El euro como condena y salvación

Jean Claude Juncker ofreció este pasado miércoles la ampliación de la divisa Europea a los países del Este como anclaje definitivo al proyecto de integración europeo

Domingo, 17 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker.

El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. (Foto: Efe)

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El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker.

Este pasado miércoles, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, desveló sus plantes para el futuro de la Unión Europea con la mirada puesta en el año 2025. Una visión casi federal, al menos en las competencias que el político luxemburgués considera prioritarias, y que tiene como especial novedad la extensión del euro y del espacio sin fronteras Schengen a todos los países que seguirán formando parte del proyecto comunitario el día después del 30 de marzo de 2019, con la mirada puesta especialmente en los díscolos países del Este que no paran de dar disgustos a Bruselas.

Con este plan, Juncker envía un serio aviso a París y Berlín y sus posibles devaneos hacía una construcción de varias velocidades con un núcleo duro comandado por el siempre tradicional motor europeo. Paradójicamente, Juncker corteja a los países del Este con dos de los proyectos europeos más ambiciosos, pero también más cuestionados en los últimos tiempos de historia común europea.

La idea de una divisa común fue pergeñada por dos de los políticos más admirados de la posguerra europea: Helmut Kohl y François Miterrand. El alemán aceptó el apoyo del francés en la creación del euro a cambio del respaldo comunitario a la unificación alemana. Con este pacto se fraguó la Europa que conocemos hasta ahora con sus luces y sus sombras y con el propósito de que Alemania quedará anclada al proyecto de integración europeo, de manera definitiva, con una moneda equiparable al marco. Una divisa europea que nació con el pecado original de una falta clara de instrumentos comunes para paliar los posibles desequilibrios y que la crisis de deuda acabó desnudando en el momento menos propicio para el análisis riguroso y las soluciones a largo plazo.

Para los países periféricos, el euro ha sido un corsé difícil de soportar pero a la vez, de manera paradójica y como también le sucede a Alemania, su vinculación más poderosa con el proyecto europeo debido a las consecuencias imprevisibles que tiene para un país la salida de la moneda única. No hay mejor ejemplo que la propia Grecia, que a pesar de los pesares, ha continuado dentro del barco europeo ante la intemperie que supone saltar del tren de la divisa europea en pleno trayecto.

Ahora Juncker pretende que el Este quede definitivamente sujeto al destino común de los Veintisiete y para ello, no propone un ejército común europeo, capaz de construir un dique de contención ante la amenaza rusa de sus fronteras, como podría parecer lógico. Prefiere, sin embargo, prometer un acceso a la moneda única a través de asesoramiento legal y apoyo económico -el gran cebo del plan- que todavía debe concretarse.

Pero todo indica que no será fácil y que los traumas suscitados por la crisis de deuda no han sido curados. Aún perdura el drama griego del que se ha conseguido sortear la tragedia. Las divergencias en los modelos económicos del Norte y el Sur siguen demostrando que es necesario un mejor diseño de los mecanismos e instituciones de la divisa europea y todo indica que Berlín y París prefieren centrarse en este debate antes de dar cabida a nuevos socios que, por otra parte, pueden ver con reticencias el profundo escrutinio y la pérdida de soberanía que conlleva pertenecer a la moneda única, sin que aún hayan sido diseñados contrapesos de ayuda, más allá de la posibilidad de solicitar un rescate.

La respuesta a la crisis de refugiados y la deriva autoritaria de Polonia y Hungría ha originado una brecha Este-Oeste, cuyas heridas permanecen sangrando. El acceso de los antiguos países del Telón de Acero al club comunitario no ha contribuido a su democratización interna y esto suscita interrogantes sobre el propio proceso de ampliación. Como contrapeso a los fantasmas históricos, Juncker ofrece el euro. Al igual que hizo Miterrand con Kohl. Un proyecto más político que económico. El problema es que la crisis identitaria de la divisa europea no ha terminado y que darle solución parece ser el único antídoto para, a su vez, relanzar el proyecto de integración europeo en su conjunto.