos cuando habla de Orhipean. Vecina de Otsagabia de toda la vida, habita la casa Iriart, que fue de su madre, mondonguera que le enseñó a hacer las morcillas del mismo modo que ayer las hacía en la plaza, como hace cien años.

Implicada igual que la práctica totalidad de la vecindad otsagiarra, Mari Carmen participa en la fiesta desde su primera edición, hace 14 años, y con el tiempo ni se ha descolgado, ni ha perdido una pizca de ilusión.

“Para mí, es mucho más que las fiestas. Yo espero este día todo el año”, expresaba con emoción en su mirada. Con ella, arrastra de buen grado a su cuadrilla y juntos hacen el matatxerri como se hacía en casa en la primera mitad del siglo XX. “Somos cinco amigas unidas desde la escuela y lo hacemos con nuestros maridos desde el primer año”, relata. “Pasamos un día muy a gusto entre la gente que queremos. Somos una cuadrilla muy unida”. Ayer sólo faltaba Rosi. “Mi primer WhatsApp ha sido para ella, que no ha podido venir porque se ha quedado a cuidar a su marido”, lamentaba.

No tienen nombre, pero ya les conocen como la cuadrilla del matatxerri, y cada año congregan a numeroso público que recuerda cómo era aquello en otro tiempo, o simplemente, lo conoce allí.

Fuego en la calle y olor a mondongo. Lo hacen todo a mano. Los hombres se ocupan de la matanza, las mujeres de las morcillas elaboradas con la sangre (luego con ellas hacen pinchos y los venden para sacar fondos).

La víspera del día grande de Orhipean, la cuadrilla deja parte del escenario preparado en la calle para el día siguiente y, aún con todo, el día del evento, toca madrugar, recalca satisfecha Inma Eseberri.

Sobre las ocho de la mañana vuelven a ocupar el espacio en el que los hombres almuerzan, mientras ellas forman y cuecen las morcillas se van tiñendo sus manos de sangre. “El mayor trabajo lo llevamos las mujeres”, afirma Mari Carmen, y asienten con el gesto sus amigas.

Mientras tanto, la plaza se va llenando de público que sigue el despiece del animal. El foco lo tienen en ese momento los hombres.

El joven Joseba Sagardoi separa la carne del hueso y saca la pieza de lomo. Se ha sumado a la cuadrilla . “El año pasado ya participé, tengo mucha afición”, nada extraño teniendo en cuenta que es hijo del carnicero José Javier Sagardoi, Txepi. “Me atrae el mundo rural. Pienso que se debería volver a criar y a la matanza en los pueblos”, opina el joven de 17 años.

También los jóvenes Andoni Arizkuren e Iñaki Zoco echaban una mano a la cuadrilla ayer por la mañana. En la misma plaza se podían ver cercados unos euskaltxerris criados por ellos y que, probablemente, el próximo año servirán para el matatxerri. Son jóvenes que van arrimando el hombro, que es lo único que necesita Orhipean.

REFUERZOEn la misma actitud, Irati y Saray Mancho Elizalde, de 14 y 16 años respectivamente, y Luana Sola Goyeneche colaboraban con la venta de pastillas de jabón, que dos meses antes también lo elabora Mari Carmen Recalde con sus propias manos.

“Lo hago como se hacía antes, con manteca, agua y sosa, y lo revuelvo. Hay que hacerlo con tanto tiempo para que se seque”, explica esta vecina doblemente implicada. Las jóvenes lo envuelven y le ponen el sello de Orhipean. Se colocan en un precioso rincón de la villa con su pequeña fregadera donde demuestran su uso. Pero además, lo venden a 1 euro para financiar la fiesta. Ayer vendieron 400 pastillas.

Chicas y chicos son un ejemplo para la juventud. “Participamos con mucho gusto porque es la única forma de que siga la fiesta y una manera de aprender la forma de vida de nuestras abuelas y abuelos”, expresaban las tres amigas.

“Se agradecen las manos jóvenes”, apuntaba Mari Carmen Recalde. Para ella, vestirse de salacenca, hilar, que también sabe, hacer el jabón o coordinar el matatxerri es parte de su vida. Pero lejos del protagonismo personal, recalca: “Soy una más, y todo esto no podría salir adelante sin el voluntariado”.

Para hacer realidad Orhipean se juntan durante el año los responsables de cada grupo, ella es del matatxerri, y así entre 25 y 30 personas. Admite que es trabajo, pero a ella no le pesa. “Rescatar las cosas del olvido, poner en valor nuestro pasado, todo lo que hemos conservado y hemos visto a lo largo de nuestra vida, para mí es muy grande, y me ilusiona ponerlo en valor. La mayor parte del pueblo se implica por la misma razón”. Entre las humeantes morcillas, Mari Carmen recordaba con la costurera Marcela Eseverri, aquella primera edición de Orhipean, más modesta. Creció y se mantiene, “ y si la dejamos, no volverá”, sentencia