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Republicanismo

Marcando diferencias

Por Santiago Cervera - Domingo, 29 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Será difícil que el Gobierno de Navarra termine legislatura completando las 50 medidas que su presidenta anunciaba esta semana en el Parlamento. Leyendo la lista se comprueba que gobierne quien gobierne hay algo que aquí apenas cambia, como es que en toda acción del ejecutivo se entreveran las cuestiones de índole política con otras de carácter más técnico. La administración foral es una organización habituada a mantener su propia inercia de funcionamiento, y no hay año en el que falten unos cuantos proyectos importantes que echarse al papel. Pero en propiedad, que la presidenta haya hecho acopio de esos 50 objetivos -entre ellos, 7 leyes y otros tantos planes directores- es la patente constatación de que el cambio no ha devenido en cataclismo, como algunos aventuraban. Ni tenía por qué. Incluso hay novedades que seguro agradecen hasta los que no votaron a ninguno de los del cuatripartito. Navarra parece más centrada en sí misma que en intentar justificarse comparativamente con lo que hacen en otros lares, y el ombligómetro ha dejado de ser la medida de toda acción gubernamental. Por fin dejamos de escuchar aquello de que somos la primera comunidad en tal o cual asunto, o los que más dinero gastamos a cualquier acción pública. Es un alivio. Esos eran argumentos referenciales que, generalmente por incomprobables, resultaban los más apropiados para cortejar a ciudadanos acríticos y consolidar la mediocridad. Otra cosa es establecer retos colectivos dignos de tal nombre. Que haya un hacendada agenda política centrada en lo propio y que Barkos la transparente al Parlamento permite pensar que, en efecto, no nos gobiernan navarros renegados. Probablemente lo que más ha ganado la sociedad navarra en este tiempo es comprobar que la alternancia política es factible, tenga los ingredientes que tenga, y que disponer de posibilidades de elección diferentes sólo puede redundar en una mayor capacidad de optar con libertad y responsabilidad. Deportados los miedos y los atavismos, ahora se podrá abrir paso una medida más justa de las capacidades políticas de unos y otros, y eso debería ser tomado como un acicate tanto por los que gobiernan como por los que ejercen la oposición. De lo cual, ciertamente, algunos maniqueos aún no se acaba de enterar.

El año que viene por estas fechas los partidos estarán diseñando listas y la parte magra de la legislatura habrá vencido. El Debate del Estado de la Comunidad de esta semana ha sido, sobre todo, el que permite valorar si existe o no un determinado rumbo y a qué puerto se arribará. La conclusión obvia es que el cuatripartito tocará el final de su actual mandato sin apenas fracturas, por más que siempre haya sitio para la significación de sus partes a cuenta de asuntos tan esencialmente clientelares como son la subida de sueldo a los funcionarios o la ley de policías. Poco más, otro desmentido para los agoreros. Como odiosa comparación sirva decir que en la pasada legislatura, a pesar de que quienes manejaban fogones en UPN y el PSN llevaban lustros trabajando en favor de una perfecta confluencia de intereses en forma de gobierno de coalición, apenas aguantaron un año en tal fórmula, tal era la grima personal que se instaló en la mesa del Consejo de Gobierno. Y, en cambio, estos que son cuatro van a cerrar su primer ciclo sin apenas puñaladas. Sabiendo que la hacienda pública sigue estando al límite de sus posibilidades y que cierta izquierda sigue creyendo que la única manera de gobernar es gastar, la cosa tiene más mérito. Mérito atribuible, sin duda, a una vicepresidencia de Desarrollo Económico que muestra mucha más solvencia que la que se vio en todos esos años en los que la chulería de Miranda y los agobios de Goicoechea acabaron alumbrando la foto aquella de Botín y Barcina satisfechos ambos por poder suscribir nuevos créditos bancarios.

Y hablando de fotos, no menos agradecible es que la presidenta Barkos haya roto con la posmoderna costumbre de que todo gobernante tenga que estar en un permanente teatrillo de vanidades, ofreciendo su gentil presencia en cualquier acto a la vista de las cámaras. Se acabó el postureo, igual que escuchar una banalidad tras otra dichas en cada esquina leyendo un papelito. Volver a hacer del liderazgo político una cuestión de respeto institucional hacia uno mismo, qué necesario era.

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