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Reflexiones

Dos días de otoño

Por Jesús Barcos - Domingo, 8 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Este octubre ya está en la historia. Desde el pasado domingo hasta la noche del martes -la del discurso del rey- transcurrieron las 48 horas más desastrosas para el Estado español en décadas. España suspendió su test de estrés a partir de un Gobierno español con ramalazos autoritarios y un jefe del Estado cerrando filas. Dos portazos tan ostentosos como torpes.

Tras las cargas policiales del domingo de autos, la correcta digestión de lo acontecido iba a ser clave. En el lapso de tres días, el independentismo reforzó su moral con una huelga general multitudinaria, y un buen discurso de Puigdemont reclamando diálogo para volver a mostrar la cerrazón del Estado. Como ha escrito Vicenç Vilatoro, ahora “buscar una mediación es contradecir a Rajoy y al rey”. El caso es que el mensaje del Felipe VI fue una enorme oportunidad perdida para sus propios intereses, destapando su desconexión con Catalunya y con el reformismo de vía ancha. Si Felipe VI “se jugó la corona” esa noche, como observó Iñaki Gabilondo, un monarca desnudo cambia la ecuación del Estado en esta crisis, y le añade una derivada más. Tanto si se reconoce que Felipe VI cometió un grave error como si se entiende que cumplió con su obligación, los monárquicos saldrán al rescate, y una de dos: o agravarán el desaguisado o abrirán la puerta a algún tipo de estrategia dilatante. En ambos casos, los más papistas que el Papa brotarán como champiñones. También en la ultraderecha.

De estos y otros temas hablé con un grupo de barceloneses entre dos raciones de bravas y dos cervezas el viernes por la tarde. La semana había sido larga en emociones y se notaba en la conversación. El ‘domingo de panes’ no consiguió abortar el referéndum, y cohesionó al soberanismo en vez de acentuar sus puntos débiles. Al menos, hasta comenzar a conocerse las primeras fugas financieras y empresariales en oposición a la hoja de ruta del Govern. La sombra de la aplicación del 155 y de la Policía y Guardia Civil esperando órdenes también está generando un amplio debate sobre cuál es la mejor estrategia a partir de ahora. En este punto de casi no retorno, crece la incertidumbre sobre lo que puede ocurrir de aquí al martes. El discurso de Puigdemont, mucho mejor calibrado que el del monarca, dejó en todo caso un buen número de interrogantes. ¿Acaso es ahora factible consensuar el principio de autodeterminación para un referéndum pactado? ¿Hay un plan B si falla la mediación? ¿Cómo administrar la resonancia obtenida y no tirarla por la borda en cuestión de horas? Lo cierto es que la desastrosa estrategia del Partido Popular estos años ha llevado a hablar más del derecho a decidir que de la independencia misma, y un punto de vértigo a lo desconocido asoma incluso en independentistas que ya pisan un escenario casi inédito. Cuando catas el estado de ánimo de muchos catalanes, comprendes la intensidad del momento, tamizada por su calma cultural. Por eso, el contraste con el fluir de la vida ordinaria de Barcelona resulta llamativo, pero no tanto. El independentismo confía en la inteligencia política del Govern, y una gran parte aceptaría un referéndum pactado más concluyente, pero con garantías de ida y vuelta. Para eso tiene que haber alguien al otro lado. La opción de unas nuevas elecciones plebiscitarias parece en este sentido descartada en Catalunya. Se entiende que no estarían exentas del riesgo de detenciones, suspensión de las fuerzas independentistas o de la propia autonomía. Y es que para el Estado esto nunca ha sido una cuestión de porcentajes.