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155 ejemplos de desconexión

Xabier Iraola Agirrezabala - Viernes, 20 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 18:07h

 Si usted está hablando conmigo más de 2 minutos y observa que desvió mi mirada hacia otro sitio o persona, le informo que su interlocutor, ósea yo, ya ha desconectado y se encuentra, por mucho que le siga mirando con una sonrisa entre bobalicona y ausente, en su planeta galleta particular cavilando sobre otros asuntos, la mayoría de las veces, bastante más triviales que las suyos.

Mi mujer se queda asombrada de la capacidad que tengo para desconectar del mundo que me rodea y quizás sea esta característica (dejo a su criterio si esta característica mía es problema o virtud) la que me permite sobrevivir en este complicado mundo que nos rodea y que nos atosiga con la avalancha de des-información mediática y tanto tuit, mensajito, guaxap y demás gilipolleces.

Pues bien, estos días ando perplejo puesto que la característica de desconectar que me atribuye mi mujer, es una característica que abunda en otras muchas personas y facetas y así, observo con preocupación la total desconexión existente entre Carles y Mariano, el primero, según mi opinión, quizás desconectado de una realidad estatal e internacional donde los sentimientos y sonrisas no son suficientes para mover el status quo, por naturaleza, temeroso ante la incertidumbre y el segundo, desconectado de la realidad socio-política del pueblo catalán harto de ninguneos, mercadeos y de la insoportable falta de respeto a la palabra dada que pretende imponer su legalidad a través del siniestro artículo 155.

Algo similar a lo que les ocurre a los anteriores, les sucede a Theresa y Jean-Claude puesto que mientras la primera pretende desconectar el Reino Unido de la Unión Europea sin reconocer que el estropicio le va a salir un pico y queriendo dar, cara a sus propias filas, muestras de una fortaleza de la que adolece, el segundo, desoyendo los numerosos problemas que tiene (refugiados, terrorismo, Brexit, crisis, relaciones comerciales con terceros países y continentes, …) se ha puesto la bandera estrellada como capa y surca los cielos comunitarios como un superman que mantiene el vuelo, eso sí, mientras quiera Angela.

Ahora bien, tampoco me tengo que escapar hasta Bruselas para detectar ejemplos de desconexión como el vivido entre el mundo rural y el urbano con motivo de las aterradoras imágenes producidas por los incendios de Galicia, Asturias y Portugal donde, los primeros, los rurales, son incapaces de sostener (verbo del que proviene el sustantivo, sostenibilidad) sus explotaciones (englobando en ellas la faceta forestal) por los bajos precios de la carne de la ganadería extensiva y por el desinterés de la sociedad en su conjunto por la madera como materia prima para la energía (biomasa), para la construcción de inmuebles y muebles, etc. mientras los segundos, los urbanos, miran con estupor el abandono creciente de los bosques en los que quiere seguir paseando, pedaleando o recogiendo setas, sin caer en la cuenta que su desinterés por la madera es el motivo principal, además de los desalmados pirómanos, de que ardan bastos territorios.

Acercándome aún más, también encuentros ejemplos de desconexión, porque tal y como me comentan mis amigos, los baserritarras, resulta bastante frecuente que las asociaciones y cooperativas (algo similar ocurrirá, digo yo, en las organizaciones agrarias) estén dirigidas por directores, gerentes o presidentes que, ungidos por la sabiduría divina y confiando única y exclusivamente en su olfato y experiencia, dirigen y gobiernan como si no hubiese nadie con los que compartir y consensuar sus decisiones. Son gente, muchos de ellos, asentados en el cargo, que se consideran poseedores de la verdad absoluta y que, por lo tanto, aduciendo estar conectados a la dura realidad del mercado, consideran a los productores, a los de abajo, como un freno en el momento de tomar decisiones rápidas y ágiles por lo que optan a jugar a ser empresario-dueño omnipotente del negocio, eso sí, sin serlo.

No es algo exclusivo de estos dirigentes asociativos puesto que también les ocurre algo similar a los miles de productores que viven a lo largo y ancho del territorio que están desconectados del mercado y de las cambiantes demandas del consumidor final, que opinan que ellos deben seguir produciendo, elaborando y comercializando como lo hacían sus antepasados independientemente de que si el consumidor ha modificado sus hábitos y gustos alimentarios o que, trabajan la tierra y gobiernan la cabaña sin caer en la cuenta que la sensibilidad y la opinión de la sociedad evoluciona a pasos agigantados y que, por lo tanto, prácticas y usos que antes eran aceptadas con naturalidad, puede que hoy no lo sean tanto.

Reiteradamente he planteado la necesidad de que los consumidores se acerquen y conecten con los productores, con su realidad y con su forma de trabajar, pero no es menos cierto que el mayor de los empeños debe provenir del propio productor y diseñar, tanto personal como colectivamente, una estrategia a medio-largo plazo que le conecte a la realidad cambiante de la sociedad en que vive.

Quizás no lleguen a captar lo que les quiero transmitir, o quizás sí. Seguramente será por defecto mío, por lo que les pido perdón anticipadamente. Espero, por otra parte, que los teóricamente afectados por mis palabras, lo capten, pero también puede ser, con un porcentaje alto de probabilidad, que este humilde juntaletras esté, nuevamente, desconectado de la realidad y de sus lectores.



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