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Tesis o antítesis

Por Jesús Barcos - Miércoles, 30 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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con el paso de los días regresa la pregunta sobre qué ocurrirá a partir del 2 de octubre en Catalunya. Alberto Fernández Díaz, político del PP, hermano del ex ministro, dijo antes de los atentados que el 1-O que se certificará “el deceso del Proceso”. Sin ánimo alguno de ser macabro, ni mucho menos insensible, y retomando el pareado como signo de normalidad, la metáfora es del todo cierta, porque independientemente de todos los interrogantes abiertos, el Procés como tal está a punto de expirar tras siete años de duración. El misterio es qué vendrá a continuación. Si una vida mejor en forma de Estado, tesis del independentismo;la independencia hecha cenizas, tesis de buena parte del unionismo;o una reencarnación para más adelante, postura asociable a los Comunes. En cualquiera de los tres casos, el Procés dejará una huella profunda en los catalanes, y está por ver en el Estado, donde pugnan los partidarios de la reacción, los de la componenda, y con mucho menos peso, los de la apertura significativa a un marco plurinacional.

Hace años escribió el politólogo Jordi Muñoz que el sistema autonómico había creado “espacios para las otras culturas pero lo hizo sin obligar a España a repensarse a sí misma”. Ni en una crisis tan profunda como la actual el Estado está dispuesto a dar ese paso. La España a la que se le escapa lo que ocurre en Catalunya no deja de quedar en evidencia. Y un acuerdo in extremis ni está ni casi se le espera, porque su venta es sumamente complicada ante la escorada centralidad en la opinión pública española. Novedad relativa es que los sanchistas asumen la conveniencia de cambiar las huecas nacionalidades de la Constitución por denominadas naciones que igualmente se perfilan desprovistas de contenido. Nominalismo y demasiada improvisación hacia otro café aguado para todos. En frente, la factoría independentista de Génova y su relato. Como el popular Rafael Hernando calificando la España plurinacional de “aberración”.

Uno de los baluartes del españolismo ha sido eludir identificarse como nacionalista. No reconocer su propio carácter pese a las evidencias. En este terreno de juego inclinado, el soberanismo catalán supo leer el partido, invocando la nació y después el estat, sin hablar de nacionalismo,equilibrando así el choque de relatos, sobre otra idea que también caló: la imposibilidad del entendimiento con el Estado español. Que la aceptación siquiera pragmática de la realidad nacional catalana no era posible. Y que en esa disquisición, lo mejor y lo más creíble era decir prou.

En este cambio de paradigma con trazas generacionales y coyunturales, las redes sociales jugaron un papel clave para compartir la convicción de que el divorcio, además de legítimo, era viable. Sobre la base de que España no se podía reformar en serio, que el último en intentarlo había sido Maragall, y que el triple en las Generales de Rajoy cincelaba esta misma tesis. En esta dinámica, con la tercera vía de Durán desaparecida, Podemos no alcanzó en el Congreso ni el sorpasso. La tesis ya era mármol. Tanto que ahora Iglesias pide no participar el 1-O, aunque cene con Junqueras en la mesa de Roures.

Con las leyes en la mano, si el 99% de los catalanes fueran independentistas tampoco podrían materializar su proyecto. Este blindaje -demográfico que no democrático- sirve para un roto y para un descosido. Lo explicó muy bien en La VanguardiaAntoni Puigverd, hombre de tendencias pactistas, cuando escribió que la ciudadanía española “no quiere ni puede entender las ilusiones y problemas del catalanismo”, agarrada a menudo a “juicios temerarios” sobre los catalanes (enfermos, adoctrinados, fanatizados, fracturados...). Un panorama que a su juicio para los catalanes sólo admite dos salidas: “o resignación o ruptura”.

Ahora piensen cuántas veces han leído o escuchado en los últimos meses que los dirigentes catalanes se han vuelto locos. De atar, añadirá alguno, y ya se sabe -connotaciones del lenguaje-que quienes pierden la cordura por su propia protección a veces requieren una camisa de fuerza. En ese marco, llámese 155 o sucedáneos, algunos se sienten de maravilla.

Toda esta martingala de que al soberanismo se le ha ido la pinza, será muy viral para ciertos sectores, pero aparte del desprecio, jerarquía y maniqueismo que transmite, describe la existencia de una desconexión mutua, manifestada en mil detalles, que es como empiezan a fraguarse la mayoría de los divorcios.

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