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La ultraderecha aspira a romper su techo histórico y ser la tercera fuerza

Entrará en el Bundestag por vez primera de la mano de AfD, ya que los sondeos le otorgan entre el 8% y el 12%

Miércoles, 20 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Alice Weidel.

Alice Weidel. (Foto: Efe )

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  • Alice Weidel.

berlín- La ultraderecha alemana se encamina a estrenarse en el Bundestag (Parlamento federal) a través de Alternativa para Alemania (AfD), fundada hace cuatro años que de su euroescepticismo inicial pasó a reclutar el voto xenófobo.

Todos los sondeos apuntan a que, por primera vez en la historia de la República Federal de Alemania, una formación ultra romperá el blindaje con el que se dotó el sistema electoral nacional para repeler a las formaciones extremistas o residuales.

Para obtener escaños, es necesario superar el listón mínimo del 5% de los votos, barrera que hasta ahora surtió efecto en el Bundestag (cámara baja), aunque hubo abundantes precedentes en parlamentos regionales y corporaciones municipales. Los sondeos pronostican entre un 8% y un 12% para AfD y opciones de ser la tercera fuerza, con lo que si se forma otro gobierno de gran coalición como el que ha liderado esta legislatura la canciller, Angela Merkel, sería el primer partido de la oposición.

El mero hecho de acceder al Bundestag será festejado como un hito por la ultraderecha, que de su posición de extraparlamentaria pasará a estar en todas las comisiones de la cámara -incluida la de secretos oficiales- y verá acrecentada su financiación pública.

Ser primera fuerza de la oposición le daría además el derecho a la primera réplica en todo debate parlamentario, un regalo para un partido que usa la provocación como estrategia y que moviliza a su militancia al grito de Merkel debe irseen la campaña. La AfD habrá dejado así atrás el esquema de formación residual que durante décadas caracterizó a la ultraderecha alemana.

euroescéptica y xenófobaFue fundada en 2013 por euroescépticos escindidos de las filas conservadoras y liberales, como su cabeza de lista, Alexander Gauland, exmiembro de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel. Aquel discurso eurófobo inicial no cuajó y en las generales de ese año quedaron unas décimas por debajo del 5%.

Con el estallido de la crisis migratoria de 2015 y la irrupción del movimiento islamófobo Pegida viró hacia la abierta xenofobia.

Accedió en las cámaras de 13 del total de 16 Länder (estados federados) del país, con resultados de hasta el 24% en el aún económicamente deprimido este del país, o del 15%, en el próspero sur.

“AfD es una aspiradora del descontento existente hacia los otros partidos”, explica Nico A. Siegel, del instituto demoscópico Infratest dimap. Hay más hombres que mujeres y tiene más anclaje en el este que en el oeste, pero no hay un perfil claro de su electorado, más allá de que se extiende a todos lo estratos sociales, según el experto. Se alimenta del voto de protesta, en un país que desde 2015 ha recibido unos 1,3 millones de refugiados, y adopta tonos antisistema cuando le conviene.

Su lista electoral la encabezan Gauland, veterano de 74 años capaz de pronunciar en tono sosegado el discurso más revanchista y de enaltecer los “méritos de los soldados alemanes de la I y la II Guerra Mundial”, junto a Alice Weidel, de 37 años, lesbiana y economista, que pretende dar un halo moderno al partido.

“Su transversalidad es fundamental para entender su crecimiento. Es un partido ultraderechista, que ha construido un voto más allá del espectro neonazi”, explica el periodista español Andreu Jerez, coautor del libro Factor AfD. El retorno de la ultraderecha. Ese carácter transversal es lo que puede darle entre cuatro o cinco millones de votos, lo que de ningún modo habría alcanzado una formación neonazi. Sobre Merkel se han cernido las críticas, tanto desde su CDU como desde la Unión Socialcristiana (CSU) bávara, de haber abandonado el perfil conservador y haber cedido ese espacio a la derecha radical.

“AfD aglutina un voto a la derecha de la Unión que ya existía, como existe en Escandinavia o en Francia. Era cuestión de tiempo que aflorase en Alemania”, sostiene el politólogo Werner Patzelt. - Gemma Casadevall

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