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Republicanismo

La falsa modernidad catalana

Por Santiago Cervera - Domingo, 10 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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siendo President, Jordi Pujol llegaba a los pueblos que visitaba en helicóptero. Más rápido y cómodo que aparecer en coche, no fuera a ser que el Molt Honorable sufriera un atasco a la salida de Barcelona. También más ostentoso, pelín caciquil, a la altura de su dignidad institucional;lo que en otros lugares correspondía a los reyes también estaba al alcance del mandatario catalán. Nunca encontró una crítica, nunca nadie preguntó cuánto costaba cada desplazamiento. Los paisanos que le veían aterrizar aplaudían y se sentían bien, ahí estaba su helicóptero y en él su President recorriendo el país. Lo de menos era que resultara cincuenta veces más caro que el más caro de los desplazamientos en coche. La imagen antecede a muchas dimensiones del problema actual. Una de las afirmaciones que se han asumido de manera acrítica es la que establece que una gran mayoría de los catalanes quieren ser consultados sobre su pertenencia a España, y que un hipotético referéndum ofrecería el resultado de la desconexión. No lo sabemos ni lo sabremos. Lo que sí sabemos es que nadie de los que propugnan la independencia sabe responder sobre las consecuencias que ello tendría para sus vidas. La Unión Europea ha dicho que Catalunya quedaría fuera, y poco parece importar. Ninguno explica cómo se habrán de pagar las pensiones, cuál sería el resultado financiero de la separación de bienes -deuda pública, inversiones- con España, o si se necesitará un nuevo ejército para defender fronteras. Hasta hay chanzas en relación con la participación del Barça en LaLiga. Catalanes con los que he trabajado en el ámbito sanitario, cabezas analíticas privilegiadas, asumen lo de la independencia como si fuera una salida a la playa de fin de semana, autistas ante sus consecuencias más obvias e inmediatas. Cuando se planteó el referéndum escocés una comisión del Parlamento de Westminster trabajó durante años en determinar cómo sería el día después, y llegaron incluso a establecer si tendría validez el carné de conducir ya emitido o habría que hacer otro. Con esa información fue con la que los escoceses votaron. En cambio, esos catalanes de los que se dice que son capaces de revisar al céntimo un ticket de aparcamiento parece que en esto experimentan otras motivaciones.

No hay disimulo en ERC o la CUP. Los primeros siempre han sido explícitos en su pretensión independentista, incluso se les agradece un esfuerzo por poderlo explicar de forma razonada. Los segundos, por motivos menos relacionados con la identidad y más con su ambición de ruptura política, siempre han estado en ello. El elemento anómalo es el de CiU, el partido de un Artur Mas que cuando llegó a la presidencia se propuso recortar el gasto público -ergo, el poder político de la Generalitat-, aprobó su primeros presupuestos con la ayuda del PP y nombró al atildado pastelero Durán i Lleida para lo concerniente a las relaciones con Madrid, también como delegado de esa oficina de tráfico de influencias que tenían montada en la Carrera de San Jerónimo -a tanto la enmienda- y por la que pasaban las principales empresas españolas. De todo esto, no hace tanto tiempo. La rápida evolución hacia el separatismo ha tenido que ver tanto con la incapacidad para gestionar cabalmente la monumental inercia de gasto del Govern en tiempos de crisis como, sobre todo, por el agotamiento por vía policial de los caladeros en los que se nutría esa suerte de cleptocracia entendida como ejercicio del poder. Por mucho que se empeñen, un proces con tanta tripulación tísica no va a ningún lado.

Y por último, las formas. El espectáculo del Parlament de esta semana, que si algo ha demostrado es que el camino que algunos han diseñado para alcanzar la independencia parece más cosa de políticos obsesionados por lo que pase en un hemiciclo que fragor popular. Había otros caminos, otras maneras de presentar esa ambición. Incluso sin caer en el absurdo de centrar todo en si poner o no urnas de metacrilato, imagen anacrónica inserta en una época en la que la gente toma sus decisiones a través del teléfono móvil. Con mayor o menor estruendo, este proceso está condenado a terminar pronto porque ha sido el embeleco de unos políticos que ya poco representan esa supuesta Catalunya diferente, moderna y autosuficiente que en algún momento todos hemos admirado. A la independencia sólo se puede llegar mediante la inteligencia.