El nadador (John Cheever)

Por Maite Esparza - Viernes, 1 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Sentado en un sillón de mimbre a la sombra de un sauce, parecía que el octogenario leía el Architectural Digestmientras un niño emitía sonidos de motor, aunque llevaba media hora en la frase Los Eames nunca se fueron y ya no reconocía a su nieto. En ese instante libre de vigilancia materna el niño recogía hierba con una excavadora amarilla al borde de la piscina. El nadador apareció tras el seto y atravesó la lámina de agua como un puñal. Su cuerpo de acero cruzó la piscina y emergió silencioso desapareciendo entre dos árboles. Se elevó sobre una valla de madera y alcanzó el siguiente jardín. Una estelada ondeaba sobre un mar de sabinas y pinos recortados por una mano profesional. Hasta ella se elevaba el humo del carbón que iba haciendo sudar a Rajoy y soltar jugos a unas butifarras amb bolets. De un barreño con agua fría del Montseny asomaban unas Estrellas y un par de cavas. Faltaba un mes, pero un grupo de cuarentañeros ya brindaba por el referéndum, por que se celebrara. Por eso no vieron un cuerpo atlético que apareció tras el humo de la barbacoa, se lanzó al agua y en doce brazadas cruzó el rectángulo turquesa, escaló el murete de piedra y desapareció. Desde las ranuras de sus burkas los ojos de dos mujeres imposibles de describir alternaban el sosiego de las agujas de punto y la reprobación a sus hijas, casi desnudas con unos bañadores negros que mostraban el tercio superior de la espalda. En cualquier momento volverían de la mezquita sus hermanos y, peor, sus padres. Las chicas hojeaban a escondidas una revista francesa de moda. El nadador abrió la verja, se sumergió, y para cuando la primera mirada se dirigió a la piscina, ya estaba llegando a la siguiente.

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