Silbidos

El juego noble

Por Manuel Osorio - Miércoles, 1 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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el fútbol es un juego muy físico, de contacto, los jugadores tienen la posibilidad de chocar y cargar sobre sus adversarios sin que por ello se les sancione con infracción alguna, pero evidentemente este despliegue de fuerza física debe someterse a unos límites.

Tradicionalmente se ha puesto como ejemplo de fútbol físico el que se jugaba en la Islas Británicas y más próximamente lo que se conocía como fútbol norteño, practicado muy a menudo en campos embarrados con constantes entradas, caídas y disputas aéreas del balón pero que curiosamente causaba escasas incidencias y lesiones. Los árbitros podían dejar jugar dando fluidez al partido porque tanto los jugadores como el público entendían y aceptaban ese tipo de juego.

Es evidente que lo que diferencia el fútbol noble del que no lo es no es nunca la fuerza empleada sino la intención con que se emplea y que, como tantas veces en nuestro juego, el árbitro debe saber valorar aunque no resulte fácil.

Cuando la mala intención de un jugador enseña su cara más fea es en el uso de los codos al disputar el balón en salto, resulta inevitable que los jugadores accionen sus brazos para impulsarse en el aire porque sería antinatural que adoptasen la posición de un madelman, pero existe una secuencia que habitualmente precede a la agresión cuando el jugador fija con una mirada de reojo a su adversario y aprovecha el salto para impulsar el codo contra su cara, esto es una agresión en toda regla que debe ser cortada con una expulsión inmediata.

El codazo alevoso causa un grave daño al adversario y al fútbol en general y no tiene justificación posible sea cual sea el color de la camiseta del infractor.

Compañeros, público, prensa e incluso las asociaciones de jugadores tienen mucho que decir al respecto. En mi opinión este tipo de situaciones deberían ser muy duramente sancionadas aunque el árbitro en el campo no haya podido apreciarlas. Una fuerte sanción económica y en partidos haría que los jugadores se lo pensaran muy bien antes de cometer semejante vileza.

El autor es del Comité Navarro de Árbitros.