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Tiempos oscuros, legitimar a la extrema derecha

Por Joseba Santamaria - Domingo, 8 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

catalunya no ha llegado a este presente en una semana. Ha sido casi una década de inacción en la que el Estado ha confiado en que este presente nunca llegaría. No mirar hacia Catalunya o mirar para otro lado ha sido la única estrategia activa del Gobierno central en este tiempo. Pero ya todo está ya aquí, a la puerta del abismo, y nadie sabe muy bien qué va a ocurrir a partir de ahora. Quizá la única certeza social es que lo que puede venir da miedo. No es ese miedo que se utiliza como instrumento político -y se está utilizando ahora también- para amedrentar a los ciudadanos y tratar de influir en su voluntad democrática. En Navarra, esa estrategia de recurrir a los miedos diversos ha sido una constante electoral de la derecha para mantenerse en el poder. Es otro miedo. Un miedo real a que se ponga en marcha un proceso de consecuencias imprevisibles para Catalunya y para el conjunto del Estado. No se ve un camino abierto ni ganas de recorrerlo hacia la vía política del diálogo. Las unilateralidades se han impuesto quizá esperando a que a última hora alguien evite el desastre total. Pero si no aparece ese alguien, si no se acepta un diálogo honesto que favorezca los acuerdos antes que las victorias y humillaciones, este presente puede retrotraer a otros pasados negros. La historia demuestra que la pasiva confianza en que la sangre no llegará al río suele acabar con la llegada de tiempos oscuros y los ríos teñidos de rojo. El manejo de los tiempos es una clave de la política, pero el tiempo se ha acabado. O se abre una puerta alternativa que permita entrar aire fresco o sólo queda la caída a la profundidad del abismo. Y tendrá que ser Catalunya, sus representantes políticos, económicos y sociales, los que abran esa puerta, porque nadie en Madrid con poder real parece dispuesto a abrir puerta alguna. Políticos que exigen la entrada de los tanques en Catalunya, jueces que demandan detenciones masivas, periodistas que llaman hijos de puta a Puigdemont y Junqueras y descalifican a los catalanes en su conjunto y un Felipe de Borbón que azuza el fuego, describen el escenario de la reaparición blanqueada de la extrema derecha española. La política más decrépita como punta de lanza de una mala segunda parte de aquel aznarismo neofalangista. La extrema derecha ha existido en España como en el resto de Europa -donde cabalga de nuevo con fuerza-, pero ha estado cómodamente refugiada en un sistema político que no cuestionaba sus posiciones ideológicas fundamentales. Ahora el neofranquismo se legitima incluso como discurso oficial de una buena parte de esa España ideada en el Madrid del poder cortesano. Esa legitimación de la derecha extremista, el auge de discursos políticos y mediáticos que desprecian el diálogo democrático y el acuerdo político y sólo atienden a la persecución del otro no augura más que dolor, tristeza y una enorme derrota colectiva. Ese es un miedo mucho más humano y mucho más real que el miedo político. Y en ese caso Catalunya sólo habrá sido la punta del iceberg de un proceso de involución política que acabará afectando al conjunto de los ciudadanos del Estado y al propio Estado. Ya no se trata de una cuestión nacionalista, sino de derechos democráticos y convivencia social. Sí, me da miedo tener que vivir tiempos oscuros que otros antes que nosotros ya vivieron y cuyas consecuencias seguimos padeciendo muchas décadas después.

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