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El nuevo curso político que viene

Por Joseba Santamaria - Domingo, 3 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

navarra comienza el curso político quizá más clave de la Legislatura cuando apenas quedan 19 meses para las próximas elecciones. Traspasado el ecuador, el Gobierno de Barkos y el proyecto de cambio para Navarra que lo sustenta ha alcanzado un ritmo de crucero que le permite navegar con la estabilidad institucional, tranquilidad política y normalidad social suficientes para afrontar los retos de estos cuatro próximos meses: la aprobación de los Presupuestos para 2018, la firma de la renovación del Convenio Económico, clave política, pero sobre todo económica y presupuestaria para la Navarra de los próximo cinco años, y la nueva reforma fiscal, que afectará tanto al IRPF como a las deducciones del Impuesto de Sociedades. También la reforma del Mapa Local, una cuestión pendiente en Navarra desde hace décadas, la nueva Ley de Contratos o la puesta en marcha de las ofertas de empleo público en áreas como Educación o Sanidad. Al mismo tiempo, el Gobierno y sus socios parlamentarios -Geroa Bai, EH Bildu, Podemos e I-E- deberán seguir gestionando sus diferencias en temas de calado, desde el trazado para la modernización de la red ferroviaria de Navarra a la Ley de Policías o el proyecto urbanístico de Salesianos en Iruña. De hecho, las mayores turbulencias en la andadura del cambio político en estos meses de Legislatura que restan pueden venir de esos desacuerdos entre los propios partidos que sostienen al Gobierno, más aún cuando se van consolidando las posibilidades de continuidad tras las próximas elecciones, que de una oposición agotada y estancada en un discurso común a UPN, PP y PSN de barullo permanente que no les aporta logros políticos ni tampoco respaldo social. Es difícil insistir en ese tono apocalíptico cuando los datos objetivos de la economía, el empleo, las nuevas prioridades presupuestarias y de inversión pública -desterrado ya el modelo clientelar y despilfarrados anterior-, la mejora de las prestaciones públicas, la atención social y la propia convivencia muestran un evidente cambio positivo respecto a la Navarra que dejó en herencia aquel viejo régimen político. Es ese un discurso que no ha desgastado al Gobierno de Barkos y que, sin embargo, está pasando factura a sus propios protagonistas, que navegan por la política navarra cada vez a mayor distancia de la realidad. Y quizás sea la evidencia de ese desgaste la que ha llevado al PSN a anunciar, al rebufo de la victoria de Sánchez en el PSOE, un giro en su estrategia política para alejarse de UPN -según dicen, definitivamente-, con el objetivo de tratar de recuperar credibilidad y espacio electoral. Y que también ha llevado a UPN a diseñar una campaña de propaganda con el cambio de logo para intentar una imagen que le desvincule de ese ámbito extremista y anquilosado en que le sitúa la mayoría de los navarros y navarras. Este curso político puede ser más determinante para el futuro de esa oposición intransigente y alocada que para el Gobierno de Barkos o el propio cambio político y social, que de momento camina con razonablemente buenas perspectivas, sin euforias inútiles, hacia el reto electoral de 2019. Porque ése más ningún otro sigue siendo el compromiso político adquirido por los partidos que ahora dirigen el Gobierno y la mayor parte de los ayuntamientos con la sociedad navarra: impulsar una profunda transformación y modernización de Navarra para este siglo XXI.

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