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1-O: malos tiempos para la lírica

Por José Luis Úriz Iglesias - Lunes, 25 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

vivimos malos tiempos para la lírica, en un mundo donde la sinrazón pasa por encima de la razón es difícil hacer poesía, ni siquiera prosa poética, rodeados de energúmenos que se sacuden estopa.

Por eso estamos a punto de vivir el choque de trenes más dramático de nuestra democracia, entre dos convoyes repletos de viajeros conducidos por maquinistas suicidas.

¿Se puede evitar? Cada vez parece más difícil, aunque no se puede descartar que como en la negociación de los convenios colectivos, al final se alcance un acuerdo de última hora para evitar la huelga. Incluso que acabe viniendo bien para resolver de manera definitiva éste complejo embrollo.

En un momento en el que todas las partes se creen en posesión de la verdad absoluta, resulta imposible predicar soluciones por la vía del diálogo, el entendimiento y el acuerdo. Imposible que prevalezca el sentido común cuando quienes conducen esas locomotoras están dispuestos a todo. Solo hay que observar las diferentes reacciones en las redes sociales estos días para darse cuenta de ello.

Es cierto que la ciudadanía catalana por inmensa mayoría desea expresarse libre y democráticamente, como también que esa expresión debe ser regulada por cauces legales y de acuerdo con las normativas de las que nos hemos dotado.

Pero no ha sido así y ahora nos encontramos en una situación límite, la más peligrosa para todas y todos, catalanes o españoles qué más da, desde el 23-F de 1981.

La reacción del Gobierno del PP tras los plenos del Parlament en los que se aprobaron las Leyes del Referéndum y la denominada de Desconexión, ha pasado de la inanición habitual de Rajoy a la agresividad más violenta y desproporcionada.

En lugar de aceptar las recomendaciones que le vienen desde la izquierda, el PSOE y Podemos, para que este conflicto se resuelva a través de la política, de la negociación, el diálogo y el acuerdo, han optado por la vía de un estado de excepción de facto en Catalunya.

Los extremistas de ambas orillas campan a sus anchas y las voces más moderadas y sensatas, las que se oyeron en esa sesión del Parlament, como la del diputado de Catalunya Sí que es pot, Joan Coscubiela, o fuera de allí el propio lehendakari, Iñigo Urkullu, y más lejos una voz lúcida como José Antonio Pérez Tapias, apenas se escuchan entre tanto ruido. Es tiempo de radicalismos de uno y otro lado.

Pero a partir de este instante cabe preguntarse: ¿qué consecuencias puede tener ese choque de trenes Estado-Catalunya que se avecina? ¿Qué va a pasar a partir del 2 de octubre?

Probablemente los más insensatos de entre los independentistas buscaban un escenario como el actual. También los del lado del gobierno apuestan por él, conscientes de que Catalunya la han dado por perdida, electoralmente hablando y consideran que esta bronca les beneficia en el resto del Estado. Ignoran que por ese camino el 48 % de independentistas actual se puede incrementar sustancialmente y al mismo tiempo el incendio podría extenderse a Euskadi.

Vamos pues a una consulta esperpéntica en la que se ignora si habrá urnas, se la gente hará las papeletas en su casa y no se sabe muy bien cuestiones como censo, mesas electorales, etcétera. El referéndum se ha transformado en un proceso de movilización social. Desde luego que ni hablar de seguimiento internacional y verificación de resultados con un mínimo de garantías. Como advertía el lehendakari “ese referéndum no tiene las garantías debidas”.

Que la inmensa mayoría de los ayuntamientos estén dispuestos a ceder sus locales municipales no puede, ni debe ocultar, que los que no lo están representan en población a la mayoría de catalanes. Lo que está suponiendo que los intolerantes intenten alterar esas decisiones legítimas con presiones inadmisibles, como las que se está ejerciendo sobre los alcaldes socialistas contrarios a ceder sus locales.

¿Así quién va a homologar ese resultado? ¿Los organismos internacionales? ¿La UE, la ONU? Por supuesto que no. Para este viaje pues no se necesitaban alforjas, porque lo que se vaya a ocurrir el 1 de octubre no tendrá ninguna validez, ni allí, ni aquí, ni desde luego en la UE y el resto de organismos internacionales. Un tema tan trascendental como la independencia no se puede realizar dejando detrás a la mitad de la población.

Todo esto es cierto, pero probablemente ese choque de trenes, que dejará muertos y heridos políticamente hablando, puede tener consecuencias positivas. Es probable que Catalunya siga formando parte de España después del 1-O, pero deberá ser de manera diferente a la actual.

Habrá que negociar un nuevo marco de convivencia entre ambas naciones, en una España convertida por fin en nación de naciones. Un nuevo pacto fiscal que satisfaga las legítimas demandas que vienen de allí. Y probablemente se deberá abrir un nuevo proceso constituyente que lleve nuestro país a ser un Estado federal plurinacional y permitir en ese marco ejercitar el derecho a decidir.

En ese momento se deberá pactar algún tipo de consulta que satisfaga las ansias mayoritarias de la población catalana de tomar sus propias decisiones. Y si se hacen las cosas bien esa consulta se saldará decidiendo democrática y libremente, por la continuación de una nueva Catalunya en una nueva España.

Por último, en medio de tanto ruido ¿se puede no ser ni unionista ni independentista? Desde la izquierda se puede y se debe. Por eso debemos trabajar desde ya para que el próximo referéndum en Catalunya sea legal, legítimo, libre, con urnas, papeletas, censos de acuerdo con las normas establecidas por y para todos, sabiendo con claridad las consecuencias del voto. Así la sinrazón dejará paso a la sensatez y vendrán nuevos tiempos para la lírica.

Veremos…

El autor es exparlamentario y concejal del PSN-PSOE

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