Maya: lienzo y tarima. Juerga de flamenco y pop

Por Javier Escorzo - Lunes, 28 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Doble actuación para la noche del sábado en el Flamenco on Fire. Fue la única cita celebrada en la sala Zentral, con el público de pie, situación más apropiada para recibir a los dos artistas que nos visitaban. En primer lugar, Popo. Mallorquín de nacimiento y madrileño de adopción, Pedro Gabarre lleva el duende en la sangre, pues pertenece a una familia de artistas. Y no solo eso;también ha trabajado con grandes figuras del flamenco, como Enrique y Estrella Morente, Antonio Canales o Carmen Linares.

En Pamplona presentó Soniquete con flow, un trabajo en el que, ya desde el mismo título, deja clara su vocación de fusionar estilos. Inició su actuación con una exhibición de taconeo que terminó exclamando un sonoro ¡Señores!, como brindando la faena al respetable. Es de la escuela de Ketama, y eso se pudo ver en la formación (guitarra acústica, eléctrica, bajo, teclados, batería y coros). Una gran banda gracias a la que pudo mezclar el flamenco con otros estilos, principalmente el pop (aunque también hubo pinceladas de hip hop). Realizó una lograda versión de Moguer, la bulería que Estrella Morente incluyó en su primer álbum (Mi cante y un poema). Siguió con un tema más bailable, Mama, su nuevo single. Anunció que tocaba ponerse tierno, y lo hizo para dedicar a las víctimas de los atentados terroristas de Cataluña la siguiente canción, que fue la emotiva baladaSilencio. Antes de terminar, Popo exhibió sus dotes en el cajón flamenco (actualmente ejerce como percusionista de la familia Morente). Había reservado una sorpresa para su despedida, y fue la aparición de Tomasito, con quien interpretó la medio rapeada Veneno (también la cantan juntos en el disco).

Tras una breve pausa para preparar el escenario, llegó el plato fuerte de la noche y, también, uno de los más esperados del festival: Antonio Carmona. El que fuera líder de Ketama traía a Pamplona un nuevo lanzamiento discográfico, el primero en seis años. Obras son amores es el título del trabajo, y aunque el artista reconoce que gran parte del público desea escuchar las canciones antiguas, tuvo la valentía de incluir varias novedades en el repertorio, gesto que, artísticamente, solo puede calificarse de valiente. Para su fortuna, las nuevas composiciones no desentonaron en absoluto respecto a sus viejos himnos, ni en ritmo ni en calidad. Carmona salió a por todas con la que a buen seguro es su canción más conocida: No estamos lokos, de Ketama. La sala Zentral, que registró un llenazo hasta la bandera, estaba rendida de antemano, pero por si todavía quedaba algún escéptico, definitivamente quedó desarmado ante tan fulminante inicio. Ya con todo a favor, el granadino, que estuvo acompañado por una banda extraordinaria, manejó con maestría los tempos del concierto.

Cantó Mencanta a dúo con su sobrino Juan, a la que siguió Vengo venenoso, uno de sus grandes éxitos en solitario. Uno de los momentos más emotivos de la noche llegó con Se dejaba llevar por ti, la versión de Antonio Vega, a quien describió como uno de los mejores compositores de la historia de nuestra música. En esta canción subió a cantar su amigo Alfonso. Tras ella, más temas de su flamante nuevo disco, como Dale luz, la balada aflamencada Porque tú me amas, Camamasi, la pegadizaGitana tú o La razón de mi existir, siendo finalmente ocho las novedades que sonaron. Mención especial merece Vida, que Antonio escribió para su sobrino Manuel, que falleció cuando solo tenía veintidós años. Y, por supuesto, no faltaron sus grandes éxitos, como Para que tú no llores, dedicada a las víctimas del terrorismo (esa tarde se había celebrado la multitudinaria manifestación de Barcelona), la versión de Serrat Aquellas pequeñas cosas, que sonó emocionantísima a piano y voz, o la archiconocida Vente pa Madrid. Pero los mejores instantes se alcanzaron en las partes menos preparadas: cuando agarró la guitarra acústica o el cajón, tocando ambos de manera magistral, o al final de la velada, ya con el concierto terminado, cuando se unió a sus músicos para improvisar una juerga flamenca repleta de palmas, bailes y jaleos.

las claves

Entre las varias teorías que hay sobre la procedencia del zapateado flamenco, José Maya, con su arte, parece avalar la que sostiene que dicho zapateado viene del ejercicio de patear la cubierta del barco, que mandaban a los esclavos para mantenerlos musculosos, y así venderlos mejor. Este baile detarima surgió, pues, como protesta y recuerdo de estos esclavos, de ahí ese fondo de violencia y rabia que tiene. Y es que Maya comenzó su actuación con un taconeo enfadao, muy visceral, con remates rotundos de un pié, y expresión trasfigurada, para liberar la rabia. Y es que, la otra faceta del flamenco, es la de la liberación del ritmo. Si nos fijamos, en otras músicas, se tiende a encorsetar el ritmo;en el flamenco es imposible;en un mismo cante se puede ir del ritmo de bulería, por ejemplo, al de la jota, sin que se desvanezca la estructura. Todo esto viene a cuento de la magnífica actuación de José Maya en el trasnoche del hotel Tres Reyes. Porque el bailaor -a medida que transcurría la velada- pasaba del taconeo de los palos festivos, a los más serios, con diversas intensidades, desde el susurro hasta reventar la tarima. Maya, en un espacio muy acotado y pequeño, donde, además estaban los otros cuatro acompañantes, se hizo muy bien con el espacio, tratándolo como un lienzo -él también pinta-, para ofrecernos giros espléndidos, brazos extravertidos, y recorridos, en matiz pianísimo de tacones, pespunteando el escenario con un virtuosismo que muestra el dominio que tiene sobre los pies un gran bailaor: dominio de la técnica, de la expresión, del volumen, del ritmo, de la comunicación con el espectador. Ese sonido pequeño de tacones, casi haciendo cosquillas a la tarima, está muy logrado, es muy bello y crea expectación en el respetable.

Abrió la noche de copas y ambiente de tablao, el canto subido, alto, de Manuel Tañé, muy metido en el drama: “En esta vida maldita, siempre le faltan las cosas, a quien más las necesita”. Letras maravillosas, que proclamó muy bien;con riqueza de melismas de largo aliento: “Los pájaros se mueren de pena, la mar se viste de luto, los árboles no echan fruto, porque ha muerto mi morena”. Le dio la réplica el veterano Enrique El Extremeño, que cantó mucho, imprecando, a menudo, al bailaor y comprometiéndole, por ejemplo en el cante a palo seco;con un registro vocal casi siempre en matiz fuerte, con pocos matices. De nuevo, el guitarrista Pino Losada avala el buen momento del toque: su guitarra fue siempre delicada pero presente y contundente, sin trompicones ni trallazos metálicos;más bien, metida en el revoleo del trémolo, que lo mismo expone el tema, que envuelve a la melodía;el pulgar, a veces, como un poderoso bajo continuo. Y la percusión -cajón- de El Piraña, rotunda, y que se lució en un solo.

Maya se despide con un cante sin micrófono: se agradece su voz limpia y fresca. Este chico todo lo hace bien.

Vamos llegando al final del Flamenco On Fire. Siguen visitándonos las grandes figuras. Se presentan nuevos formatos de recital (a tres bandas). Se estrenan obras nuevas (a la altura del sinfonismo). Se descubren artistas desconocidos (Ana Morales, por ejemplo). Yo, sigo reivindicando algo que sé que es muy difícil con los flamencos, informar más al público de lo que se interpreta;sobre todo para crear afición. Y luego está la amplificación: flamencólogos dicen que es un disparate escuchar al mismo volumen una solea que una bulería, con sus dinámicas totalmente distintas, aunque, claro, no hay otro remedio en las grandes salas;pero, creo que, a menudo, se peca de excesiva amplificación.