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La paz como utopía

Por Caridad Velarde - Domingo, 8 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La concesión de un Premio Nobel (de cualquiera, como se acaba de ver con Ishiguro, pero especialmente si es el de la Paz) desata las discusiones acerca de su oportunidad o de las razones que han concurrido en su concesión. Porque el Nobel no se otorga necesariamente a quien más haya luchado por la paz, ni siquiera exige que haya habido logros reales, sino que se da a quien, por alguna razón, se considere especialmente representativo o inspirador. Y eso implica una cierta relación con la realidad del momento. Las ventajas de ese sistema son obvias, pero también lo son las posibilidades de calcular mal, como sucedió el pasado año por grande que haya demostrado ser el mérito del presidente Santos.

Las razones de la concesión del Nobel de 2017 a la Campaña para la abolición de las armas nucleares parecen obvias. En una época marcada por un equilibrio sustentado sobre el miedo y representada en la escalada de tensión en el Pacífico, parece razonable que alguien haga una llamada a la sensatez y que esa llamada sea reconocida.

Otro rasgo que caracteriza al premio de este año es que vuelve poner la atención en la actividad de individuos relativamente anónimos. Por otra parte, la denominación de la institución premiada podría llevarnos a engaño: una campaña parece aludir a algo efímero. Probablemente naciera con esa idea, sin embargo hoy se ha convertido en una auténtica coalición con vocación de estabilidad ya que su comienzo se sitúa en 2006. Y además su actividad tiene una razón de ser aún anterior en el tiempo que es el Nobel de la paz otorgado en 1985 a la Asociación Internacional de Médicos por la Prevención de la guerra nuclear, una de cuyas iniciativas sería años después precisamente la Campaña para la abolición de armamento nuclear. De alguna manera podría decirse que la misma iniciativa ha sido premiada dos veces.

Pero, siempre hay un pero. El logro fundamental de la Campaña premiada es el Tratado Internacional sobre la prohibición de armas nucleares, aprobado en julio pasado por la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero ese logro es relativo puesto que el tratado ha sido rechazado por todas las potencias nucleares y desde luego por el conjunto de la OTAN con la excepción de Holanda. La verdad es que no debería extrañarnos: el discurso sobre el armamento nuclear siempre es paradójico. Muchos interpretan la disponibilidad de armas nucleares como un modo de mantener la paz… eso sí, siempre y cuando esa disponibilidad sea la de ellos mismos. Recordemos que cuando Obama (también él Nobel en 2009) visitó Japón en 2016 dijo “encontremos, juntos, el coraje para esparcir la paz y buscar un mundo sin armas nucleares”… aunque no pidió perdón en nombre de su país por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Nadar y guardar la ropa.La autora es profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad de Navarra

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