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Miguel Sánchez-Ostiz escritor

Miguel Sánchez-Ostiz: “Las flechas del miedo se apolillan y caen cuando te das cuenta del acoso del tiempo, de la vejez que se aproxima”

Acaba de regresar de Bolivia, donde ha cosechado un notable éxito con su novela ‘Chuquiago’. Ahora edita, de la mano de Pamiela, ‘Fingimientos y desarraigos’

Una entrevista de Fernando F. Garayoa - Fotografía Iñaki Porto - Martes, 12 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Miguel Sánchez-Ostiz

Miguel Sánchez-Ostiz. (Iñaki Porto)

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pamplona- Está contento. Y cuando está contento su risa se dibuja amplia y ceñida, mientras las carcajadas resuenan como las del rabudo pseudoadolescente que acaba de hacer una de las suyas. Y las historias, sus historias, se abren paso veloces entre datos que te dejan atónito y reflexiones que te obligan de nuevo a creer en la inteligencia de determinados seres humanos. Aunque seguro que él diría que esto último es una enormidad.

Tras 16 años, Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) vuelve a publicar un poemario, Fingimientos y desarraigos (2001-2017), una colección de versos que dan cuenta de su vida, y de la nuestra, porque, al fin y al cabo, no podemos escapar de la sociedad en que vivimos.

“Este libro de poemas surgió mientras realizaba la corrección de ‘Las Pirañas’ para su reedición. Fue duro para mí volver a enfrentarme con acontecimientos de hace treinta años. Posteriormente, cuando estaba recopilando textos para el último dietario, el del año 2015 (’Rumbo a no sé dónde’, Pamiela), me encontré con varios versos que me gustaban y eso me llevó a coger el cuaderno que tengo de poemas, y había cantidad... No todos terminados, algunos no eran más que ideas, otros cosas muy cortas, que no merecía la pena alargarlas más sino dejarlas como estaban... Al final salieron 92 de los que he seleccionado 72, pero había mas material inédito, porque en 16 años imagínate lo que he escrito. Pero estos poemas los escribía al margen de los diarios y las novelas, aunque están muy relacionados con los trabajos de estos años”.

Soslayada la parte germinal del libro, Sánchez-Ostiz no duda en meter el dedo en su mismísima llaga. “El fondo del asunto es el arraigo y el desarraigo en la tierra en la que vives... que es un sentimiento, nada objetivo. Y las dos citas que encabezan el libro, tanto la de León Felipe como la de Fernando Pessoa, lo marcan, son muy oportunas. Hay veces que tiendes al tremendismo para expresarte; la puesta en escena es una patochada, pero lo jodido es que sufres. Por eso en la cubierta aparece el payaso inglés Joseph Grimaldi (sobre el que Dickens, con otro nombre, escribió una biografía, fue uno de sus primeros libros). Tuvo una vida trágica, fue uno de esos payasos que las pasó más putas que Caín pero en escena era divertidísimo, aunque por dentro se estaba comiendo los hígados”.

Este libro no solo son “desarraigos”, el otro 50% del título son los “fingimientos”, aunque yo solo he encontrado verdad...

-Me amparo, como abogado, en la cita de Pessoa (risas). No te puedo decir lo que hay de verdad y de impostura. Cualquier puesta en escena de un escritor tiene algo de impostura, es muy difícil eso de “se presenta tal cuál es”; no me lo creo, se presenta como mejor le conviene, que ese es el meollo de los diarios... y esos sí que son una trampa (risas). Pero en el poema hay construcción y voluntad de que eso sea leído, porque esta vez me interesa mucho hacer lecturas de los poemas, ya que están escritos para ser leídos. Y es así porque tienen una voz dentro, voz que me gustaría que el lector encontrara, pero para que la encuentre, voy a intentar dársela en todas las lecturas públicas que pueda hacer. Y, por otra parte, se trata de poemas que corresponden a momentos muy concretos de mi vida en estos 16 años: la ida a Madrid, la vuelta de Madrid, la ida a Baztan, los cambios de casa en Baztan... Momentos intensos, algunos desagradables... pero me he quedado bastante contento con el libro.

Parafraseando la cita de Pessoa, ¿finge el dolor para lograr que el dolor real duela menos, al menos de cara a la galería?

-Sí, sobre todo para relativizarlo. Creo que estos últimos 6 o 7 años nos han tocado tantos desastres personales... si no han sido los tuyos propios han sido los de tu familia, amigos o vecinos. También eso te obliga a relativizar las cosas negativas que te pueden suceder a ti y ponerlas en solfa, compararlas... Las comparaciones no siempre son odiosas. Por edad, has empezado a ver que los amigos y conocidos han empezado a fallecer o sufren enfermedades pavorosas. Así, la cultura de la queja empieza a ser la cultura del pitorreo de uno mismo, algo de lo que hay mucho en este libro.

Pitorreo y también unos cuantos navarrismos, palabras de esas que solo entendemos aquí, como chirrión.

-Ahora no existe con el significado con el que yo la utilizo aquí, pero, a principios de siglo, en Madrid, sí existía, era el carro de la basura porque chirriaban las ruedas. Chirrión es una palabra muy de la zona media, es la escombrera donde se tiraba todo. Y en Pamplona, ¿sabes de donde estaba el chirrión?

No.

-¡Joder!, que no sabes donde estaba... (risas). ¡En el barrio de los ricos! Todos los chalés de los ricos de Beloso están edificados sobre la jiña de Pamplona.

¿Se arrepiente de “no haber marcado el paso con el que más poder tiene”? ¿Los días de furia se han cobrado una deuda excesiva?

-No, tenía que dejar testimonio de algunas cosas que pasaron y también de cerrarlas. Porque no puedes estar toda la vida... Mira, ayer se me ocurrió un diálogo sobre esto: -“Oye, que no me aplauden”. -“Joder, si le acabas de dar una patada en los cojones, qué pretendes” (risas). Pero sí creo que he pagado un precio alto, aunque ya no me preocupa, porque si me preocupara, no escribiría una puñetera línea más, y lo que no voy a dejar es que eso me impida seguir escribiendo. Y mientras tenga un editor, como es Pamiela, voy a seguir escribiendo y editando. Y si puedo editar libros en Bolivia, con 3.600 o con El Gato Negro, seguiré trabajando. Lo que no puedes es dejarte aplastar por asuntos muy negativos que no dependen de ti y que tú no puedes modificar, porque entonces te quedas como sentadico en un poyo esperando a que te caiga la granizada, y ¡no! Lo mejor es no estar sentado en ese poyo del lamento.

“No hay fortuna, no hay fama, pero sí una mala reputación que cuidar”, ¿lo primero parecía importante, lo segundo, lo es?

-(risas) Eso es una burla. Hay tres cosas: la mala reputación, la mala suerte y el fracaso. Y me hace gracia porque los triunfadores blasonan de ser unos fracasados porque viste más. La mala suerte viste más. Y la mala reputación... es que todo el mundo se pone a cantar la canción de Brassens, es que es un himno, ¡carajo!, pero para la gente que está de puta madre. El caso es que mala reputación sí acabas teniendo, qué te esperas; para unos tienes mala y para otros, muy buena. Todos somos el hijoputa de alguien.

Hablando de la mala suerte, llegamos al poema Kencha, en el que hace referencia a su bien ganada fama de gafe en Bolivia.

-Escucha, escucha, escucha... Todos mis amigos bolivianos, en este viaje, estaban asombrados de que, entre otras cosas, no me ha pasado nada esta vez (risas). Pero es que, en esta ocasión, me decían: “¡Carajo, es que tú has dejado el kencherío (así le dicen a la mala suerte allí) en España!”. Y es verdad. Cuando llegué a Madrid para coger el vuelo, se me jodió el ordenador. Ya en el aeropuerto, cuando estábamos a punto de embarcar, sale la tripulación y dice que el vuelo se cancela. Así que nos cogen a los 350 y nos alojan en unos hoteles que estaban en la calle Lola Flores (risas). Y gracias a los pasajeros argentinos salimos de allí, porque se pusieron bravos de cojones al ver que nos estaban mamando, porque estuvimos allí dos días y pico. Y cuando llegué a Bolivia, nos quisieron abandonar en un hotel de Santa Cruz de la Sierra, hasta que nos amotinamos, conseguimos meternos en un avión, que estuvo esperando en la pista hora y media, y llegamos, por fin, a La Paz. Fue pisar La Paz, y todo empezó a salir bien; el kencha se ha quedado por el camino.

Siguiendo con lo poemas, llegamos a la ironía con Noche de urgencia: “Los borrachos en el cementerio... van a operarse las tradiciones”. Anda que no están dando juego las manidas tradiciones en los dos últimos años...

-Hay dos o tres poemas que son un tanto locoides, en los que juego con el sinsentido, con la burla... Y ese es uno. Es una canción que, desde la infancia, me tenía loco y que, por cierto, también se canta en Bolivia. Parece como un tontiloco el que habla...

En este libro se flagela sin piedad en numerosos poemas. Incluso recurre, por lo menos en dos, a la comedia del arte describiéndose como Capitano Spavento della Valle Inferna, ese soldado fanfarrón y cobarde, pero, ningún cobarde hubiera escrito El Botín o El Escarmiento y ningún fanfarrón hubiera escrito este libro de poemas...

-Es probable... Pero a veces actuamos como el Capitano Spavento della Valle Inferna, que es el Miles Gloriosus de Plauto... Y luego hay gente que te avasalla, esto es una forma de carácter que puede ser tuyo pero también de otros. Es decir, actuamos con poca sinceridad o con un exceso de la misma. Es como aquel que empieza la frase con: “¿Quieres que te sea sincero?”. Y tú le contestas: “No, no, no, no...”. Y le dices que no porque van a avasallarte, se te van a subir encima de la chepa. Y eso no me gusta. Hay gente que vive de subirse en la chepa del prójimo.

¿Ha tenido que visitar el infierno para saber quién es Miguel Sánchez-Ostiz?

-Hombre... es un poco fuerte (risas), es que eso parece una canción del Tom Waits. Eso son enormidades, y es que en lugar de Fingimientos podía haber puesto Enormidades. Tú lo puedes pasar muy mal, por asuntos familiares, de salud o de trabajo, pero, ¡caramba!, es que hay gente que lo está pasando mucho peor o, simplemente, ya no está.

¿Hemos vivido, vivimos, el triunfo de los gañanes?

-Sí, indudablemente. Lo que pasa es que los gañanes, los patanes y los aldeanos de antes hoy por lo menos tienen elegancia. Sin embargo, los elegantes de antes hoy sí que son unos auténticos gañanes, palurdos. Y, además, hacen gala de ser unas malas bestias, vayan vestidos como vayan vestidos. Son los bárbaros, los brutos, que están aquí, están allí, van a otras y no puedes pretender que vayan a lo tuyo, bastante tienes con haberte librado de no ser como ellos.

¿Ha conseguido, por otra parte, arrancar de su cuerpo esas las flechas del miedo, esas que hieren eternamente, vuelan veloces y, si te descuidas, matan?

-Probablemente... o se han caído. Las flechas, como suelen ser de madera, se habrán apolillado. Se acaban cayendo cuando te das cuenta del acoso del tiempo, de la vejez que se aproxima, que es otro de los temas recurrentes de este libro. Cuando te das cuenta de lo que de verdad importan, estas flechas del miedo se apolillan.

El perdón, ¿ha dejado de utilizarse de verdad para convertirse en un pretexto manipulado?

-Sí, evidentemente, el perdón es una convención social sin ninguna profundidad ética o moral. Porque, además, se adscribe solo a la moral cristiana y no tiene que ser así, no es así... Todas estas peticiones de perdones de políticos son curiosas ya que le devuelven la pelota al ofendido: “Si no me perdonas, es cosa tuya”. Es como si con pedir perdón todo se concluyera, con lo que le vuelven a ofender a la ofendido.

“No hay antídoto para el veneno lento de la vida en balde”, afirma. No es su caso, pero, ¿el escombro de los malos recuerdos sigue ahogando?

-No es que siga es que te puede ahogar. Los beneficios del olvido no consisten tanto en que se olviden de ti sino en que tú te olvides de ti mismo. Pero esto tampoco viene por ciencia infusa, no es un milagro, es algo que construir. Ya lo decía Barral hace mil años en su primer libro de memorias: “Hay cosas que la memoria prefiere, por higiene, eliminar”.

Ejerciendo de salmón, por lo de nadar contracorriente, Miguel Sánchez-Ostiz llegó a la oficina de objetos perdidos y ¿encontró su alma olvidada?

-No, porque cuando me fui, me di cuenta de que era otra, volví, y habían cerrado la puerta. Así que me he tenido que quedar con una, que está bien para pasar el rato, pero habrá que volver a esa oficina... Aunque igual hacen una subasta y me la han vendido (risas), como con los objetos perdidos de la RENFE.

“Estoy de paso. No dejaré de estarlo nunca”. ¿Eso es una suerte?

-(silencio) Las dos cosas. Una suerte y un motivo de melancolía permanente, de saudade, que dirían los portugueses. Por un lado, te libras del exceso de raíces, y, por otro, echas en falta las raíces profundas en alguna tierra. Pero la idea de que estás de paso y no vas a echar raíces en ningún sitio, por mucho que te quedes toda la vida, ya está en otros libros míos; fíjate, yo fui a Baztan para tres meses y llevo 23 años, que no es broma.

¿Le gustaría tener la oportunidad de empezar de nuevo, lejos de aquí, como apunta en Johnny Cash en sus heridas?

-Eso forma parte del fingimiento... A tremenda, a esa canción no le gana ninguna, hay un dolor ahí que para qué... ¿Empezar de nuevo? Para qué, para hacer lo mismo; esto ya lo dijo Borges, “menudo cansancio”.

Dice Leo Ferré que “la poesía contemporánea ya no canta, se arrastra”. ¿Le queda algo de arma o de futuro a la poesía?

-Pero en ese mismo poema también dice que la poesía es un clamor. Pues va y resulta que ahora se está leyendo cada vez más poesía; igual porque es corta...

Como Twitter.

-Por ahí voy, por ahí voy. Bueno, esto son bromas, ahora en serio, creo que se está leyendo cada vez más poesía, veo por la redes que hay lectores de poesía, que dicen los poemas que les gustan. Creo que hay un tráfico más de poemas que de novelas.

No está hecho para vivir en manada, ¿porque la sociedad no está preparada para Sánchez-Ostiz o porque Sánchez-Ostiz no está preparado para esta sociedad?

-Más bien lo segundo. O porque Sánchez-Ostiz no está preparado para sí mismo (risas), yo creo que ese es el asunto. Pero eso es muy relativo, que a mí también me gusta la cuadrilla, ¡eh!, que aquí no la tengo pero en Baztan, sí.

Y, tras este ajuste de cuentas, mañana, ¿qué?

-Mañana queda la Cirobayesca boliviana, queda la novela que entregué a Pamiela antes de irme a Bolivia, que trata de la expatriación a la par que la confrontación entre las personalidades de Don Quijote y Sancho Panza. También queda un pequeño ensayo sobre la aproximación de la senectud. También está el dietario de 2016, que se publicará en 2018, y otra novela... que rememora aquel cuarto oscuro que habían en todas las casas, en el que se guardaban las escobas y te castigaban. Metido ahí dentro oías cosas pero no las veías. Además, había cosas olvidadas que tocabas al tacto. Ese cuarto oscuro en el que ya de mayor podían pasar otras cosas... También hace referencia al cuarto oscuro de los fotógrafos.

las claves

“Todos los chalés de los ricos de Beloso están edificados sobre la jiña de Pamplona, que tenía ahí su chirrión”

“No puedes dejarte aplastar por asuntos negativos que no dependen de ti y que tú no puedes modificar”

el libro

Fingimientos y desarraigos. El nuevo poemario Sánchez-Ostiz llegará a las librerías a finales de esta semana. Cuenta con 112 páginas y sale a la venta al precio de 14 euros. Como presentación, ahí va El juego del barón:

“Vagabundo o merodeador

que, confuso, dice no saber

cómo se hace camino,

pero entre ningún sitio

y ninguna parte,

entre gritos, pedradas y ladridos,

acaba por desgastar

las suelas de sus botas”

“Todos somos el hijoputa de alguien”

“Da igual lo que te llamen y la etiqueta que te cuelguen, lo importante es ser uno mismo”

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