Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

El avispero

Por Manuel Torres Mateos - Lunes, 16 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

vaya por delante que mi vocación por el nacionalismo es la misma que profeso por cualquier fe religiosa, esto es, ninguna, aunque todas ellas me parezcan igualmente respetables siempre y cuando cumplan los principios que nos hemos asignado como marco común de convivencia.

Cataluña en el punto de mira. El derecho a decidir, la secesión, la controvertida legalidad del referéndum o la DUI, monopolizan estos días el debate en la calle y en los medios, con feroces artículos donde cada autor escribe lo que sus lectores esperan leer, o tertulias televisivas y radiofónicas amenizadas como un ring, con el único propósito de vencer por KO al adversario, más que facilitar argumentos que apelen a la reflexión o al diálogo tranquilo. Amén del guirigay que se ventila en la jungla viscosa de las redes sociales.

Se supone que cualquier comunidad de ciudadanos -omito la palabra pueblo por sus complejas acepciones- reconocida bajo una serie de rasgos comunes que los identifica, ya sean étnicos, lingüísticos, culturales o históricos, debe aspirar a la prosperidad, la tolerancia o la modernidad en sintonía con el mundo. En definitiva, a un lugar físico y emocional en el que sus miembros tengan las mismas oportunidades sin miedo a privaciones, a la marginación o la pobreza y en el ámbito de la legalidad, comprometidos con las reglas de juego que aceptan cumplir.

Así la cosas, habría que empezar por admitir que el independentismo catalán convocó el pasado 1-O un referéndum atolondrado, precipitado y jurídicamente insostenible. Nadie, fuera de la burbuja secesionista, cree que la Unión Europea o actores internacionales de primera línea puedan tomarlo en serio.

Tampoco sería incierto reconocer que el derecho a decidir, tal y como se planteó ese día, era poco más que un subterfugio adolescente. El verdadero objetivo no era poder votar, sino poder articular una suerte de artefacto constituyente con el que vehicular la desconexión. La absurda sesión del Parlamento catalán que aprobó la Ley de Transitoriedad es algo que difícilmente se podrá olvidar en años venideros. Es verdad que todo esto tiene un origen: la cerril negación del gobierno central a la hora de organizar un referéndum con garantías y, antes más, la sentencia del Constitucional de 2010 sobre el Estatut, adornada con la esperpéntica recogida de firmas por parte del PP a lo largo del país, una humillación sobre buena parte del pueblo catalán que no contribuye a facilitar cualquier iniciativa de diálogo.

Abordemos la tolerancia como el factor por el que desde la discrepancia se es capaz de admitir la diferencia del otro ser

Pero este conflicto no debutó el otro día, ni el mes pasado, ni hace dos décadas. Lo decisivo es que, más allá del 1-O, tenemos un problema político enquistado que hay que abrir y resolver, donde se hace urgente la necesidad de buscar fórmulas con las que manejar la gran frustración de millones de ciudadanos, catalanes y no catalanes, damnificados por este rotundo fracaso colectivo que la clase política no ha sido capaz de disipar. Para glosar este disparate, algunas mentes preclaras sugieren echar mano de la Iglesia, a ver si los obispos nos arreglan lo que sus señorías, a las que pagamos para solventar conflictos, han sido incapaces se hacer. Es hora de discutir qué país tenemos y qué país queremos tener. El problema es que los contendientes en liza quizá no sean los más idóneos a la hora de desmadejar esta maraña.

Por un lado, el señor Rajoy, parapetado detrás de su arsenal judicial, donde todo lo que se le ocurre es desplegar una operación policial desproporcionada, mal planteada y peor gestionada, de la que todavía estará arrepintiéndose, o amenazar enarbolando el art. 155, un político que detesta la política y cuya máxima virtud ha consistido siempre en la inacción.

Por otro lado, el señor Puigdemont, un pato cojo al frente del Govern y de las fuerzas sociales independentistas, con una estrategia basada en remover el sustrato anímico y sentimental de la ciudadanía, sin ningún pudor a la hora de apelar al victimismo o a la arenga patriótica como activos para movilizar a adeptos e indecisos, junto a unos extraños compañeros de cama, tres partidos distintos y distantes en la forma de interpretar la realidad catalana, pero que por medio de la aritmética parlamentaria se aferran juntos al mástil de la estelada, como la imagen de Iwo Jima, para diseñar una Constitución ad hoc, mientras la mitad de los escaños del Parlamento catalán permanecen tan patéticamente vacíos como un puticlub en Cuaresma.

Hablemos de independencia, pero hagámoslo entendiendo que este debate, a día de hoy, no dispone de mayorías representativas ni de soluciones atrabiliarias. Si queremos enfrentarnos al problema, es inevitable la reforma constitucional del actual modelo territorial del país. Da pereza, da miedo, es compleja y está llena de amenazas, pero su actualización es vital.

La tranquilidad jurídica que ofrece el ordenamiento vigente es un mero espejismo. Puede que sirva para tapar un bache hoy, pero el problema volverá a emerger mañana. No es sostenible un sistema democrático con millones de personas que no se sienten cómodas dentro de él. Para abordarlo, el proceso debe pasar, primero, por aprobar una ley que informe objetivamente a los catalanes de las consecuencias monetarias, fiscales, políticas, económicas o sociales de una eventual secesión. Segundo, consultarles si quieren o no abrir dicho proceso exigiendo una mayoría cualificada y no el ensueño de ampararse en nimias diferencias en torno al 50%. Y tercero, acudir a los mecanismos de reforma constitucional que permitan abrir un proceso constituyente serio y audaz encaminado a resolver el problema, no para toda la eternidad, pero sí para muchos años de pacífica convivencia, bien como paisanos o como vecinos.

Con todo, presiento que igual no va a hacer falta llegar a eso, que este avispero en el que nos hemos metido va a zanjarse en cuanto algo tan prosaico como la pela comience a pesar demasiado sobre el frágil fuselaje del Procés. Los recientes síntomas vaticinan ese diagnóstico: la prima de riesgo sube, la bolsa baja, la deslocalización de bancos y grandes empresas son ya un hecho incontrovertible, por muchos pucheros que nos haga el señor Junqueras, y las cancelaciones de reservas turísticas en Cataluña han pasado de ser una amenaza a ser una nefasta realidad. Quizá la pieza que reordene este estado de cosas sea ese sujeto anónimo que aparece a última hora en todos los saraos, bien trajeado, amigo de nadie y conocido de todos: el dinero. Eso sí, el problema catalán quedará pendiente de resolverse.

Herramientas de Contenido