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Pespuntes

El primo de la Zarzuela y el padre putativo

Por Víctor Goñi - Viernes, 6 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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como registrador de la propiedad que se siente pese a toda una vida de cargo público en otro mejor, Rajoy es un hombre de hechos consumados. Así se explica su desastrosa estrategia dominical en Catalunya, donde ni evitó el voto ni tampoco la masiva edición videográfica de porrazos a mansalva, un maná argumentativo para el independentismo. Y ahí sigue, en la trinchera, tanto por parapetarse tras jueces, fiscales y policías como por persistir en una falta de audacia política proverbial, asido a una oratoria tan simple como amenazante, plena de tópicos y lugares comunes. Pues Rajoy desecha la interlocución directa con Puigdemont, al que asimila a un delincuente -precisamente él, dirigente máximo de un partido financiado de manera irregular- como si no fuera el president de Catalunya y por tanto el máximo representante del Estado allí, refutando por añadidura cualquier posibilidad de mediación.

A qué punto habrá llegado su indolencia que, aun en un asunto capital para España como la escisión del territorio que representa la quinta parte de su PIB, el Parlamento Europeo ha abordado un debate monográfico sobre Catalunya antes que el Congreso de los Diputados. Impasible ante las recomendaciones de la Cámara de Estrasburgo, que el miércoles apeló al diálogo además de censurar los excesos policiales del 1-O, Rajoy espera a que la contraparte apruebe en el Parlament el inicio del proceso constituyente -con declaración de independencia inmediata o por plazos- para activar una respuesta basada en la legalidad constitucional, sí, pero que sólo sirve para agudizar el conflicto político. Bien entendido que el clamor en Catalunya por el derecho a decidir no obedece a una enajenación transitoria.

Una réplica que Rajoy estudiaría vehiculizar por dos posibles vías, mediante la declaración del estado de alarma o de excepción, de acuerdo con el artículo 116 de la Constitución, o a través de la aplicación del artículo 155, que faculta el arbitrio por el Ejecutivo de las “medidas necesarias” -la suspensión de la autonomía entre ellas- para obligar a la Generalitat al “cumplimiento forzoso de sus obligaciones”. La diferencia procedimental radica en que el accionamiento del artículo 155 precisa de la mayoría absoluta del Senado, que el PP ostenta pero que en su caso pretende implementar con el concurso del PSOE, además de con Ciudadanos.

Y ahí es precisamente donde aparece Felipe de Borbón, justo a las horas de que el PSOE anunciase una iniciativa para la reprobación parlamentaria de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría por la desproporción policial. Un discurso áspero tras el que cabe adivinar a Rajoy como ventrílocuo del monarca, cuya alocución visada por Moncloa pretendió alinear a Sánchez con el Gobierno en esa llamada a “asegurar el orden constitucional” sin aludir ni al diálogo ni a los heridos en las cargas, una omisión expresa que al día siguiente afeó el Parlamento de Estrasburgo. De nuevo Rajoy en la sombra y otra vez ejecutando una maniobra que encona posiciones, además de por la nula empatía demostrada por el Rey con los damnificados por los excesos policiales, también por dirigirse en exclusiva al sector españolista de Catalunya, evitando todo signo de conciliación sin margen para el arbitraje. Hasta el extremo de que Felipe VI empleó la expresión “millones y millones de españoles” para cargarse de razones, una dialéctica de acumulación de fuerzas investida de una pose napoleónica en el rotundo plano medio televisivo y con gestualidad tajante.

A la espera de comprobar hasta qué punto la utilización del primo de la Zarzuela -en la acepción del anuncio de Zumosol- por Rajoy va a determinar la ejecutoria en materia territorial de la dirección del PSOE, ya minado por el jacobinismo clásico que anida en su seno con Guerra como exponente, la escena que el presidente español rehúsa ocupar la ha copado Aznar, Fundación Faes mediante. El guardián de las esencias populares actúa por enésima vez a modo de padre putativo de Rajoy, en el sentido de que tras legarle la vara de mando le hostiga a cada oportunidad, para exigirle mano más dura todavía y de forma urgente, así como que los sopapos los dispense en primera persona y sin intermediarios. Largándole la fresca de que, si no tiene los redaños suficientes, se eche a un lado y adelante las elecciones generales, una coña marinera en el contexto de una coyuntura de grave excepcionalidad democrática.

No, si va a resultar que sin Mariano aún sería peor y miren si se precipitan tiempos malos, puesto que con el PP en Moncloa el unionismo se impone por bemoles sí o sí.

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