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Republicanismo

Calidad democrática

Por Santiago Cervera - Domingo, 22 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Una nación se define, entre otras cosas, a través de uno de sus atributos esenciales, que es la soberanía. Consiste en la capacidad para tomar decisiones propias, y en todo lo que afecte a la colectividad que la constituye. Desde esa perspectiva, la nación moderna no puede entenderse como una realidad inmutable o perenne. España ha perdido, por ejemplo, su soberanía para emitir moneda, lo que hace siglos constituía la característica más esencial de los reinos independientes. Ni siquiera es soberana en materia de fronteras, que han caído, y no sólo las de los pasos aduaneros sino también las del espacio aéreo o las comerciales, por poner sólo dos ejemplos. Las decisiones de adoptar el euro, integrarnos en Eurocontrol o acatar las normas de la OMC nunca se sometieron a refrendo popular, y algunas pasaron sólo por la aprobación de un tratado internacional. Aunque eran cuestiones que afectaban a la medular de una nación, tal como se ha entendido tradicionalmente, se acomodaron al interés del progreso y la prosperidad. Lo contrario hubiera sido incurrir en la autarquía, sinónimo de pobreza e irrelevancia. Se hizo sin más, algo que siglos atrás hubiera supuesto guerras y reconfiguración de mapas.

Desde esa perspectiva, no soy de los que dogmatizan el concepto de unidad nacional, ni creo que deba fundarse exclusivamente en razones de vinculación histórica. Los espacios y las estructuras políticas mutan, son siempre perfectibles. Hay liberales que defienden que no es aceptable imponer a nadie la pertenencia a una determinada organización del gobierno y la soberanía, y que si una suma de voluntades libremente expresadas decide crear un espacio distinto, ha de respetarse. Pero aun en carencia de dogmatismos, me parece una aberración la posible independencia de Cataluña. Sin duda, lo sería para los propios catalanes, que aunque algunos no se hayan dado cuenta todavía no tienen la más mínima capacidad para valerse por sí mismos en el espacio internacional, ni económica ni políticamente. Pero sobre todo, porque estarían a merced de una clase política deplorable, corrupta, corruptora e intervencionista como no se ha conocido otra. El modo con el que se ha dirigido la fase última el procés muestra que el daño que harían los actuales líderes catalanes -herederos de tantos otros- a su propia sociedad sería inmenso caso de poder actuar fuera de todo control. Estos independentistas caixa o faixa han optado por una voladura institucional que empezó en el propio Parlament, y por quebrar la ley, incluso la propia, en lugar de intentar su transformación. Hay leyes excesivas, leyes inadecuadas, sobre todo leyes innecesarias. Pero el núcleo fundamental de la ley es precisamente lo que defiende al más débil de la sociedad, lo que garantiza un espacio común de libertad -opinión, propiedad, tránsito- que a su vez permite la democracia. Actuar como si la ley no existiera, como si fuera sustituible por soflamas, es propio de golpistas. Una aspiración nacional no se puede defender a costa de una fractura social, y eso es lo que de manera patente ha acabado ocurriendo en Cataluña. Porque en lugar de acopiar razones y amalgamar voluntades en torno a ellas, en lugar de mostrar una actitud de esencial respeto democrático, los independentistas catalanes han optado por pervertir algo tan básico como las mínimas reglas de la organización común, en la que las leyes son los engranajes imprescindible.

Ahora se habla de diálogo. Como si fuera no tanto ingrediente, sino sustituto de las reglas democráticas. En realidad, diálogo hay todos los días, y bien a la vista. Rajoy manda una carta a Puigdemont, y éste le contesta, y ambas aparecen en los teletipos antes que en el despacho del destinatario. Hay declaraciones por doquier. Claro que se dialoga aunque no sea en la intimidad de un sofá frente a una chimenea, como parece idealizarse. Pero a pesar de que no se habla más que de esto, el problema sigue ahí y cada vez con peor aspecto. Hay quien afirma que igual que si se tratara de una enfermedad crónica, lo mejor es aceptar que no tiene cura y aprender a vivir así. Creo, no obstante, que hay otras posibilidades. Nuestra democracia, aunque lo sea, es de una paupérrima calidad, y no sólo por lo que respecta a la organización política del Estado. O se reforma a fondo, o estamos condenados a fracasar permanentemente, como ahora se ha visto.

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