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Y tiro porque me toca

Legalidad y democracia

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 10 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

identificar legalidad con democracia de manera indisoluble resulta lamentable en un licenciado en Derecho, pero coherente en quien defendió con entusiasmo el franquismo y se ha negado de manera reiterada a condenarlo. En efecto, sostener semejante enormidad, como acaba de hacer el presidente de Gobierno, requiere tener un nulo sentido de la historia e ignorar, probablemente a sabiendas, que una dictadura puede sostenerse en un férreo sistema legal, con sus poderes legislativo y judicial funcionando a pleno rendimiento. No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos de lo que digo, con remitirse a los orígenes de la dictadura franquista basta. Desde el mismo momento del golpe de Estado de julio de 1936, los servicios jurídicos de los alzados subvirtieron el orden constitucional implantando una legalidad a la contra, que fue la base de un régimen de cuarenta años nulamente democrático. De entrada, los ciudadanos, fueran de la clase que fueran, fieles a la legalidad republicana, fueron tachados como rebeldes y así juzgados, y en muchos casos ejecutados por sentencia de tribunales de excepción vergonzosos, o sin ella. Se fundó, al decir de Serrano Suñer, una «justicia al revés», basada en un sistema legal impuesto por la fuerza de las armas que acabó siendo el único vigente.

Tal vez lo que quiso decir el presidente de Gobierno es que lo que no coincide con sus ideas políticas y deseos personales no es democrático, algo que puede no ser ni legal ni democrático. La referencia a la Constitución española ya no basta en la medida en que un texto legal del que se toma lo que conviene y se obvia lo que resulta molesto, referido al bienestar de los ciudadanos, resulta cuando menos chocante. Las actuaciones dudosamente democráticas han abundado estos últimos años sostenidas, eso sí, por las urnas. Pienso en la ley Mordaza y sus consecuencias, entre las que destaco la manera en que se han hurtado cuestiones de orden público a los tribunales de justicia para entregárselas al aparato burocrático del régimen. Las deficiencias democráticas han sido señaladas de manera reiterada no solo en cuestiones de libertad de expresión, sino en la persecución policial de adversarios políticos que en la práctica aparecen amparadas por la legalidad, en una flagrante doble vara de medir de los tribunales a la hora de aplicar las leyes… Todo aparece como legal o cuando menos amparado por leyes ad hoc, y así es tomado por los votantes del partido en el gobierno, así como los medios de comunicación afines, que aplauden una detrás de otra las medidas políticas adoptadas por este.

La forma en que se plantea ahora mismo llevar a la práctica el referéndum catalán podría no ajustarse a la ley, si esta se dicta de manera expresa o se retuerce para lo mismo, pero la voluntad de realizarlo me asombra que pueda considerarse antidemocrática. Lo que suena poco democrático es la férrea voluntad de impedir no ya que se realice, sino que se plantee la idea misma de celebrarlo, discusiones de fondo aparte que más suenan a soliloquios o a diálogos de sordos que a voluntad de pacto y entendimiento. No se quiere escuchar ese deseo, se sostenga en el porcentaje social que se sostenga, eso es lo de menos, lo que cuenta es la inamovilidad del modelo de Estado español, las soluciones de fuerza y el encono social que se ha producido; algo que no hace falta ser un adivino del porvenir para afirmar que va a ir a más en detrimento de la convivencia. De nuevo la fuerza en el horizonte como única forma de dominar, que no aplacar, ese encono cada vez más irreconciliable por ambas partes. Un vivir el nuestro desajustado, con un permanente rumor de fronda como música de fondo en una esquina o en otra, con los tribunales de justicia arbitrando la vida social y política no en casos excepcionales, sino a diario y para todo, con el poder ejecutivo hurtando al debate todo aquello que contradiga su modelo social, y con su aparato represor persiguiendo y multando disidentes cuyas demandas son aplaudidas y calificadas de legítimas si se producen en otros lugares, y cuya represión produce ruidosos rasgados de vestiduras. Un paisaje de verdad amable el nuestro, idílico incluso, pero me temo que por el momento no tenemos otro.

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