Vexilofilia

Agustín Arroyo Carro - Domingo, 15 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Amor por las banderas. Parece que, de pronto, hemos descubierto lo mucho que nos gustan las banderas. Somos animales simbólicos y nos encanta lucir ideogramas, pictogramas, dibujos, lemas, logotipos, tatuajes, escudos, signos, estigmas, señales. Todo dirigido a identificarnos con alguien o con algo. Las religiones, los partidos políticos, las sectas, las casas nobiliarias, dinastías, los equipos de fútbol, las empresas, las naciones, las instituciones, las virtudes, los pecados capitales, etcétera, tienen sus propios distintivos.

Ahora, cuando, de nuevo, nos volvemos a preguntar por la esencia o realidad histórica y política de España, lo primero que sacamos, exhibimos, enarbolamos o esgrimimos es el despliegue de unas banderas. La española rojigualda de la marina de Carlos III, la tricolor republicana de la II República de 1931, la señera o la estelada catalanas, cuando no la ikurriña o la europea, si se trata de Cataluña, el País Vasco o la UE. El lenguaje multicolor de las banderas, los estandartes, los pendones, los abigarrados y profusos símbolos que nos encienden, movilizan o asustan. Hay mensajes cifrados y sintéticos tras las banderas, densos y controvertidos códigos explícitos u oscuros en su panoplia cromática e icónica. Pero hay mucho más que a veces olvidamos temerariamente, muchas muertes, fanatismo, engaño, confusión, manipulación y odio. Alguien dirá que también mucha épica, heroísmo, grandeza y patriotismo. La eterna dialéctica inacabable entre las banderas silentes y ocultas del corazón y las que tremolan y ondean en cuarteles, manifestaciones, ayuntamientos, balcones y ventanas. Este sarampión emblemático pasajero puede que dure poco, pero dejando dolientes y perdurables cicatrices.