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la carta del día

75 años del Club Deportivo Navarra

Por Daniel Bidaurreta - Viernes, 13 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Que son, ni más ni menos, los que ahora acaba de cumplir el Club Deportivo Navarra,el Navarra, como suele decirse normalmente en el ambiente montañero de Pamplona.

Y parece que cuando llega un cumpleaños es el momento de echar la vista hacia atrás haciendo balance de lo que ha pasado en el tiempo transcurrido. Hagámoslo pues: el montañismo navarro ha evolucionado enormemente desde aquel lejano año de 1942, cuando unos pocos pero entusiastas supervivientes de unos clubes que desaparecieron con la guerra, decidieron agruparse y reiniciar unas actividades que llegaron a tomar un auge esperanzador pero que las circunstancias habían hecho imposible. Eran tiempos de represión e intolerancia, sin apenas horizontes en una ciudad gris y provinciana, pero la montaña brindaba un espacio abierto al aire libre y a la libertad. Como apenas nadie tenía coche, casi la única posibilidad era la de desplazarse a pie hasta alguna cumbre próxima a Pamplona (desde el mirador de la Media Luna se podía elegir entre el modesto catálogo de posibilidades). O bien era cosa de tomar un autobús de línea, o el tren para bajarse en alguna estación de la Sakana.

Así estaban las cosas cuando surgió el Navarra, que ofrecía un calendario de salidas en aquellos pequeños autobuses de la época, los mismos que tal vez, muy pocos años antes, llevaron tropas al frente de Somosierra…, o a 52 presos a un paraje de las Bardenas llamado Valcardera, del que nunca volvieron… No eran tiempos fáciles, desde luego, el equipo era primitivo, todo era muy modesto, pero la carencia de medios se suplía con desinterés y entusiasmo. Hubo años en que el inolvidable Ángel Olorón, antes de entrar a la oficina a trabajar, se encargaba de presentar en el Gobierno Civil la lista, debidamente mecanografiada, de todos los ocupantes del autobús, más salvoconductos y permisos de frontera si la excursión era a ciertas zonas. Por entonces en los bosques del Quinto Real patrullaban los alemanes con sus perros, había batallones de prisioneros abriendo alguna carretera en el Pirineo navarro, existían controles de la Benemérita en Belate o en Eugui, y era posible tener que dar media vuelta si fallaba algún papel. O que la pareja tuviera que acompañar a todo el grupo hasta la misma cumbre que se trataba de alcanzar.

En el Navarra se han hecho planes y amistades entre socios de distinta extracción social. Se avivó la afición y la convivencia, y se originaron relaciones de amistad… y de las otras, de las que terminaban en la vicaría (entonces no había otra posibilidad). Se crearon lazos duraderos, algunos ya extintos porque el tiempo corre y se encarga de pasar lista inexorablemente, y ya aparecen muchos huecos en las prietas filas de antes.

Con el tiempo las cosas se fueron normalizando. Cesaron los controles, se ampliaron los posibles escenarios, han ido apareciendo ofertas para todos los gustos, la información disponible es enorme, hay una ambición por alcanzar nuevas metas… Así hemos llegado hasta hoy, con situaciones nuevas… y problemas nuevos. Como todo el mundo se mueve ahora en su coche, los clubes ya no son tan necesarios y hay dificultades para llenar los autobuses, la gente se disgrega y cada uno se busca la vida por su cuenta. Pero el Navarra ha seguido adelante hasta hoy mismo, superando crisis que golpearon a otros clubes, obligados algunos incluso a desaparecer. Y así continúa, con salud y ganas para festejar su cumpleaños, orgulloso de haber contribuido durante sus setenta y cinco años de vida a que el actual panorama del montañismo navarro apenas tenga nada que ver con el de aquellos modestísimos comienzos, cuando muchas actividades que hoy a los jóvenes les parecen normales antes eran de ciencia-ficción: expediciones extraeuropeas, navarros (y una navarra) que han subido a ochomiles, posibilidades de hacer actividad en los lugares más remotos del mundo... Pero también, y esto puede ser lo más importante,el Navarra es un vivero de amistades y una oferta cultural y deportiva superior a muchas que hoy se ofrecen a la juventud, realizando un continuo contacto con nuestra tierra navarra en el sentido más inmediato de la palabra.

El autor es antiguo presidente del Club Deportivo Navarra

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