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Música

Violonchelo caprichoso

Por Teobaldos - Sábado, 21 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

concierto de la sinfónica de navarraSolista:Pablo Fernández, violonchelo. Dirección: Andrew Gourlay. Programa: Sinfonía 31 de Mozart. Concierto para chelo y orquesta nº 1 de Haydn. Sinfonietta para orquesta de Poulenc. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 19 de octubre de 2017. Público: tres cuartos de entrada.

poderosa y enérgica fue la versión que el titular de la velada, Andrew Gourlay, hizo de la sinfonía París de Mozart. Fue el comienzo de un concierto en el que primó el buen sonido, tanto en el solista invitado, como en la orquesta. Un Mozart sonoro, no diré que romántico, pero, en momentos del primer movimiento, de calculado grosor. Y es que es una composición deseosa de brillar, y a la que hay que entrarle con plenitud sonora;por otra parte contrastada con la segunda idea de delicadeza punzante en los violines. El andante tranquilo da paso a un tercer tiempo de virtuosismo orquestal, en el que, de nuevo, primó la energía. Podría parecer una versión de diamante poco pulido, pero fue brillante. El concierto para violonchelo de Haydn fue un capricho de versión de Pablo Fernández, al que se adaptó muy bien la orquesta. El comienzo de ésta es muy delicado, de tempo asentado;la irrupción del solista acelera un poco ese tempo. El chelista madrileño busca cierta sonoridad barroca, sin demora en el arranque ni en el recorrido del arco. El sonido de su instrumento es precioso: potente, redondo y brillante a la vez;con una gran precisión en el adorno que siempre se entiende. Busca, también sonoridades nuevas, con cierto exhibicionismo, sobre todo en la dilatada cadencia, francamente personal: expectación en los silencios, sonoridad un tanto ultrasónica en algún momento;colorido metálico en los graves, y connivencia con el chelo primero de la orquesta, a quien cede la conclusión. En el adagio resulta muy bella la dosificación, del nada al todo, que hace de la entrada horizontal sobre la orquesta, que está en otra cosa. Qué bella es esa superposición. La cadencia de este segundo tiempo me resultó algo demorada. El último movimiento es un alarde de virtuosismo, también en la orquesta, que responde estupendamente al reto de la velocidad impuesta. Todo resulta fulgurante, pero diáfano y sin trampas. Es una versión bastante distinta de este famoso concierto. Podrá gustar más o menos, pero el solista quiere conquistar a un público más acostumbrado al pop. Y efectivamente, fue vitoreado por el sector más joven de la sala. De propina dio la zarabanda de la tercera suite de Bach: a mi juicio, su, también, personalísima visión, trastocaba un tanto la perfecta matemática bachiana.

Insisto en que, el sonido de nuestra orquesta, que siempre fue el apropiado, en Poulenc llegó a cotas altísimas de equilibrio, variedad, colorido, resolución de las intervenciones solistas, sentido del humor, y lectura impecable de una obra que no se programa mucho, y que, sin embargo, tal como se interpretó, inspira una natural simpatía. No es espectacular, tampoco se la recuerda por famosos temas, pero tiene sus sorpresas tímbricas, dentro de un fluir que la orquesta siempre llenó de música. Cálidos y densos los violines -y la cuerda en general- en al andante cantábile. Buena versión del jamaicano Gourlay, de movimiento vitalista y contagioso.

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