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Reflexiones

Yo sí tengo miedo

Por Joxe Arregi - Domingo, 3 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Me siento hermanado con la multitud que se manifestó el sábado pasado en La Rambla de Barcelona. Yo también soy Barcelona, soy Cata- lunya, pero soy incapaz de gritar su lema: “No tengo miedo”. Jo sí que tinc por.

Tengo miedo de quienes están dispuestos a morir matando para imponer su locura. Nunca lo conseguirán, pero podrán seguir provocando indecibles sufrimientos a innumerables inocentes. Apelan al Islam, pero niegan el Islam, religión de paz. Están llenos de odio y resentimiento, o simplemente desesperación, contra Occidente, contra su propia comunidad islámica, contra todo el género humano, contra sí mismos. No son muchos, pero son temibles, porque no tienen miedo -ellos no- de nadie y de nada, ni de matar ni de morir. Quienes no temen matar y morir son invencibles, más aún si no tienen nada que perder y creen tener de su lado a Dios o a Allah o la Verdad absoluta, y piensan ganar el paraíso matando y haciéndose matar.

Hay que defenderse de ellos. Pero ¿cómo hay que defenderse? Miro a todos los lados, y veo que quienes deben y pueden defendernos agravan el peligro. También a ellos los temo, sobre todo a ellos. Los yihadistas no nacieron fanáticos asesinos, con bombas en la cintura o fusiles y puñales en las manos, ni al volante de furgonetas mortíferas. No nacieron así ni se hicieron tales a sí mismos, aunque no por eso son, quiero decir han de llegar a ser, menos responsables. Todo tiene que ver con todo.

Temo a los imanes de Arabia Saudí, pues siguen enseñando que hay que entender y aplicar el Corán a la letra. ¿Por qué no también la aleya que ordena: “Matadlos [a los que se resistan al Islam] donde deis con ellos, y expulsadlos de donde os hayan expulsado” (2,191)? Temo al régimen teocrático saudí, que nombra, paga y controla a todos los imanes de su país y a otros muchos en todo el mundo. Imanes que siguen soñando e inculcando un califato medieval, dictatorial y religioso para vergüenza de su religión. Me da miedo que tantos millones de musulmanes, gente noble y pacífica, los sigan escuchando y creyendo. ¿Qué nos asegura que un día, en otras circunstancias, no pasarán a la yihad violenta “porque el Corán lo manda”?

Mientras los imanes y los regímenes que los sustentan no enseñen que todo el Corán son palabras humanas escritas hace 1400 años en otra cultura y que en el Libro solo es “divino”, más allá de la letra, el espíritu que nos sigue inspirando justicia, paz, tolerancia, igualdad de hombres y mujeres, mientras no cambie la lectura del Corán -o de la Biblia-, “mientras no cambien los dioses” o las religiones -incluida la de muchos obispos católicos que apoyan cadenas de televisión que difunden la islamofobia o impiden que la imagen de la divinidad hindú Gasnesha se encuentre con la imagen de María en el santuario patronal de Ceuta-, no bastará con perseguir yihadistas.

Por eso temo también a tantos gobiernos de países modernos y democráticos -España, por ejemplo- que se muestran tan celosos de las libertades y de los derechos humanos en Venezuela, celosos en el fondo de su petróleo, mientras rinden pleitesía a los gobernantes de Arabia Saudí, les venden armas, les construyen ferrocarriles y hacen pingües negocios. ¡Qué más da que allí se hubiera fundado y sigan aún financiando en buena parte el Estado Islámico, y prohibiendo a las mujeres conducir, encarcelando, torturando y condenando a muerte a los disidentes, y masacrando a Yemen desde hace dos años con nuestras armas? Los petrodólares valen más que los derechos humanos.

Temo a quienes quieren hacernos olvidar que el Estado Islámico nació de Al Qaeda y que Al Qaeda nació en Irak, tras la invasión americana promovida por el trío de las Azores: Bush, Blair y Aznar. Y aún produce escalofríos a leer la declaración de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad de Jimmy Carter: “Yo creé el terrorismo yihadista y no me arrepiento”. Temo la política de los Estados Unidos y de la Unión Europea en Turquía, el Oriente Medio y el norte y el centro de África, donde se cumple la sentencia de Paul Valéry: “La guerra es una masacre entre gente que no se conocen, para provecho de gente que sí se conoce pero que no se masacran”.

El miedo es a menudo el mayor peligro, pero también una alerta necesaria para indagar las causas y buscar la verdadera solución.

El autor es teólogo

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