Apezetxea, la mirada cezaniana del paisaje baztandarra

Pello Fernández Oyaregui Catedrático de Historia del Arte de Enseñanza Secundaria y Presidente de la Fundación Ciga - Domingo, 3 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

elizondo- Con emoción y dolor, dedicamos este recuerdo a quien ha sido el decano y alma mater de lo que hemos venido llamando Pintores de Baztan, dentro de esa tan discutida Escuela del Bidasoa. Los lazos de amistad entre los integrantes de este grupo, le han dado mayor cohesión, aunque se pueda advertir en ellos una evolución que, partiendo de la Figuración, ha mutado hacia una amalgama de estilos donde se advierten influencias impresionistas, postimpresionistas, constructivistas, e incluso abstracción de base figurativa. Es en este colectivo de artistas donde Apezetxea, con su carácter conciliador, su maestría, su autoridad moral y su magisterio, ejerció, aún sin él quererlo, un liderazgo indiscutible. Su pintura se centra en Baztan, y su mayor logro ha sido una reinterpretación del bucolismo de este valle, en una mirada cezaniana que aporta una singular renovación. Aunando vida y pintura, Jose Mari siguió pintando hasta el último momento, esa fue su razón vital, y en su sanctasanctórum de Zubietea nos mostraba su trabajo, fiel a su cita anual.

Jose Mari Apezetxea nace en la casa Zubietea de Erratzu en 1927, y desde pequeño muestra gran afición y facilidad para el dibujo. Entre 1940 y 1947, se producen dos procesos de aprendizaje muy importantes. Primeramente el ingreso en el Seminario de Pamplona, donde adquirió una sólida formación humanística y se acercó a la Historia del Arte, disciplina ésta que seguirá cultivando durante toda su vida. En segundo lugar, su formación artística con el gran maestro Javier Ciga, en el periodo estival, en la casa Etxenikea de Elizondo, dado sus lazos de parentesco. Ciga le enseñó el qué y el cómo de la pintura: encaje, organización y composición de los elementos plásticos, perspectiva, juego de luces y sombras, corrección dibujística, géneros pictóricos, además de los secretos del color, sus mezclas y su magia, es decir, el oficio de pintor. Jose Mari, como gran pintor que fue, pronto se desprendió de estas influencias para crear un estilo propio, que tiene una evidente presencia en la actual pintura baztandarra. Así mismo, en 1940, ganará el primer premio en el concurso de carteles de la Gran Exposición Misional y ocho años más tarde, diploma de honor en el certamen de pintura del Ayuntamiento de Pamplona.

Con la salida del seminario en 1947 y veinte años de edad, nuestro pintor se encontraba en una difícil encrucijada, era el momento de seguir con su formación artística que bien podía haber sido en Madrid o París, pero eran tiempos difíciles de posguerra y sintió la necesidad imperiosa de ayudarle a su aita y seguir así con el negocio familiar, la tienda de tejidos. Fue una decisión plenamente asumida, no supuso un aislamiento, y le dio entera libertad;más bien fue su ventana al mundo y a través de numerosas publicaciones, catálogos y exposiciones, fue realizando una labor de investigación y aprendizaje autodidacta.

En los albores de los años 50, con la llegada de Fidalgo a Elizondo, se produjo una sólida amistad y una colaboración artística que se materializó en un estudio de pintura conjunto, a ellos se uniría una joven Ana Mari Marín, y así se formó el núcleo duro de lo que luego se ha venido llamando Pintores de Baztan. Por medio de Fidalgo, Apezetxea conocerá a Ibarrola, Oteiza y otros. Al mismo tiempo, se irá acercando al constructivismo a través de la obra de Arteta y Vázquez Díaz, todo ello se hace visible en obras tempranas.

El encuentro con la pintura del padre del arte contemporáneo Cézanne, le abrió un mundo a través del cual seguirá interiorizando e investigando a lo largo de toda su carrera. Apezetxea hizo suyos algunos principios cezanianos y construyó a través del color un espacio, donde se suceden las formas, la geometría, las masas, la luz, la perspectiva. Todo esto le llevó a una ruptura del principio de perfección formal, donde se suceden las perspectivas no ortodoxas o los equilibrios inestables, dando paso a una renovación pictórica que culminó con una abstracción contenida, que le agradaba, pero como decía él, siempre partiendo de la figuración.

Huyó de la barroquización, sintetizó y simplificó los elementos pictóricos, partiendo de un geometrismo constructivista que define los planos generadores de la forma. Los caseríos aparecerán como un constructo geométrico, una suma de planos que da lugar a un paralelepípedo que son el contraste a la mancha de color verde. Esta visión geométrica se vio atemperada por la dulzura, sinuosidad, ritmo ondulante y orgánico de la naturaleza de Baztan. Línea y curva conviven en su pintura, creando un conjunto armónico. Todo ello, enriquecido con una utilización subjetiva y lírica del color;verdes de multiplicidad tonal, azules, malvas, morados, sienas y ocres, además de rojos, naranjas y amarillos del rabioso otoño baztandarra o de las frutas que conforman el bodegón.

Otras formas geométricas puras se observan en sus metas, puentes, lindes de lajas de piedra, o en los propios trazados urbanos y, sobre todo, en uno de sus temas referenciales como es Gorramendi. Al igual que Cézanne con su mítica montaña Sainte -Victoire, la montaña se convirtió en musa y símbolo. En Apezetxea, adquiere esa forma de macizo piramidal, que se hace uno con el cielo, cerrando el espacio. Es elemento vertebrador, donde los demás objetos se van colocando en una suerte de perspectiva en altura, con ritmo ascendente.

La pintura de Apezetxea no se reduce a una visión geométrica fría y carente de pasión, sino que, junto a ella, late la pulsión cálida del color, aplicado de una manera subjetiva, que dota al paisaje baztandarra, de ese lirismo que le caracteriza, tornándose en universo pictórico amable como el valle mismo.

Esta carrera artística se vio completada con una importante labor de magisterio pictórico entre los años 1995 y 2010, lo que le exige al pintor hacer un ejercicio de introspección y reflexión. Llevada a cabo junto con su gran amigo y también pintor Tomás Sobrino, estos cursos veraniegos basados en una trasmisión de conocimientos prácticos han hecho emerger nuevos pintores asegurando así la continuidad artística en la zona.

En lo personal, era sencillo, xaloay gozua como decimos en Baztan, ejemplo de bondad y honestidad, ejerció una pintura de verdad, tomada del natural, sin trampas ni atajos. Acompañado durante todo una vida por su mujer Encarna Larraintzar, siempre discreta pero dando ese apoyo necesario, y formando una familia de cuatro hijos-as que sería el sostén vital del artista.

El mismo pintor explicaba sus obras, y el proceso de ejecución de las mismas, con gusto y placer, recreando así el acto pictórico. Su discurso era rico y bien trabado, donde afloraba su formación humanística, que se mezclaba con su gracia particular. Pronto rompía su inicial timidez, para explayarse con fluidez. Todo ello, acompañado de su natural optimismo y aderezado con sus jocosos comentarios. En mis numerosas conversaciones con él, fui testigo de ello y de manera más sistematizada en la entrevista formal que realizamos en diciembre de 2014. Recogía, en mi caso, una gran amistad que tenía con mi amatxo Ana Mari Tellagorri, y que ahora yo la completaba con mi dedicación a la Historia del Arte.

A su fecunda carrera artística le puso broche de oro el cariñoso y merecido homenaje que le tributó Baztan Ikastola, dentro del Nafarroa Oinez de 2015: fue sentido y humilde, como a él le gustaba, expresión de su vida y obra.

Jose Mari, zauden lekuan zaudela, esker mile, zuk utzitako margolan oparoak guk gozatzeko, bihotz bihotzez.