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Ética política indolora y sin obligación

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Sábado, 30 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La ética en la política está llena de crisis súbitas de mudez, cegueras oportunas y turbaciones calculadas y olvidadizas, propias de la miseria del impostor. Quizá, por ello, haya que pensar que se está produciendo, como decía el marqués de Sade, un nuevo orden amoral, indoloro, sin obligación y sin responsabilidad, una sociedad regida por una praxis política que se reduce a un ejercicio contable de previsiones y resultados, en el que el éxito y el beneficio de unos pocos sustituye al bienestar de la mayoría, y en el que la moral deviene show recreativo. La precariedad laboral, el desempleo, la corrupción política, el fraude fiscal y otros desfondamientos morales no cesan de progresar, pero el mal parece soportarse de forma indecente e hipócrita. La estela de los crímenes franquistas, el hondón económico de la amnistía fiscal o el trato inhumano a los refugiados sirios, se borran con demasiada facilidad, hasta el punto de que la memoria resulte grotesca, mostrando su costado de disparate y ficción. Así la ética, considerada como una rémora que limita la eficiencia propia del pragmatismo y de la cultura post-filosófica, sigue siendo la asignatura pendiente de la política y no hay indicios apreciables que nos hagan pensar en que la situación vaya a mejorar. Las decisiones políticas, ante cualquier problema o conflicto social, no parecen estar sujetas a criterios morales, sino guiadas por razones prácticas y coyunturales. El protagonismo del bien y del mal, los fundamentos éticos encargados de establecer reglas, fijar deberes y decretar verdades resultan sencillamente irrelevantes. En consecuencia, se desvanece la deontología, que parte de unos principios y unos valores que considera deberes y los estima como imperativos categóricos inexcusables. Sin embargo, el utilitarismo, que apuesta por una ingeniería social que acota los problemas y pone el acento en los resultados, dando solo por buenas aquellas acciones que procuran los beneficios esperados, parece tener hoy día más notabilidad. Si bien es verdad que obrar solo en función de principios y valores, desligándose de las consecuencias, como pretende el kantismo más cerrado, no parece una actitud muy pulcra moralmente, proceder basándose exclusivamente en un cálculo de previsibles resultados, sin tener en cuenta ningún principio o valor tampoco resulta una actitud moralmente convincente. Por ello, lo más razonable es que cualquier decisión política debería contemplar la situación en todo su recorrido, es decir, incluir los principios como punto de partida, valorar la bondad de los medios y tener en cuenta las previsibles consecuencias. La deontología y el utilitarismo deben buscar, por tanto, la conciliación entre los deberes supuestamente innegociables y los posibles efectos de la acción, en un espacio común que reclama necesariamente el amparo de las leyes.

Lo cierto es que la ética se ha devaluado tanto en la práctica política como para hacernos pensar que las decisiones, predominantemente pragmáticas, están destinadas a desentenderse inevitablemente de la moral. De hecho, algunas formaciones políticas, lejos de sumar fuerzas en cuestiones trascendentales, permanecen enrocadas en la defensa de sus intereses partidistas, impidiendo la necesaria unidad de acción y la firme resistencia frente a una deriva que atenta contra la democracia y que nos puede conducir al abismo. En este sentido, algunos políticos, justificándose con paralogismos sin sentido o silogismos sofistas, están allanando el camino a una ética indolora o moral sin obligación, como apunta Lipovetsky, que se expande sin apenas resistencia efectiva, originando una sociedad neonarcisista que rechaza todos los sacrificios u obligaciones que puedan perturbar el bienestar personal. Así se explica que muchos cadáveres criminosos pasen por la historia sin que ninguno de ellos haya llegado a sentarse en el banquillo, o que los inmigrantes sean tratados como lestrigones o lotófagos, es decir, fuerzas maléficas de la mitología griega, siendo, como son, tan solo seres humanos que, presas de la fatalidad, buscan una oportunidad, quizá la última, de sobrevivir en el único lugar del planeta donde la globalización económica lo permite. Asimismo la ética sin obligación explica la peculiar relación con la verdad que tienen algunos políticos, pues de forma desvergonzada ocultan, exageran o mienten descaradamente, siendo cada vez más los políticos que se incorporan a la era de la política posverdad.

En fin, algunos políticos, émulos de Maquiavelo, se fían poco de la bondad y responsabilidad humana. Por ello, piensan que la gobernabilidad de una comunidad pasa necesariamente por embridar a la ciudadanía. Visto así, supone justificar que en política es inevitable coartar la libertad, la ley mordaza es un ejemplo, cuando la genuina actitud política, como moral que es, ha de mantenerse en su firme compromiso de tratar de lograr una sociedad libre, democrática, justa, igualitaria, satisfecha en lo material y emancipada de cualquier alineación que la oprima. La ética, en definitiva, se define, como apunta Sartre, como la asunción de la estructura ontológica que nos constituye, que incluye tanto la libertad y la responsabilidad que esta conlleva como la contingencia y la finitud. Precisamente en esta radical y compasiva aceptación política se encuentra la base de la solidaridad, que consiste en contribuir a la prosecución y satisfacción de las necesidades ciudadanas, sobre todo las de los más desfavorecidos.

El autor es presidente del PSN-PSOE

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