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Quien siembra vientos recoge tempestades

Por Ramón Doria Bajo - Miércoles, 30 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

el día 17 de agosto estuvimos mi mujer y yo, dos horas antes, a escasos 100 metros de las Ramblas de Barcelona. Es decir, pudimos ser cualquiera de los fallecidos. La guerra es la guerra y siembra la muerte por doquier, eso está claro pero… ¿quién siembra la guerra?

Voltaire, en el apartado Guerra de su Diccionario Filosófico, nos explica que el principal objetivo de todas las guerras es el robo, el expolio de las riquezas ajenas y dice: “Todos los vicios reunidos en todos los tiempos y en todos los lugares nunca igualarán los males que produce una sola guerra… Pero la guerra, que reúne todos esos dones, nos viene de la imaginación de 300 o 400 personas extendidas por la superficie de este globo…”. Y al hablar de los malvados señala: “La avaricia, madre de todos los crímenes”.

Nuestro Premio Cervantes, don Rafael Sánchez-Ferlosio en su ensayo Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado (Ed. Destino 2002) nos explica que es un error pensar que las armas se fabrican para combatir en la guerras. Es al revés, son las guerras las que se fabrican para poder vender las armas. Los fabricantes de armas necesitan, como cualquier otro fabricante, vender sus productos, sea mediante publicidad, como la mayoría, o sea mediante otras estrategias tales como: la inducción a la obtención de sustanciosos botines derivados de las guerras (petróleo, metales, tierras, mercados, influencias….) y la incitación al odio entre las gentes de diversas culturas o circunstancias.

Muchos ciudadanos españoles, como yo mismo, estuvimos acampados en plazas y parques luchando contra la proyectada Guerra de Irak. Perdimos la batalla y la guerra se consumó. Desde entonces la escalada de violencia no ha dejado de crecer: Torres Gemelas, atentados en Europa, invasión de Libia, Siria… Y en la misma medida que crecen las guerras crece el botín de los 300 o 400 individuos que las organizan.

Mientras los pueblos sigamos adorando las riquezas ajenas, seguiremos aupando a los gobiernos a gentes avariciosas y guerreras. El mal no es ajeno a nosotros, está en nosotros. El enemigo no es el otro, el diferente o el lejano. Nuestro enemigo es quien promueve la discriminación y el odio.

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