La pobreza energética también mata

Por Jorge San Miguel Bellod - Martes, 17 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

va pasando el otoño y con la venida de las bajas temperaturas, buscamos el cálido refugio de nuestros hogares, una ducha caliente y una buena cena escuchando los dimes y diretes de unos y otros o las últimas noticias de un mundo cada vez más incomprensible.

Entre 18,7 y 19,6ºC se sitúa la temperatura media a la que tenemos la suerte de vivir una mayoría de hogares durante el invierno en Pamplona. Es una estimación que hemos podido realizar a través de los estudios que llevamos a cabo desde hace varios años en la Escuela de Arquitectura en cientos de viviendas en nuestra ciudad.

Sin embargo, para decenas de miles de personas en Navarra -alrededor de un 8%-, y también en España, mantener ese cálido refugio, darse una ducha o tomar una comida caliente diariamente es un lujo que, se calcule como se calcule, no es posible exprimir de los 300, 500 o los 707, 6 euros mensuales (SMI 2017) con que subsisten cientos de familias en Navarra.

Vivir a 9ºC de media diariamente, poner de forma puntual la calefacción, tener que abrigarse en exceso o abandonar el hogar en busca de un lugar calefactado, recurrir a sistemas económicos y precarios como las estufas de butano, sellar las ventanas con plásticos, no ventilar por miedo a gastar o ventilar en exceso, vivir expuestos a altos niveles de humedad y hongos en las paredes, entre otros impactos detectados, no solo tienen una influencia muy negativa en la vida familiar sino sobre todo en la salud de las personas.

Según el estudio Minimum home temperature thresholds for health in Winter/Umbrales mínimos de temperatura para salud en invierno(Public Health England, 2014), llevado a cabo en Inglaterra, vivir de forma prolongada por debajo de los 18ºC tiene un impacto en la salud, especialmente en aquellas personas más vulnerables, ancianos, enfermos, niños o personas con discapacidad.

Entre muchas de las viviendas estudiadas en Pamplona nos hemos encontrado con esta realidad de cara, con la pobreza y con la incapacidad de mantener el hogar en unas condiciones mínimas para la salud, que es uno de los impactos más serios derivados de la pobreza energética. Nos hemos encontrado una realidad compleja donde se mezclan muchas causas y problemáticas asociadas con la pobreza y sobre todo con la exclusión social, pero también con fallas estructurales, políticas, sociales y edificatorias que dificultan la aplicación de una solución efectiva.

Existen muchas familias que no pueden permitirse cambiar una ventana, comprar una caldera eficiente o pagar su mantenimiento, tener un contrato energético o entenderlo, o acceder siquiera a un alquiler económico. Y no hablemos de rehabilitar su inmueble o comprar uno. Lo primero de lo que prescinden estas familias es siempre de la calefacción y la energía.

Es necesario pensar en nuevas estrategias para hacer que la rehabilitación y la rehabilitación con altos estándares sea una solución a corto plazo y efectiva en la disminución del impacto que tiene en la salud vivir en unas condiciones inadecuadas. La rehabilitación no solo supone un ahorro económico para las familias, y una disminución del impacto en el medio ambiente, sino que también y sobre todo favorece un ahorro importante en el sistema público de salud. Los ingleses lo llevan demostrando desde hace muchos años, y Europa sigue la misma senda.

Con motivo de la conmemoración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que se celebra hoy, 17 de octubre, cabe tener una mirada amplia sobre la pobreza en el mundo, pero especialmente una mirada a la pobreza cercana. Como reza el lema de este año propuesto por la plataforma pobreza cero Muévete contra la desigualdad obscena, toca llamar a la atención de cada uno de nosotros, como vecinos puerta a puerta con esta realidad, para que no seamos indiferentes ante la realidad de los que sufren a nuestro lado.

La pobreza y la exclusión social es otra frontera más que nos separa. La pobreza energética en particular, otra frontera más que mata, que no llenará las calles de nuestras ciudades de indignación y nuestros móviles de proclamas de unidad frente a este problema y que pasará, a pesar de la lucha y el esfuerzo de muchas personas, y mucho hablar lamentablemente, como cada año, con otros 7.000 fallecidos por culpa de esta lacra en España.

El autor pertenece a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra