Mar de fondo

Callos y charcos

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 16 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Allá por junio, en el quinto pino, me detuvieron saliendo de la cueva donde solía pimplar. Me cachearon, me interrogaron, me humillaron delante de los transeúntes, me esposaron y me llevaron en un coche policial, aullidos a tope, derrapes de peli, a la comisaría. Por desgracia un informante me había confundido con un ladrón, error subsanado luego al revisar la grabación del robo. Me acordé de Franz Kafka, de la ropa tendida y de Dashiell Hammett: “Soy forastero. Écheme la culpa a mí. Para eso estamos los forasteros”. Se ofrecieron a devolverme al bar, y con esto voy al grano.

Pues al miedo previo se unió el miedo a que la parroquia pensara, viéndome bajar libre del furgón, que yo era un confidente. Y es que florece ese miedo a no haber hecho nada, miedo a crear miedo sin motivo, miedo al miedo. Me ocurre al leer en un parque lleno de críos y sentirme de pronto incómodo. Y al acercarme a alguien para preguntar algo y advertir cómo acelera. Y al discutir con un moro en un semáforo y nunca olvidar, a su favor, que es un inmigrante. Y al hablar euskera en ciertos lugares y adivinar en los ojos ajenos no solo el odio, que eso es el pan de cada goodmorning, sino el miedo, miedo que a su vez me infecta de miedo a causarlo.

Esta gangrena, mezcla de corrección política y empacho de complejos, es ya epidemia. Antes uno opinaba siendo consciente de que el tigre se ofendería. Ahora ignoramos qué león saltará. Me encuentro con la vecina negra en el portal, conocida desde hace años, le cedo el paso, la despido con un “¡agur, guapa!”, y quizás ya estoy pecando de compasivo, retrógrado, etnicista y machista. Cuatro delitos, y sin haber pisado aún la calle.