A SUS 76 AÑOS, ENTRE MIAMI Y TAFALLA

The Zaras. Historia de un éxito desconocido

Oriundos de Tafalla, el grupo de los hermanos Zaratiegui triunfó en los años 50 en Francia, actuando con Aznavour
o Hallyday, en los 60 en Alemania y en los 70 en Las Vegas.

Un reportaje de Fernando F. Garayoa | Fotografía Patxi Cascante - Domingo, 22 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Marino Zara, en la fuente de la plaza consistorial de Tafalla.

Marino Zara, en la fuente de la plaza consistorial de Tafalla. (PATXI CASCANTE)

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Marino Zara, en la fuente de la plaza consistorial de Tafalla.

Marino Zaratiegui Gambarte atesora actualmente 76 años, vive a caballo, principalmente, entre Miami y Tafalla, su localidad natal. Su historia, y la de sus hermanos, es una de esas aventuras que pasaron casi desapercibidas en la tierra que les vio nacer aunque allá por los años 50, 60 y 70 alcanzaron un éxito más que notable, primero en Francia, luego en Alemania y posteriormente, tras saltar el charco, en Puerto Rico, Bahamas y Estados Unidos, especialmente en Las Vegas, donde lograron un contrato de 5 años en uno de los principales hoteles, el Sahara. Tras la disolución del grupo, en 1976, Marino continuó vinculado a la música, ejerciendo de mánager de artistas como Natalie Cole (a la que financió su primer disco) o Peter, Paul &Mary.

Sentado en la plaza consistorial de Tafalla, Marino da rienda suelta a una historia increíble, haciendo gala de una exquisita memoria y mostrando ese brillo en los ojos que solo tienen los que han saboreado a manos abiertas aquello que la mayoría del mundo solo sueña o apenas roza con la yema de los dedos.

“Éramos tres hermanos y dos hermanas: Paquita (1942), Jesús (1944, ya fallecido), Vicente, al que llamábamos Totó (1946), Inocencia, al que le cambiamos el nombre por Anita (1948, ya fallecida);y yo, que era el mayor Marino nació en 1941). A la edad de cuatro años, nuestro padre, Vicente, músico aficionado (Los Macanudos), empezó a enseñarnos música hasta que en el año 1950 murió mi madre y, sentimentalmente herido, nos llevó vivir a Estella y abrió un bar. Allí quiso enseñarnos música con más disciplina, y es que él tenía mucha visión, algo que yo no entendía entonces. Teníamos maestros de música que venían a casa por la mañana, y por la tarde maestros de escuela. Después fuimos a estudiar a Pamplona e, incluso, recuerdo a mi padre llevándome a Zaragoza para tomar una clase de una hora de guitarra;aquello era una odisea porque se tardaba cinco horas desde Tafalla”. Una visión la de este padre de familia absolutamente increíble, sobre todo en los años 60, en los que España se sostenía con una economía todavía casi de supervivencia. “Todos los hermanos aprendimos guitarra, piano y acordeón”, apuna Marino.

El primer espectáculo“En Pamplona, hacia el año 51, montamos un espectáculo en el que tomábamos parte solo tres hermanos, tocando el piano a seis manos, o tres guitarras, con sombreros mexicanos para cantar rancheras o trajes regionales aragoneses para cantar jotas... Y es que mi padre nos quería llevar a París porque estaba seguro de que allí seríamos una sensación y, ademas, podríamos continuar nuestra formación”. Ni corto ni perezoso, cogió a los tres hijos mayores, en 1952 y viajo a la capital francesa, “con maletas, de tren en tren, cuando yo contaba once años. Pero antes de ir a París ya hacíamos veladas por todo Navarra con mucho éxito, tocando tangos, rancheras, acompañando a un artista que se llamaba a Juanito Navarro y a las hermanas Flamarique, que eran primas de mi padre”.

Ya en París, donde vivieron hasta 1960, Marino recuerda que “al principio nos fue regular, porque mi padre no sabía que había leyes que impedían a los menores actuar en determinados lugares, así que lo primero que hicimos eran fiestas infantiles, pero, en el proceso ganarnos la vida y seguir aprendiendo, también actuábamos en asilos o en festivales benéficos. Así conseguimos también que la gente nos viera, salimos en televisión y varios artistas comenzaron a llevarnos de gira con ellos, como Gilbert Becaud, Charles Aznavour o Yves Montand. Entonces tocábamos cuatro acordeones o cuatro guitarras (la pequeña no actuaba todavía), con canciones como el tango Caminito o el Adiós muchachos. Para entonces, mi hermana Paquita se había convertido en una virtuosa del acordeón... y claro, a mi padre le dijeron que la mejor escuela de acordeón estaba en Milán, y para allí que nos fuimos una temporada, en el año 1955, ciudad en la que todos aprendimos, además, composición y armonía”, rememora Marino, a la par que relata que su padre nunca aprendió francés, alemán, italiano o inglés, “pero desde mediados de los 50 consiguió que nos contrataran espectáculos en la Cosa Azul con gente como Petula Clark o Johnny Hallyday. De hecho, recuerdo que en el año 57 nosotros viajábamos en coche y él en una Lambretta, con la guitarra a cuestas, y no sé qué sucedió pero lo tuvimos que llevar con nosotros”. Era el año en el que Hallyday triunfaba con Souvenir, souvenir.Todavía con base en París, la familia viajó de nuevo, esta vez a Utrera, “porque teníamos que aprender a bailar y tocar flamenco;lo curioso es que yo allí también aprendí inglés con una profesora particular”, explica Marino.

Musicalmente, el grupo también evoluciona en esta década, pasando de los acordeones a la guitarra eléctrica con el calor del nacimiento del rock. “En el 58 ya habíamos cambiado completamente, haciendo rock americano: mi hermana Paquita pasó a tocar el órgano, Jesús pasó a tocar la batería, Totó pasó a ser la guitarra principal y yo, como era el más viejo, me quedé como segunda guitarra y mánager del grupo. Posteriormente, Anita se haría cargo del bajo”. Este cambio de estilo también supuso que el grupo de hermanos pasara a ser contratado en las bases americanas, tanto en Francia como en Alemania. “Durante tres o cuatro años cantábamos canciones que no sabíamos lo que decían, las aprendíamos fonéticamente, ¡y los americanos nos aplaudían! ”.

A raíz de ese éxito por las bases americanas en Francia, The Zaras logró en 1960 un contrato en Alemania, también en los cuarteles americanos. “Había más de 150 bases y todas tenía sus clubes, con 200.000 jóvenes americanos con mucha nostalgia de su tierra. Eso facilitaba el éxito, pero también los popurrís que hacíamos, en los que arrancábamos con el himno de la Marina, el de la Armada y luego hacíamos los éxitos del momento, ¡hasta completar conciertos de tres y cuatro horas!”.

instrumentos para los PekenikesYa instalados en Alemania, explica Marino, “mi padre empezó a comprarnos, a crédito, equipo buenísimo: teníamos un bajo Höfner, guitarras Fender... En 1968 nos salió un contrato de un mes en la base de Torrejón de Ardoz y después en la de Zaragoza. Viajes que mi padre aprovechó para vender nuestros equipos en España y volver a Alemania con dinero para comprar nuevos instrumentos. De hecho, recuerdo que la primera vez que vendió nuestro equipo en España fue a un grupo que se llamaba Los Pekenikes”.

Los 60 eran años, recuerda Zara, “en los que el rock todavía no molestaba, para nosotros era todo good time, además de fácil de asimilar y de interpretar, ya no solo copiábamos sino que hacíamos nuestras versiones, y empezamos a crear lo que se dice un espectáculo. Y, con todo eso, empezaron a pagarnos muy bien: haciendo incluso dos espectáculos por noche. Por otra parte, en 1968 nos dimos cuenta de que necesitábamos una voz femenina potente, ya que mis hermanas solo hacían coros, y tuvimos la suerte de que una chica inglesa, Julie Grant, quisiera unirse ¡a un grupo de hermanos de Tafalla! La conexión fue increíble y eso ya nos permitió, por decirlo de alguna forma, tocar canciones serias”. A todo esto, “a mediados de los 60, mi padre ya se volvió a Tafalla, aunque regularmente nos venía ver y así controlar que todo iba bien. Antes de eso, en 1963, quiso presentar a sus hijos en la ciudad del Cidacos, y actuamos en el Teatro Gorriti, en el que cabían 1.000 personas”.

el salto a Estados UnidosEn 1969, “tras tres años de papeleos, conseguimos viajar a Estados Unidos con un contrato que nos había conseguido, tres años antes, el sargento de una base americana. Pero llegamos a Nueva York y nos enteramos de que el contrato, que era en Ohio, no existía porque el teatro había cerrado sus puertas un año antes y nadie nos había avisado. Así que nos encontramos en Nueva York, en el actual Sheraton, sin trabajo... Busqué al encargado de la sala de fiestas del hotel, hicimos una audición, les gustó, y nos ofrecieron una gira por sus hoteles de Bahamas, Puerto Rico y Miami”. Tras no pocos problemas de visados, The Zaras consiguió realizar la gira, con tanto éxito que repitieron de nuevo en los mismos países. “Un éxito que provocó también que una disquera argentina, Parnaso, nos grabara y editara tres discos, con canciones originales de productores como César Gentili, que fue el director musical de Raphael”.

Unos discos que no llevaron al directo, aunque sí a las televisiones y radios, porque “la realidad era que ganábamos mucho dinero en los hoteles americanos. Y, ademas, a finales del 69 nos ofrecieron un contrato de cinco años en Las Vegas, en el hotel Sahara. Para nosotros aquello fue increíble, porque significaba 5.000 dólares a la semana, subiendo 500 cada año;el último año lo terminamos a 7.500 a la semana. No quiero presumir de ello pero piensa que en Alemania ganábamos 1.600 dólares al mes, y estaba muy bien.... En el año 76, al terminar el contrato en Las Vegas, se disolvió el grupo y para esa fecha habíamos ingresado más de un millón de dólares (de aquella época). Eso sí, el 15% de todo eso era para mi padre”.

Y de esta forma tocó a su fin la historia de The Zaras, grupo de hermanos navarros que conquistaron Las Vegas haciendo rock and roll. Eso sí, Totó, siguió por el camino de la música, pero con otro estilo, “más de fusión caribeña”. Paquita hizo carrera en el mundo de la moda, Anita se quedó en Las Vegas, igual que Jesús, mientras inició una prometedora carrera como mánager de artistas y, posteriormente, en el negocio de la moda.

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