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Persiguiendo tu muleta, Dámaso

Por Manuel Sagüés - Lunes, 28 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Aunque viví y recuerdo bien de mi niñez la última época de la asolerada terna de figurones que formaban Diego Puerta (+2011), Paco Camino y El Viti, (¡es cojonudo, cómo El Viti, no hay ninguno!), los toreros que me quedaron más marcados en la memoria a través de las hormonas de la adolescencia fueron otros. La terna quinceañera la formaban, entresacando a alguno de ellos al gusto de cada ocasión, Paquirri (+1984), Dámaso González (+2017), Manzanares (+2014) y el Niño de la Capea. Cuatro toreros de una época de colosales transiciones. En lo taurino, atrás quedó la hondura de los Puerta... y, por otro lado, los ranazos yeyés de El Cordobés.

De las ternas infantiles y de primera juventud ya solo puedo combinar para un paseíllo de tarde de gloria al Sabio de Camas, al cojonudo de Vitigudino y al eterno niño salmantino, El Capea. ¡Faenas del tiempo y del destino! Una cosa de mucho cuajo y sin obsolescencia distinguió a Dámaso González del resto de los otro siete toreros mentados. Dámaso, albaceteño enjuto, de corta talla, y de rostro más afilado que una faca de su tierra, no fue el guapo ni el niño ni el caído. Dámaso fue el Rey del Temple. Selló para siempre en los anales y cánones de la tauromaquia el toreo templado. Temple que llevó hasta el extremo de los circulares de faz y por la espalda. Interminables. Inolvidables. Nunca mejor dicho, un giro completo de tuerca en la técnica taurómaca. Luego, llegaron los retoques y parones de Ojeda y de muchos otros. Aún figura del toreo, se enfrentó y telefoneó mejor que nadie a los miuras en Pamplona;en cuya Monumental, todas la peñas le homenajearon con enorme cariño. 31 tardes. Dos rabos. Una ovación atronadora. Miles de toros todavía están persiguiendo la muleta de Dámaso para descubrir que fuerza, pasión y deseos había detrás de ella. Había una auténtica piedra preciosa de la vida: la eterna templanza.

El autor es historiador y escritor

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