La red social: una verdad sin paracaídas

Javier Castillo Esteban - Miércoles, 30 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Todos hemos tenido contacto, de una forma u otra, con ella. Ella o ello, según el artículo. Un espectro oferente de comunicación e incomunicación que sobrevuela las cabezas de jóvenes, y no tan jóvenes. El paradigma virtual, en sí, no contiene un propósito pernicioso. Sin embargo, hay más fuerzas que coexisten con el soporte y que hacen de la noticia compartida un arma de doble filo, siendo uno de estos más refulgente y letal. Corren tiempos de periodismo ciudadano y de guerrilla. El verso inmediato y no contrastado, aun siendo noticioso, está devorando la información para después digerirla a su antojo. En mi opinión, el problema deviene del implacable apremio por estimular, más aún, ojos acuosos, por erigirnos profetas de la buena o mala nueva. La trascendencia de publicar un vídeo poco interesa, solo nos alimenta la primicia, el momento que discurre como un torrente y anega la fértil inocencia del lector. No será de extrañar, pues, la facilidad con la que se esgrimen cadáveres tras una bomba que ha estallado hace unos instantes o el reguero de turistas furibundos después de que una furgoneta los haya arrollado. El hecho de juzgar estos actos no nos corresponde, pero sí la manera de lidiar con la barbarie. Es inevitable cruzarnos en algún momento con los detalles más escabrosos, incluso ojearlos disimuladamente, de hecho, es humano. En cualquier caso, de lo que nadie queda exento es de la libertad que nos confiere la razón para decidir no. No a compartir crueldades. No al embeleso mórbido. No a ceder ante la frívola seducción por mostrar la angustia personificada. Asimismo, en un ejercicio de consciencia, de la que tengo la certeza que todos somos cómplices, habremos de discernir entre unos contenidos u otros y las espinosas consecuencias que conllevan.

Con todo, no creo que sea necesario ocultar imágenes salafistas, tampoco ignorar amenazas públicas contra nuestra integridad. Más bien, es nuestro derecho y obligación abundar sobre el asunto, desde la autocrítica, aunque nuestra postura no destile compadreo. Elevar la voz para sedimentar una trivialidad tras otra nunca ha sido tierra de buen fruto, como tampoco el abono que aúpa a líderes de opinión o gente enrollada. Formemos una opinión inequívoca y ordenada entre todos, pero de la que podamos pulir aristas y redondear círculos, derroquemos a la idolatría que reina para ser vista.