Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

El abrazo libérrimo de Irazoki

El escritor navarro afincado en París da a luz un nuevo retoño literario, ‘Ciento noventa espejos’

Fernando F. Garayoa Patxi Cascante - Miércoles, 25 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Francisco Javier Irazoki, ayer en la librería Auzolan de Pamplona, esa pequeña ‘aldea’ que resiste como baluarte cultural de la vieja Iruña.

Francisco Javier Irazoki, ayer en la librería Auzolan de Pamplona, esa pequeña ‘aldea’ que resiste como baluarte cultural de la vieja Iruña.

Galería Noticia

  • Francisco Javier Irazoki, ayer en la librería Auzolan de Pamplona, esa pequeña ‘aldea’ que resiste como baluarte cultural de la vieja Iruña.

pamplona- Esta es la historia de una charla que termina en abrazo. Un abrazo sincero, fuerte, con ganas, mantenido en el tiempo... Y como decía nuestra añorada Arnotegi (esta casa siempre estará un poco vacía sin ella), “eso es bien”.

Francisco Javier Irazoki, a sus 63 años, vestía de largo ayer su nuevo libro, Ciento noventa espejos,editado por Hiperión, y lo hacía con esa luz que pocos ojos desprenden;si estuviéramos en Mordor, su sola presencia abatiría al más oscuro de los señores;y a buen seguro que su alma libre quizá solo pese 21 gramos, pero de felicidad.“Es difícil poner una etiqueta de género literario a este libro. Lo que sí puedo decir es que surge de manera natural. Simplemente yo busco un espacio literario que me haga expresarme lo más libremente posible. No le pongo el vallado de un género: poesía, prosa... Sencillamente busco expresar las pequeñas cosas que llevo dentro de la manera más libre posible. Por lo tanto, no sé exactamente qué es el libro, pero sí puedo decirte que cada texto tiene 190 palabras, ni 189 ni 191;y el libro, al margen del prólogo, tiene 95 textos, con sus respectivos espejos,es decir, 190 de nuevo. Así, nos encontramos con un conjunto de espejos, que lo conforma cada palabra que me refleja en el conjuntos de textos, y un espejo mayor, porque cada texto ocupa dos páginas”.

Un número, 190, al que no hay que buscarle demasiadas vueltas: ni nace de Pi, ni se integra en la sucesión de Fibonacci, ni da forma a la proporción áurea. “No hay ningún misterio, simplemente quería probar qué pasaba conmigo cuando me ponía un límite formal: si disminuía mi libertad o no. Y me di cuenta de que no. Por eso hablo de que son una especie de sonetos en prosa: tienes un pensamiento, una experiencia, algo que te ha ocurrió o que has observado y lo metes en esa caja formal. Hasta el punto de que terminas pensando de esa manera para este proyecto”.

Libertad Una contradicción entre maneras de afrontar de libertad de la que Irazoki cae estrepitosamente de pie dando razón a su búsqueda. “Quería saber qué pasa con la libertad, con esa libertad que yo busco... ¿Por qué la libertad? Porque no quiero aburrirme. Siempre busco conocerme, en diferentes facetas y relaciones. Y con la literatura me sucede lo mismo: no quiero una rebeldía cómoda. Intento conocerme con límites que me permitan ser yo mismo”. Siguiendo con el hilo que marca el binomio libertad y literatura, el escritor navarro especifica: “Yo había conseguido cierto dominio de lo que llamo la poesía en prosa, que estaba reflejado en Los hombres intermitentesy en Orquesta de desaparecidos;y sabía que estas obras las iba a completar con un tercer conjunto, pero antes quería probar cosas diferentes. Y este proyecto surgió así: un día escribí un texto que tenía 190 palabras, y continué...”.

Esa continuación todavía da más pie a la continua reflexión que el ser humano hace sobre la libertad, incluso llegando a la afirmación de que solo se es verdaderamente libre cuando no se tiene nada que perder. “Es cierto eso. Lo que sucede es que yo he tenido tan buena suerte, con dolores y con gozos, como todo el mundo, que lo que estoy viviendo es un regalo. No tengo nada que perder porque ya lo he tenido todo. Mis ojos han agradecido todo, y ahí me siento totalmente libre. Desde los doce años todo ha sido para mí un regalo permanente, simplemente tienes que acomodar tu mirada, ya que, a veces, es un poco injusta y eso nos trastorna y nos deja en un rincón de dolor del que no salimos. Un rincón del que yo salí gracias a la gratitud, me di cuenta de que delante de mí había milagros que yo pisaba”.

Los relatos A lo largo del libro, Irazoki, dejando completamente de lado la ficción, se recrea en una serie de relatos autobiográficos que da buena cuenta de lo que puede ser su vida diaria en París, pero siempre con la impronta que ha dejado esta tierra en su ser. “En los relatos hay encuentros con personas, muchos placeres musicales, reflexiones, a veces políticas... Todo lo que nutre la escritura de cualquier persona... Y aprendizajes, cosas que me han enseñado, episodios que me han enseñado, personas que me han guiado, también situaciones duras...”.

En este momento, Francisco Javier Irazoki hace un silencio para leer parte de uno de lo relatos, un texto en el que convierte una de sus estancias en el hospital en un ejercicio de generosidad y optimismo que casi hace aflorar las lágrimas.“No solo se aprende de la experiencia amorosa. ¿Dónde está el conocimiento? También puede estar en una visita dramática al hospital, como paciente o como alguien que acompaña a un ser querido...” Y de nuevo la emoción provoca el silencio del autor, que se ve obligado a callar.

Tiempos convulsos y abrazoCiento noventa espejos también atesora “pequeñas huellas” de los tiempos convulsos que vivimos: “No puedo estar fuera de todo eso, me parecería muy tosco. No sé ahora qué hay en ese sentido, pero cada uno en su lugar lo vive”. Y así, como un suspiro, toca a su fin la conversación, con un “vamos a darnos un abrazo”.

Herramientas de Contenido