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Republicanismo

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Por Santiago Cervera - Domingo, 24 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Hay una parte del nacionalismo vasco que ha saludado con admiración el proceso catalán, e incluso ha querido compartir escenas en esta fase eruptiva en la que ahora se desarrollan los acontecimientos. Detrás de un visillo les contempla ese Mayor Oreja que aún cuenta en las replacetas mediáticas que hay un proyecto común de separatistas y podemitas con el objetivo de destruir España. Se puede entender que quienes desean una Euskal Herria independiente se sientan identificados y hasta solidarios con los que quieren una Catalunya también independiente. Pero no se entiende tanto que aunque estén políticamente unidos en el qué, no sean capaces de abundar en el por qué y en el cómo. Las diferencias entre la pulsión independentista vasca y catalana son tan sustanciales -sociológica y políticamente hablando- y el devenir reciente tan antitético, que alguien debería replantearse tanto fervorín y apoyo. Las comparaciones son odiosas, pero alguna vez hay que hacerlas. Y aun a riesgo de ser injusto por generalizar, convendría detallar alguna.

Durante la República se colocó un cartel en el barrio de Torrassa-Collblanc que decía “Cataluña termina aquí. Aquí empieza Murcia”. Para el nacionalismo catalán de aquella época, y también para el de esta, lo que había al otro lado de sus lindes no era España o Castilla, era Murcia. Igual que murcianos son llamados aquellos que han llegado de otros lugares de la península, o murcianas eran calificadas las domésticas de la burguesía. El nacionalismo político y sociológico catalán es, se reconozca o no, supremacista, despreciativo de todo aquello que no dispone de estirpe en el país. Este fenómeno no se ha dado nunca en Euskadi. Seguramente hay muchos vascos que se sienten bien distintos a los que ellos refieren como españoles allende el Ebro;hay un idioma diferente, una cultura secular también distinta, y sobre todo, un carácter y modo de entender la vida netamente alejado del que caracteriza a otras comunidades meridionales. Pero cuando en el País Vasco se reclama una organización política propia e independiente no aflora una actitud de superioridad o ridícula autosuficiencia. Hay otro síntoma sociológico congruente con este y muy llamativo. Cataluña ha creado, también en exclusiva, la figura del charnego. Ese oriundo de la meseta que llegó hace unos años a Barcelona o a su cinturón industrial para labrarse un futuro, y que, casualidades de la vida, probablemente tenga un apellido tan netamente castellano como Trapero o Camacho. Lo significativo en esa figura no es sólo que los locales hayan acuñado una semántica despectiva para designar al migrante, sino que el aludido suele hacer lo posible por demostrar que es parte de ese país que en el fondo le desprecia, incluso cambiando su nombre o adoptando cualesquiera capas de mimetización con el ambiente aledaño. Un psicólogo sabrá explicar que ese proceso es, en esencia, un acto de sumisión a un entorno que se percibe como hostil e impositivo. Y tampoco en el País Vasco se produce este fenómeno, o al menos no ha adquirido una carta de naturaleza tan patente y públicamente significativa.

Hay en el proceso catalán unos elementos políticamente muy relevantes que no son sólo los de la presunta pulsión popular para constituir un estado independiente. Sabemos que los gobiernos que presidió Pujol y posteriormente su hereu Mas eran estructuras delincuenciales, orientadas a la extorsión y al saqueo. Más aún, las coimas llegaban también desde Madrid, donde el grupo de CiU mercaba tradicionalmente con su posición política en el Congreso. Y sabemos también que el desempeño del clan pujolista, sólo comparable en Europa con el de la familia Ceaușescu, pretendió constituirse en el tronco dinástico de aquella tierra. El resultado ha sido una sociedad corrompida en todos sus ámbitos, en la que manadas de asalariados públicos transitan por las diversas instituciones, y una gran parte del poder económico medra de un monumental biberón de intereses creado con finalidad política. Nada de esto lo ha hecho nunca el PNV, ni ha sido jamás un componente esencial del poder político vasco. Como aquí tengo dicho, a la independencia no se llega desde la cleptocracia. Tampoco desde la honda desestructuración social que desde hace décadas constituye Cataluña. Alentar lo que hoy pasa ahí no es tanto saludar la idea de la autodeterminación, como reverenciar un cadáver que ya nada puede hacer por sus allegados.

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