Con la intención (no) basta

Por Ignacio Pérez Ciordia - Domingo, 3 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

con cierta edad, de manera discontinua, los recuerdos empiezan a formar parte de nuestro todo. Son vivencias de las que nos enorgullecernos, a veces, o con las que nos acaloramos, las más. Ambas no son inmutables, se asemejan a las mareas que suben y bajan su producto, tal si fuera contradictorio, cuando la realidad es que forma parte de la naturaleza humana como un todo, entendida como resultante de la ideología y de la experiencia. En un principio, el recuerdo se idea, la duda surge hasta que se instala y se expresa tomando forma de racionalidad para dar imagen de bienpensante. Y la pregunta se expresa sobre si lo que se hizo, en su momento, fue lo adecuado o no. Se considera en el análisis todas aquellas variables como la edad de la inocencia en que se configuró, la ideología dominante, la verticalidad en las decisiones sociales, el ser fumador, la conformación de la pandilla, la moda en el vestir, las lecturas de Cortazar, las teorizaciones sobreCuerno de Cabray el surgimiento del ateísmo científico. Seguro que son multitud las situaciones en las que los resultados de los hechos están muy alejados de la intencionalidad con que se programaron. Pero de todo ello uno permanece impertérrito e irredento y a pesar del tiempo, todavía produce sonrojo y crujir de dientes. Algunas veces, las menos, las he compartido con mi válido, con mi compañero de infortunios y también de venturas, que no todo es pena, ni siquiera penoso. Aunque con quien mas las comparto es conmigo mismo, con mi alter ego, con ese con quien boxeo a diario, mi sparring cerebral. Y con el que siempre pierdo, posiblemente por mi educación judeocristiana, esa que no me permite acercarme a la dicha, en la que todo es pecado y en la que la sinrazón se encuentra un pedestal por encima del conocimiento. El susodicho es práctico y responde con una de sus frases “había que hacerlo”, que a mi no me llega al cuello, incluso me escuece por su rotundidad y brevedad;tiene la virtud de no hacer descalabrar su pensamiento pero que no rebate el sonrojo de mi cara. Y afortunadamente los pocos que lo vivieron conmigo confío que la distancia y la fragilidad de la memoria les haya hecho olvidar. Eran tiempos universitarios y ello, en aquel momento implicaba que estudiar (y aprobar) era importante, pero no lo más importante. Éramos seres sociales en su sentido aristotélico y ello implicaba definirse con rotundidad, sobre lo divino y lo humano. No existían los grises, solo lo blanco y lo negro. Y había que reivindicarlo en las manifestaciones, con rotundidad democrática. De todas a las que acudí, y fueron unas cuantas, de alguna estoy especialmente arrepentido, tanto que a partir de ese momento sigo la máxima de “ten cuidado con lo que pides que igual te lo dan”;y es entonces cuando llegan los problemas o, al menos, el arrepentimiento. La idea era necesaria y positiva, pero el tiempo ha demostrado que es insuficienteper se;es necesario su control cualitativo, se hace imprescindible. Una de las experiencias hace referencia a la libertad, término con enjundia y no solo en el ámbito universitario. Se familiariza, antes pero también hoy día, en el derecho a la información con sus complementos de veraz y completa. Dado que la televisión fue y es el medio más potente de comunicación, lo que se exigía con entusiasmo era el acceso a otras televisiones, menos progubernamentales y más cercanas a la realidad social, menos seglares y más laicas, menos de charanga y pandereta y más de cultura y debate, menos de rinconete y más de cortadillo. Y se exigía de manera intangible, como el valor en tiempos de paz, con la virginidad de la inocencia. No recuerdo el tiempo de esta aventura, solo que terminó en éxito. Después de varios años hay multitud de televisiones, tantas como grupos de presión. No hay equilibrio de poderes ni instituciones fuertes;la televisión cosificada como cuarto poder, es una contrarréplica en el control ejercido sobre los otros poderes gubernamentales. Se logró el objetivo con creces: 32 televisiones de ámbito nacional públicas y privadas, a las que añadir las autonómicas (9 en Cataluña), sin contabilizar las locales, varias decenas. Pero es difícil encontrar un programa sensato en horario racional. Lo de exigir información veraz y completa se ha trastornado y momificado en caspa y embrutecimiento. La cultura se ha sustituido por la princesa del pueblo, la formación ha sido embaucada por el embrutecimiento misérrimo, el debate por el eslogan y la comunicación por el aislamiento. Incluso han aparecido nuevas formas de predicamento twitero de frase corta y bota larga, con exponentes como Donald y sus aplaudidores, auténticos mamuts en la presbicia social. La política comunicativa de aquel momento se parecía a la actual, con el fútbol como paradigma del control social. Lo que parece debate es en realidad monólogo sobre monotemas insignificantes realizados por contertulios insolventes en programas indignos. El guirigay y el populachismo son la actualización del gladiador romano, auténticos expertos en el desafuero. La intencionalidad en su momento justificaba el posicionamiento. Los resultados a largo plazo manifiestan la disparidad existente entre el dicho y el hecho, una auténtica resaca cerebral.El autor es profesor asociado de la UPNA