¿Forzamos a las palabras a decir lo que no quieren?

Venancio Rodríguez Sanz - Miércoles, 6 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

-Papá, en el cole me llamaron sinvergüenza. ¿Qué hago: me enfado o qué?

-Nada, hijo;la gente habla como si supiera lo que dice. Mira: la vergüenza proviene del latín verecundia, con una evolución patrimonial que supone síncopa de la segunda sílaba, sonorización de la c intervocálica y asibilación del grupo di ante vocal. Verecundia es la cualidad del verecundus, adjetivo formado por el adjetivo cundus (que tiende a), sobre la raíz del verbo vereri (tener un temor respetuoso). Existen muchos tipos de vergüenzas, unas mejores que otras: está la tóxica, la vicario, la moral, la identificativa, de auto-concepto, la saludable, la pudorosa, la culposa, etcétera. El funcionamiento de la vergüenza tiene que ver con el miedo a ser avergonzado. La vergüenza, por lo tanto, suele estar asociada a la timidez. Otra manifestación de la vergüenza está vinculada a la dignidad o la autoestima. Tampoco podemos olvidar que existen otros términos que utiliza el concepto que nos ocupa. Se trata de lo que se conoce como muro de la vergüenza y vergüenza ajena”.

-¡Cuánto sabes, papá!

-Nada, hijo;estudiado que está uno. La próxima vez que te llamen sinvergüenza, les preguntas a qué tipo de vergüenza aluden. Porque podrían referirse a la última...