la carta del día

Suspenso al arte en septiembre

Por Javier Quintano Ibarrondo - Sábado, 21 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

a finales de septiembre me llamó la atención una Carta del día publicada en este mismo espacio de los lectores. En ella el comunicante nos hablaba de arte, del público del arte, de la provocación y la exageración como caldo de cultivo, de la ansiedad del artista, de la falta de una crítica de arte seria, analítica y valiente (esta acusación se podía volver agresiva hasta contra su propio escrito). Insistía en la extravagancia del artista frente a la exigencia del público de arte contemporáneo, del empeño del artista por mirarse el ombligo (¿o el muñón de una oreja cortada?), por despreciar e ignorar al público. Para nuestra tranquilidad, acababa poniendo en claro la causa del grave problema: los organismos oficiales respaldan a estos artistas.

Frente a esta realidad sombría y hasta lúgubre, frente a este escaparate casi esperpéntico, frente a este suspenso al arte en septiembre, ya estaban en funcionamiento nuevas experiencias alternativas que estaban dando buenos resultados, y que el comunicante nos recordaba con gran satisfacción: el modelo que triunfaba y que se iba a mantener vivo era ni más ni menos que el espacio o centro de múltiples actividades que atraen a múltiples y pequeños públicos diferentes. Valorando muy positivamente las sinergias que se originan en estos ámbitos, complementaba su visión abriéndose a la oportunidad y a la regularización de residencias de artistas con talleres equipados. Esta reorganización de la actividad artística no ocultaba que una de sus prioridades era “la consideración hacia el artista local”. Punto interesante a destacar, como también lo es el hecho de facilitar las exposiciones de su trabajo. Natxo Barberena defendía en su escrito “el encuentro entre artistas, el intercambio con otros centros, el acercamiento del público. Un lugar de enriquecimiento continuo, porque continuamente pasan cosas interesantes. Porque el público se crea y se hace grande por contagio”. A estos amables planteamientos me gustaría añadir una consideración que me parece básica. El artista es alguien que elige para su vida una escala de valores que es distinta a la del resto de personas. En dicha escala están, entre otros, la espiritualidad, está la belleza, está la armonía con la naturaleza. Hay que tener una gran fuerza y una gran vocación para elegirlos, y otra aún mayor para vivirlos. Hay que mostrar al público la intensidad y el talento con que se es capaz de plasmarlos a través de las obras… El artista sale al mundo, adquiere su formación con unos maestros en universidades, academias o talleres, aprende de todas esas piezas artísticas -de artistas ya fallecidos- que siguen su camino con vida propia en museos, exposiciones, casas de subastas, fondos de marchantes, herencias familiares. Pretende pasar a ser un eslabón más en la evolución de su arte elegido… Y, siempre, es artista de su época. La nuestra es una época -se nos ha repetido tantas veces- en la que de una evolución del hombre dictada por la naturaleza y el medio hemos pasado a una evolución de la naturaleza y el medio dictada por el hombre. Y esto, que no es poco, trasciende ¡cómo no iba a ser!, al mundo del arte. Por eso soy un admirador entusiasta del arte contemporáneo en su globalidad, como no podía ser de otra manera. Por eso me causan enorme respeto sus artistas.