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Un anfiteatro herido, que todavía sueña

Domingo, 24 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Sarajevo- “Cuando vine a Sarajevo, todas las esquinas tenían dolor, todos los jardines estaban desgarrados”, recordaba Eduardo Córdoba en una mesa redonda organizada en torno a la exposición. “Una guerra es una tragedia que destruye una ciudad y rompe hasta el nombre. Hay que restablecer los nombres”, dice y uno de sus cuadros subvierte el nombre de la ciudad con la denominación Varojesa, un juego que practican los sarajevitas más jóvenes para ahuyentar los fantasmas del pasado.

Precisamente, paliar el sufrimiento e insuflar esperanzas a la población sitiada era el objetivo del programa radiofónico Esta noche soñaremos, del periodista Slodoban Minic, del que Eduardo Córdoba ha tomado prestado el título para el lienzo que preside la exposición, como reconocimiento al espíritu de resistencia de los ciudadanos de Sarajevo y a la esperanza en un futuro mejor.

Porque el dolor sigue presente en la ciudad balcánica y en el conjunto del país, dividido más que por muros físicos, pese a los esfuerzos de todos, serbios, croatas y bosniacos o, en su expresión religiosa, ortodoxos, católicos y mulsulmanes, por marcar territorio con la simbología propia, por barreras afectivas y sentimentales, sentimientos incompatibles, por ahora, de pertenencia a diferentes comunidades. 25 años después de un cerco extremadamente cruel, Sarajevo, la ciudad con forma de anfiteatro, vive formalmente en paz. Quizá ya no es la paz de los cementerios, pero es una paz entre cementerios que brotaron en todos los barrios y que ocupan parcelas extensas que en otras circunstancias seguramente se hubieran dedicado a otro tipo de usos urbanísticos o dotacionales. Bosques de lápidas de los casi 12.000 muertos con fechas de nacimiento y defunción que delatan la juventud de las víctimas.

El dolor sigue estando a flor de piel, como lo puso de manifiesto una mujer presente en la sala de exposiciones, que sin desvelar su identidad quiso compartir su testimonio y expresar su agradecimiento al autor. “Es la primera vez que soy capaz de entrar en esta Galería desde la guerra, en la que murió mi marido, que también era pintor y que expuso por primera vez aquí, en esta sala y en la pared en la que ahora se exhibe un cuadro titulado Todos somos memoria y frontera que transgredir. Me he emocionado profundamente”.

La reconstrucción de la convivencia se antoja todavía más difícil que la de los edificios, sembrados de balazos y metralla, con la excepción de la espectacular biblioteca, arrasada por bombas incendiarias y fielmente reconstruida con la ayuda internacional. La biblioteca de Sarajevo, testimonio dramático de la barbarie, en la que ardieron dos millones de libros y documentos, luce hoy su belleza un tanto artificiosa, porque su interior, al que todavía no ha regresado un solo tomo, únicamente alberga el despacho del director, símbolo de lo que fue y de lo que debería volver a ser.

Bosnia-Herzegovina es hoy un país dividido políticamente, como consecuencia de los acuerdos de Dayton (1995) que pusieron fin a la guerra, en dos entidades, la República Srpska (serbo-bosnios) y la Federación de Bosnia y Herzegovina, producto esta última del inestable equilibrio entre católicos croatas y bosnio-musulmanes, y en el que cada comunidad educa a sus escolares con manuales distintos, que cuentan la historia desde la óptica de sus trincheras. Por eso, la ministra Semiha Borovac ve todavía lejano el momento en el que los sueños que Minic prometía cada noche del asedio a los sarajevitas, como ejercicio de supervivencia, se conviertan en una feliz realidad. “Necesitamos más tiempo para recuperar los sentimientos que existían antes, pero iniciativas culturales como esta exposición del amigo Eduardo Córdoba, rompen fronteras, conectan a gentes distintas, y eso, en una sociedad multicultural como la nuestra, es imprescindible para la reconciliación”. - P.A.

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