Animales que van y vienen

Por Rebeca Viguri - Miércoles, 1 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Ya han entrado en la política, o, al menos, en el electoralismo de suma, calcula, incluso a veces recula, y, si conviene, se incluye. Los animales, digo. Antes no importaban o muy poco, la prueba es que apenas estaban en el debate público, pero ahora los traen y los llevan detractores y defensores de diferentes causas. ¿Por qué? Porque parece que son una enseña más, una bandera más de una u otra opción política. Si se ha trajinado políticamente con el sufrimiento humano, como para que no suceda con el animal. Hasta ahora no se hacía porque era como si los animales no existieran para el gran público, para la masa crítica de votantes. Se orillaban a personas especialmente involucradas, pero apenas tenían peso mediático. En los dos últimos años se lee, se escucha, se escribe y se vocifera sobre los animales por doquier y, tristemente, no porque nos importen más (a una minoría sí y muchísimo), sino porque ahora también se hace política con ellos. Además de dinero, y ya zanjó Quevedo que poderoso caballero es don Dinero.

Los animales sufren, padecen, sienten y merecen compasión, como cualquier ser vivo. No son inertes y, desde luego, menos indolentes que algunas personas. Las muertes atroces, recreadas en el sadismo, son barbarie. Aunque la barbarie se puede explicar, justificar, defender y hasta enseñorear, sobre todo tildando desde la desdeñosa displicencia (de cantamañanas, por ejemplo, o de cualquier otro calificativo hecho con la brocha gorda de la prepotencia rayana en la mala educación) a quienes se esfuerzan por lo que creen más justo, más humano, más ilustrado y más cívico.

Cuando Miguel Servet fue quemado en la hoguera por hereje, el filósofo Sébastien Châteillon afirmó: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron una doctrina, mataron a un hombre”. Así que tratar sádicamente a un animal es exhibir y fomentar el sadismo, no defender ninguna doctrina. No hace falta recordar que la banalidad de la crueldad es ubicua y pertinazmente constante, con permiso de Hannah Arendt. Yo conozco bien el mundo de los perros maltratados -utilizados como herramientas desechables por algunos cazadores y como sparrings por algunos boxeadores, arrojados a contenedores de basura, regalados como juguetes a niños malcriados por padres indolentes, abandonados en las cunetas de todo el país, etcétera-, y sé que es sangrante, sin paliativos. La brutalidad no entiende de fronteras ni de líneas rojas: ni delgadas ni gruesas. Somos unos cuantos quienes lo vemos así, de toda raza, pelaje político, condición personal, extracción social, nivel cultural y económico, aunque algunos se empeñen en un reduccionismo simplón, cuyo objetivo es tanto demonizar como humillar. Es decir, arrumbar a la esfera de lo grotesco, tarado y paupérrimo a quienes opinan de manera contraria. Sucede mucho y va a seguir sucediendo. Pero el progreso siempre se abre a paso, aunque no sea de forma lineal ni acumulativa. Era la tesis de los ilustrados, un siglo de luces y tinieblas como todos, como este siglo XXI: con sus particulares claroscuros, a lo Michelangelo Merisi da Caravaggio.

Hace años el cambio climático era cuestionado en el mejor de los casos, motivo de chanza en muchos otros y visto a menudo como algunos quieren ver hoy la defensa animal: como un capricho propio de frikies, de radicales ecologistas, de cavernícolas contrarios al progreso, de perroflautas o de vaya usted a saber. Hoy es innegable científicamente, aceptado a más o menos regañadientes por la opinión pública, pero asumido de entrada;y, por supuesto, ariete político. Aquí, en Pekín, en Alburquerque, en Dallas y en Tombuctú si me apuran. Han transcurrido años de debate, y muy bronco, hasta llegar al actual punto de opinión pública sobre cambio climático. Quizá con los animales vaya a suceder lo mismo. Que cada uno defienda su postura desde su visión, su experiencia personal, sus convicciones, sus intereses económicos, su filantropía y su libertad de expresión. Y, si no es mucho pedir, a ser posible con respeto y educación.

La autora es periodista, escritora y cofundadora de Auxilio a los Animales de Campohermoso.