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Revuelta social

Por Patxi Aranguren Martiarena - Sábado, 30 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Los partidos políticos deberían situarse a la vanguardia y ser ejemplares en cuanto a transparencia económica y financiera, entre otras cosas, porque los recursos de los que disponen son aportados por los ciudadanos. Pero lejos de ello, algunos, los principales, se encuentran encabezando la corrupción. ¿Son nuestros políticos verdaderos representantes populares? ¿Son elegidos por el pueblo para regir los asuntos públicos en pro del bien común? En teoría sí. Pero luego, en la práctica, sabemos que no es así. En su mayoría, los políticos y los que anhelan serlo son individuos elegidos por los aparatos de los partidos que se organizan para disfrutar del poder en beneficio propio. Cualquiera que sea su signo político, alcanzan su objetivo a través de las artes interpretativas, y de hecho se les encuentra en los teatros donde se decide gran parte de nuestras vidas: ayuntamientos, diputaciones, parlamentos autonómicos, Cortes Generales. Juegan con nuestras pasiones, manipulan nuestros sentimientos y nos convierten en cómplices suyos. Pero estos artistas de la escena no solo nos utilizan, sino que se mofan de nuestra candidez, pese a que somos nosotros quienes los elegimos con nuestro voto. Se sienten inmunes, porque saben que no tenemos agallas para arrojarles del pedestal en el que llevan años instalados y se sienten seguros porque han cultivado un submundo de siervos manejables. Ven a sus pies un pueblo servil, narcotizado, gente temerosa de que ese Estado poderoso le quite los pocos derechos que le quedan. La corrupción española es una forma de vivir y lleva instalada varias legislaturas. Esa corrupción tan incrustada en el poder, tan capilarmente extendida, no ha conseguido despertar a los ciudadanos somnolientos que malviven en nuestras ciudades y pueblos. ¿Cuándo despertaremos de nuestro letargo? Cuando seamos conscientes de que la verdadera soberanía reside en nosotros, en el pueblo. En nuestras manos está sublevarnos contra el poder establecido y acometer la mayor revuelta social que jamás se haya visto en la península.

Ya se dan las condiciones objetivas para una revuelta social porque la gente lleva muchos años aguantando a una clase política que parece que no tiene otro objetivo que crispar a la gente. Estamos hartos de unos políticos que medran a costa de polarizar a los ciudadanos, de unos políticos indignos que basan sus principios en fomentar la división y el enfrentamiento. La gente, el pueblo, quiere vivir en paz, pero los políticos nos azuzan para romper la convivencia. Debemos desalojar de las instituciones a todos los que siembran el odio entre los ciudadanos. ¿Quién ha provocado tensiones entre Navarra y el País Vasco? ¿Quién ha provocado tensiones políticas en Cataluña? ¿Por qué lo hacen? Porque para perpetuarse necesitan crear tensiones innecesarias, crear pantallas que nos distraigan de los desmanes y tropelías que hacen día a día. Seguirán ahí arriba los de siempre mientras estemos divididos. Vivimos en un país con antecedentes de guerras civiles y todavía muchos políticos alientan la confrontación y el odio. ¡Cuándo van a darse cuenta de que la convivencia ciudadana debe ser el bien supremo a preservar! Ya está bien de reírles las gracias a quienes nos están amargando la existencia y han convertido la península en un cenagal putrefacto e indigno.

Este Estado tiene un grave problema político que no ha querido resolver, porque no lo reconoce. Aquí conviven distintos pueblos, viejas naciones con grandes singularidades, que no quieren perder su identidad. Si hubiese verdadera democracia deberían permitir a los pueblos ibéricos decidir voluntariamente su destino. Un Estado moderno no puede basarse en la coacción ni en la imposición, sino en la libre adhesión de sus pueblos y nacionalidades. La clase política actual es el gran problema que impide modificar nuestra penosa realidad, porque no solo no ha contribuido a eliminar nuestros prejuicios, sino que los están potenciando. Más allá de las discrepancias políticas, debemos agruparnos los ciudadanos que vivimos en esta piel de toro para promover movimientos alternativos populares al margen de los partidos políticos tradicionales, estableciendo asambleas paralelas territoriales. El objetivo es presentar un proyecto común que sea atractivo para todos los pueblos y nacionalidades ibéricas y alcanzar la armonía que tanto necesitamos.

Nunca hemos tenido una revolución como en Francia o en Rusia, porque siempre hemos buscado acomodo en la resignación. Aunque hay en la península un precedente de revuelta social: la revuelta social de Cataluña de 1640. En el siglo XVII la crisis económica y los nuevos impuestos provocaron los movimientos secesionistas no solo en Cataluña, sino también en Portugal, aunque el desencadenante principal fue la política centralizadora del gobierno de Madrid que pretendía unificar todos los estados y reinos de la monarquía y subir los impuestos. La preponderancia castellana sobre los demás territorios hispánicos pronto causaría el rechazo de aquellos pueblos ibéricos cuyas nacionalidades se sentían asfixiadas por el centralismo castellano. La sublevación de Cataluña o Guerra de los Segadores afectó a Cataluña entre los años 1640 y 1652 y comenzó a raíz del malestar que generaba en la sociedad campesina catalana la presencia de tropas de los tercios españoles asentadas en este territorio en las guerras entre Francia y España. Fue una revolución social, de pobres contra ricos, pero también política, contra la dominación castellana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres. La Generalitat proclamó la República Catalana y los gobernantes catalanes se echaron en manos de los franceses. Durante 12 años los virreyes catalanes fueron nombrados por el rey francés. En 1651 un ejército español comienza el asedio a Barcelona que se rinde al año siguiente.

Los catalanes no han perdido nunca sus señas nacionales de identidad. Prueba de ello es el actual himno de Cataluña, compuesto a finales del siglo XIX, que está inspirado en la sublevación catalana de 1640: Que tiemblen los enemigos/al ondear la enseña/como las espigas de oro/así caerán las cadenas. La revuelta social de este siglo XXI comenzará, como no podía ser de otra manera, en la periferia, en Cataluña. El fuego comenzará en Cataluña, pero se extenderá como la pólvora por toda la península ibérica afectando a todos sus pueblos. Las cadenas por fin caerán.

El autor es economista de la Universidad Pública de Navarra

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