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El PSN evita un acercamiento al Gobierno foral pese al veto a la derecha en Madrid

Los socialistas proclaman un giro a la izquierda pero mantienen la unidad de acción con UPN y PP en los temas principales
El nuevo curso prueba la capacidad de tejer alianzas para un gobierno en el futuro

Ibai Fernandez - Lunes, 9 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Ramón Alzórriz (secretario de Organización), María Chivite (secretaria general) y Fabricio Potestad (presidente), con la ejecutiva del PSN.

Ramón Alzórriz (secretario de Organización), María Chivite (secretaria general) y Fabricio Potestad (presidente), con la ejecutiva del PSN. (Mikel Saiz)

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  • Ramón Alzórriz (secretario de Organización), María Chivite (secretaria general) y Fabricio Potestad (presidente), con la ejecutiva del PSN.

Pamplona- ¿Ha girado el PSN a la izquierda tras la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE? La pregunta tiene múltiples matices e interpretaciones. Los socialistas, evidentemente, dicen que sí. Somos la izquierda, reza el lema de la campaña en las redes sociales con el que en las últimas semanas han planteado diversas propuestas de ámbito local. Y así se recoge también en su discurso público, en el que el apelativo izquierda está mucho más presente desde la reelección de María Chivite como secretaria general el pasado verano. Un congreso en el que no hubo cambio de caras ni de fondo ideológico, pero en el que sí se habló por primera vez de intentar formar un Gobierno a medio plazo con fuerzas como Geroa Bai y Podemos. “Hemos aprendido la lección, no facilitaremos gobiernos de UPN”, apunta ahora la líder del partido.

En la práctica sin embargo el cambio apenas se ha notado en Navarra, donde el PSN ha evitado cualquier gesto de acercamiento al Gobierno foral, al que sigue calificando de “nacionalista” pese que a la presencia, y clara influencia, de fuerzas más izquierdistas como Podemos, I-E o, más allá de su visión nacional, también EH Bildu. Todo queda de momento en el ámbito gestual y declarativo. Como pedir más inversión al Gobierno al tiempo que se critica una reforma fiscal que ha mejorado la recaudación. Una contradicción que sirve como metáfora de la situación en la que se encuentra el socialismo en Navarra.

Algo compresible por otra parte en el actual escenario político de la comunidad. El Gobierno cuenta con una mayoría de 26 votos que sin embargo le exige una negociación permanente en todos y cada uno de los ámbitos de decisión. Un consenso sólido y trabajado que ha dotado a la Comunidad Foral estos dos últimos años de una estabilidad política inédita desde la mayoría absoluta de UPN y CDN (2003-2007).

El protagonismo del PSN ha quedado relegado así a un segundo plano en la medida en que sus votos no son necesarios para articular la mayoría, pero también porque ha descartado formar parte de una negociación multipartita con las cuatro fuerzas del cambio. Los socialista ya intentaron buscar una negociación presupuestaria el pasado año directamente con el Gobierno. Una relación bilateral con aire de maquillaje que sin embargo resultaba inviable al margen del cuatripartito, sin cuyos votos cualquier acuerdo Gobierno-PSN está abocado al fracaso. “Tienen la puerta abierta, pero si es para sumar, no para sustituir”, apuntaba la presidenta Barkos recientemente.

Tampoco los socialistas han querido explorar una mayoría alternativa en aquellas cuestiones en las que el Gobierno ha visto peligrar su cohesión parlamentaria. La Ley de Policías, la política lingüística o la apuesta por las grandes infraestructuras han mostrado algunas grietas en el cuatripartito, donde los socialistas podían haber sumado sus votos para formar una mayoría alternativa. Lo que, por otra parte, hubiera creado un dilema al propio Ejecutivo foral, que hasta ahora ha priorizado la cohesión del cuatripartito a la ortodoxia de sus propuestas.

más oposiciónLa situación por lo tanto es similar a la de 2015. El PSN sigue votando con UPN y PP en aquellas cuestiones más importantes, como la propia presidenta popular destacaba recientemente en un acto en Madrid. “Es emocionante ver cómo en los temas importantes los tres estamos siempre juntos”, apuntaba Beltrán. El algunas cuestiones los socialistas son incluso más beligerantes que las dos formaciones de derechas, con especial radicalidad además en el ámbito lingüístico o educativo donde, al menos sobre el papel, podría haber puntos de encuentro desde una visión progresista de la sociedad.

En su apuesta por llegar al Gobierno en mayo de 2019 el PSN ha decidido apretar el acelerador, sobre todo en aquellas cuestiones que considera identitarias. Con el euskera como bandera de oposición (Chivite anunció ayer que pedirá explicaciones a Barkos por el nuevo decreto), los socialistas buscan su propio espacio entre el Gobierno del cambio y la oposición de tierra quemada de populares y regionalistas. Un espacio real en Navarra, pero en el que no es fácil dejarse ver cuando compites con fuerzas que tienen menos complejos a la hora de exhibir su izquierdismo (Podemos-IE) o su navarrismo españolista (UPN-PP).

De alguna forma, el PSN sigue atado a su papel de oposición, en la que el discurso apocalíptico de Esparza y Beltrán eclipsa la moderación que a veces intenta mostrar Chivite. Partidos con quienes tampoco acaba de confrontar ni siquiera en aquellos asuntos en los que la actitud del Estado le facilita la unidad de acción con las otras fuerzas de izquierdas.

Es el caso de la negociación del Convenio Económico (prorrogado desde 2014), y de las conversaciones para la construcción del Canal de Navarra y del TAV. Tres contenciosos anteriores al cambio de Gobierno en los que el Ejecutivo del PP ha actuado con una evidente deslealtad, y que el PSN podía haber aprovechado para ensayar la alianza política que plantea para la próxima legislatura. En su lugar, ha optado por una posición equidistante entre los gobiernos navarro y central.

Dos años por delanteEs en cualquier caso un momento de transición política, tanto en Navarra como en el conjunto del Estado, con muchos frentes abiertos que acabarán dibujando un contexto diferente al del inicio de la legislatura. El conflicto catalán amenaza con hacer mella a un PSOE que empezaba a recupera el orgullo y la identidad socialista dilapidada con la abstención que permitió a Rajoy seguir gobernando. Lo que, para bien o para mal, también afectará al socialismo navarro, cuyos resultados siempre han estado vinculados a la fuerza electoral del partido a nivel federal. También el cuatripartito dibuja su relación para los dos próximos años, con diferencias internas que pueden ser puntuales o crónicas, y que determinarán si hay cohesión suficiente para una nueva legislatura si repite la mayoría que, por apenas unos votos, logró en mayo de 2015.

La negociación de los presupuestos, el debate fiscal, las relaciones con Madrid y la apuesta por las grandes infraestructuras marcarán la agenda política de los próximos meses, y probarán también la viabilidad de una posible alianza entre el socialismo navarro y las fuerzas que hoy sostienen el Gobierno de Navarra, que recientemente fue posible en Viana para sacar a UPN de la alcaldía.

Un escenario que sin embargo hoy parece lejano para el conjunto de la comunidad, y que difícilmente será posible sin un reconocimiento efectivo de la pluralidad lingüística y social de Navarra. Un elemento clave para las cuatro fuerzas que sostienen al Gobierno, y no solo para las dos de componente vasquista, pero en el que el PSN se muestra cada vez más reacio a avanzar. Por un interés electoral evidente, pero también por la propia composición ribera de un partido que tiene el sur de la comunidad su principal fuente identitaria.

Quedan en cualquier caso dos años por delante para que el PSN acabe de concretar un proyecto político para la comunidad coherente con su propuesta de alianzas. Pero que deberá empezar a concretar más allá de los gestos estéticos si quiere darle credibilidad. Algo imprescindible para crear una relación de confianza con sus posibles aliados y para que su propia base social asuma la futura alianza como algo lógico y natural. Pero sobre todo para ganar el apoyo, o al menos la simpatía, de los miles de ciudadanos que siguen viendo al PSN como el partido que ha frustrado el cambio cada vez que ha sido posible.

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