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Republicanismo

Al César lo del César

Por Santiago Cervera - Domingo, 1 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Había expectación por escuchar lo que la Conferencia Episcopal tenía que decir sobre el conflicto catalán. En el horizonte estaba aquello que afirmó en tiempos Rouco, lo de que la unidad de España es un bien moral que merece defensa y por el que hay que rezar. Más cercano anda el manifiesto de 400 curas catalanes saludando al independentismo y afirmando que se están “ultrajando” -siempre enfáticos- derechos fundamentales. Como elementos de escena ameritan dos frikis, presuntamente de vida consagrada. Uno, el párroco de Calella, que aparece en las televisiones vistiendo camisa blanca con cuello mao, antítesis del alzacuellos, y hablando de que hay que buscar la paz, el amor y la participación “del pueblo” en el referéndum. La otra es la abadesa Camprubí, que desde una mirada torva por encima de sus gafas contaba, también a toda pantalla, que pensaba ofrecer el monasterio de Vallbona para poner urnas. En medio de este sindiós apareció el obispo Blázquez para leer con voz impostada un comunicado en el que apelaba a que nuestra sociedad “sea un espacio de fraternidad, de libertad y de paz”. Para quienes esperaban algo más que una copla quedó claro que los pastores no parecerían dispuestos a conducir ningún rebaño, pues melifluas fueron las siete frases del mensaje. Pero para quienes creemos que lo que digan los obispos, o los párrocos, o las abadesas, sobre un profundo problema político es en esencia improcedente, tampoco el espectáculo es aceptable.

Hay un error de base que es causa de que obispos y curas estén situados en tan inconsistente posición. Siguen creyendo que son permanentemente invitados al baile de opiniones que suscitan determinados problemas políticos. Y no es así. La Iglesia se fundó como comunidad de los fieles, pero no como una organización de finalidad social sino espiritual. La labor del obispo es hablar a las almas, no pretenderse autor de glosas a la actualidad. Los que quieran escucharlos no deberían tener que sufrir esa banalización del referente moral que la jerarquía católica representa para ellos, el mismo que se ha constatado capaz de oscilar inconsistentemente entre el fervor nacional de Rouco y “los derechos propios de los diferentes pueblos que conforman el Estado”, según leía Blázquez el otro día. Porque para decir simplezas, mejor no decir nada. Pero sobre todo, y aunque sólo sea como ejercicio de humildad, es mejor no decir nada que creerse llamados a intervenir en el ágora, que sólo al César corresponde lo del César.

No es posible hablar de estas cosas sin recordar que la Iglesia española es también titular de una cadena de medios de comunicación que tiene las mismas pretensiones comerciales y de audiencia que otras que pertenecen a grupos empresariales consolidados. No estamos hablando de Radio María o de la hoja parroquial, sino de Cope y 13TV. Cabe así preguntarse si lo que la Conferencia Episcopal pretende trasladar a los fieles sobre la realidad social es lo que cuenta en sus comunicados o lo que los comunicadores que intencionadamente contrata para sus cadenas difunden. Cuesta, además, olvidar que la Cope haya optado conscientemente por idolatrar e intentar lucrarse con algo tan moralmente repugnante como es el fútbol profesional, esa mezcla de corrupción, idiocias de tropel, banalidades y vanidades. Pero incluso al margen de ello, no parece demasiado evangélico el modo en el que quieren deambular por el panorama mediático español, midiéndose con las emisoras de Prisa o Atresmedia. Su estrella de la radio, Herrera, cada día parece más aburrido por estar donde está, y tal vez por eso ya ni siquiera se esfuerza en evitar esa tendencia hacia lo escatológico que tanta gracia debe hacer en las sedes episcopales. Casi todos los programas son partícipes de esa imperante radio de graciosillos, que en este caso hay que suponer simboliza el mensaje de fraternidad del que hablaba Blázquez. En la tele, el referente es ese señor de pelo teñido cuyo programa se basa en los guiones que diariamente le manda Cospedal, y que a modo de tertulia de actualidad condensa los atributos más genuinos de la telebasura, tal es la corrala que presenta al espectador. Y así, entre comunicados livianos y pretensiones de ser influyentes empresarios de la comunicación, los obispos relegan a los fieles en favor de la búsqueda de ese protagonismo sociopolítico que equivocadamente consideran merecer.

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