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Republicanismo

El estrambote como síntoma

Por Santiago Cervera - Domingo, 17 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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No tengo el gusto de conocer al alcalde de Marcilla, pero puedo comprender que se sienta como postrero defensor de Numancia. El último estratega que tuvo UPN, Rafa Gurrea, insistía mucho en la necesidad de asentar el partido en el poder local, en el inmenso intersticio municipal de Navarra. Tanto se valoraba esa argamasa que había equipos dedicados, todos los días, a hacer kilómetros desde Príncipe de Viana con el exclusivo propósito de departir con los afiliados lugareños. Poco importaba formar a la militancia, mucho más tenerles convencidos de que en Pamplona había quienes estaban dispuestos a compartir con ellos un plato de magras. El legado de Barcina ha sido también la completa depauperación de ese poder cardinal, por más que en aquel arranque de mercadotecnia electoral se fotografiara sonriente a la entrada de los 272 municipios de Navarra, como el enanito de escayola de la película Amélie recorriendo el mundo. El prócer de Marcilla debió de pensar que sobre sus espaldas recaía la responsabilidad de vengar la afrenta del cambio, y en nombre de tantos alcaldes que fueron y ya no son ridiculizar el euskera como el estandarte de lo que Barkos representaba a su vera. Su gratuito intento de ofensa, armado sólo con el escaso ingenio que le dispensaba su simpleza intelectual -plagio de Wikipedia incluido-, tuvo continuación en una pieza escrita en el Facebook de su partido donde además se permitía introducir en escena al hijo de la presidenta. Toda una mezcolanza entre estulticia y ausencia de respeto y valores, justo lo que hay que exorcizar en un acto que tenía como motivo la inauguración del curso escolar.

El prócer de Marcilla debió de pensar que sobre sus espaldas recaía la responsabilidad de vengar la afrenta del cambio

Los de Esparza caminan hacia la irrelevancia con la estéril añoranza de un tiempo pasado que ya no volverá tal como era

Y luego está lo de Sayas. Eterno parlamentario en busca de cualquier momentico de gloria que tenga a mano. Un día dice que el PP es un partido podrido y corrupto y otro acude al Congreso a aplaudir con denuedo la investidura de Mariano. O se marcha a Madrid a cenar e intercambiar confidencias con el protegido de Esperanza, o les da una charla de estrategia política a unos de Nuevas Generaciones. Por hablar que no quede, especialidad de este personaje que cada vez que participaba en un debate televisivo engrosaba las alforjas electorales de los grupos de la oposición, tal era el histrionismo y la autosuficiencia con la que saturaba la pantalla. Reconvertido en portavoz de sanidad de su partido -en flagrante desprecio de quien lo decidió a una de las cosas más importantes que tenemos los navarros-, esta semana creyó tocar con sus manos la prueba de la criminosa actuación del Gobierno de Navarra en materia de trasplantes de médula ósea, alentando la idea de que se mantenía el programa por razones políticas a pesar de que su tasa de mortalidad era elevadamente atípica. Tan campanudo como ignorante, en burdo desprecio a la realidad, a los profesionales que de ella saben y a los informes que desmentían su temerario juicio, tal vez pretendió organizar el akelarre sanitario que siempre soñó. Osada ineptitud, brocha gorda, el micrófono de la sala de prensa de su partido y mucha desvergüenza. La templanza de Domínguez nos ha ahorrado asistir a un superlativo escarnio público de este desaprensivo.

Todos somos Navarra, dice el lema que acaba de inaugurar UPN. Obviedad conceptual, pero también reflejo de que el camino político por el que quieren transitar durante los 20 meses que faltan hasta las elecciones es el que emana de aquella manifestación con la que decían defender “la bandera de todos” ante “el intento de imponer la ikurriña”. No acaban de darse cuenta de que esos básicos argumentales que un día sirvieron -el vasquismo es invasor en su esencia y sólo ellos pueden gestionar los servicios públicos- ya no van a ningún lado. Ya no rentan una mínima receptividad, y por ello devienen en estrambote. Estamos ante el síntoma que señala la incapacidad para regenerar un mensaje, para asumir una realidad que ha desarbolado muchos mitos pretéritos. Es la estéril añoranza de un tiempo pasado que ya no volverá tal como era, y del que se resisten a escapar. Con ese bagaje roñoso caminan los de Esparza hacia la irrelevancia. Al otro lado de la balconada de su sede, a pesar de la bandera que la circunda, hay una parte de la sociedad navarra huérfana de respeto y de referencias políticas útiles.

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