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El tripartito opositor, cuestión de distancias

La trinca UPN-PP-PSN intenta imponer por el artículo 24, el número de parlamentarios que aglutina, su mirada espeluznante de la gestión gubernamental. La entente de hoy masacra las expectativas socialistas

Un análisis de Víctor Goñi - Viernes, 27 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La rectora socialista realiza una medición ante Esparza.

La rectora socialista realiza una medición ante Esparza. (Oskar Montero)

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  • La rectora socialista realiza una medición ante Esparza.
  • A la izquierda, Beltrán toma irónicamente medidas ante Chivite;a la derecha, la rectora socialista realiza asimismo una medición ante Esparza.

tripartito frente -literalmente- a cuatripartito. Las cuatro siglas que hoy sustentan al Gobierno foral, procurando difuminar sus evidentes diferencias en pos de la Navarra plural y cohesionada en observancia de un programa común, ante el trío del catastrofismo compartido, más unido que nunca con motivo del Debate sobre el estado de la Comunidad en la propalación de calamidades sin concesión a demasiados matices y por el artículo 24. Es decir, por la acumulación de los veinticuatro parlamentarios que UPN, PP y PSN siguen manteniendo dos años después en la trinchera del no, aunque fuera de ella la vida cotidiana discurra bajo parámetros de normalidad.

El tripartito opositor, en el sentido de oposición parlamentaria, aparenta paradójicamente más adherencia que los socios del Gobierno, que no del Ejecutivo mismo bajo la batuta incontestable de Barkos. Las distancias entre regionalistas, populares y socialistas resultan por lo general inapreciables y no sólo en el contenido sino también en el tono, mayormente crispado. Esa asimilación se antoja particularmente nociva para el PSN, ya que además de licuar su discurso propio lo ensarta en la pauta radical que marca con sus dos exiguos parlamentarios el PP, que su vez tira de UPN y el regionalismo del socialismo. Una dinámica notoriamente perversa, como lo acredita el debate artificioso sobre la eventual aplicación en Navarra del artículo 155 de la Constitución agitado por el PP y que UPN incorpora a la agenda como si aquí se hubiera activado un proceso constituyente y en consecuencia cupiera la suspensión de la autonomía a medio plazo.

Porque el aglutinante de la tríada es evitar la desaparición de Navarra, pero será de la Comunidad que el binomio UPN-PP gobernante durante casi dos décadas continuadas -con el auxilio presupuestario del PSN- edificó justo en base a la política del ladrillo, el clientelismo, el anquilosamiento de los servicios sociales y la exclusión del vector vasquista, no confundir con soberanista y menos con independentista. Pues si Navarra ha estado en riesgo en algún momento lo fue de colapso financiero, por el acopio de deuda pública merced a un dispendio geométrico mientras al Estado se le pagaba al menos un centenar de millones de euros al año más de lo debido, como lo acredita la avanzada negociación del Convenio Económico cimentada en la horquilla propuesta ahora desde la Hacienda Foral.

Una herencia envenenada que determinó el primer debate sobre el Estado de la Comunidad de la legislatura, el año pasado, y que la ecuación UPN-PP más PSN pretendió sustituir en su segunda edición por un fatalismo que de puro exagerado se torna inverosímil. Cuando claro que cabe enfatizar los disensos de los socios gubernamentales con el TAV o el Canal, o con algún extremo de la política lingüística o fiscal, o con la frustrada Ley de Policías, por citar varios ejemplos. Pero la crítica cincelada con titulares de trazo grueso en lugar de con argumentos de fuste deviene en ineficaz y además solidifica a los censurados.

derecha en conjunciónEl equilibrio contable, la recuperación económica y el refuerzo del autogobierno no admiten hasta la fecha enmienda rubricada con datos, por mucho que las políticas concretas del Ejecutivo de Barkos y los ritmos de mejora puedan obviamente refutarse. Así que, sin horizonte de apocalipsis económico en el próximo bienio, la derecha conjunta continuará aferrada al discurso del pavor identitario y a la utilización de los símbolos de la colectividad como arma arrojadiza a modo de elementos catalizadores de sus expectativas electorales.

La incógnita la encarna el PSN. Porque el tripartito opositor, en la acepción de opositante siquiera a progresar en escaños, debiera marcar perfiles propios entre sí. Desvanecidos los límites entre UPN y PP, como refundadores de una sociedad inquebrantable a pesar de la como mínimo financiación irregular del segundo, al socialismo navarro se le agota el tiempo para siquiera visualizar una teórica apuesta pragmática por materializar en dos años la alianza que pudo ser en 2007 pero que el PSOE prohibió. Desde luego, un futuro Ejecutivo auspiciado por el PSN, Geroa Bai y las izquierdas de Podemos más I-E necesita, además de un parlamentario más de los 25 vigentes, de un contexto de empatía hasta ayer inexistente, al margen de las concomitancias específicas en el ámbito de ciertas políticas sociales.

Un desmarque de UPN-PP imperioso para el PSN, cuyo veto a EH Bildu se topa sin embargo con otra realidad categórica: la fidelidad de la izquierda abertzale a la presidencia del cambio. La política navarra reducida a una mera cuestión de distancias.

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