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Al nacionalismo posmoderno español

Por José Ángel Saiz Aranguren - Jueves, 2 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Ideológica y dialécticamente no acabo de entender que una izquierda que se autoproclama progresista y republicana se manifieste de la mano de una monarquía (con el 155 incluido) y sus sectores más reaccionarios en vez de estar celebrando (como el SAT) con cava la constitución de una república (aunque sea catalana). Siempre me han enseñado que la causa republicana se une a la libertad de los pueblos por su conquista.

Allá por los años 80, José Ramón Recalde escribía que el derecho de autodeterminación se podía plantear no ligado al sujeto colectivo abstracto de etnia, nación, sino como simple expresión de los derechos individuales a la política, a la cultura o a la libertad. Hoy ya vemos que no. Porque entiendo una contradicción que los y las dirigentes de IU-Podemos-PSOE nos hablen del procés en clave nacionalista para imponernos una nación española como esencia platonizante dentro de una realidad histórica preexistente e indisoluble a nuestra voluntad política. Esta defensa de la identidad nacional indiscutible e inevitable sí es nacionalismo del más rancio calado. Porque una persona puede ser española y de izquierdas y ser partidaria de las más rigurosa libertad de creencias y proyectos solidarios, como una persona puede ser religiosa y ser partidaria de cualquier credo religioso.

Además, cómo se puede concebir, desde la perspectiva presente de un Estado de Derecho, que se legalicen partidos que buscan la independencia pero cuando tienen la legitimidad suficiente para aplicarla legalmente se argumente que no es legal. Quizás por una vieja costumbre del nacionalismo autonómico de concebir la independencia como el cielo para los cristianos: como un delirio místico post mortem.

Porque de lo que estamos tratando ahora es de una superación ideológica del nacionalismo, llamada independentismo. Corriente ésta conciliadora y sinceramente solidaria con los problemas de otros pueblos. Así que, por favor, dejen de utilizar la noción de nacionalismo. Y no solo por principio ideológico, sino porque nacionalismos los ha habido integristas y revolucionarios, emancipatorios y colonialistas, religiosos y profanos, refinados y simplistas, vanguardistas y ultratradicionales, racistas y antirracistas, imperialistas y tercermundistas, integristas y posmodernos, etcétera.

Y permítanme que me detenga en este último, pues creo que ha sido adoptado por estos partidos mencionados. Como señala enDejar de pensar, Santiago Alba, en la transición, la izquierda tuvo que optar entre un anticapitalismo reivindicando el marxismo o la resignación posmoderna, escéptica y nihilista. Y eligieron esto último. Es decir, eligieron una perspectiva en la que ya no querían pensar en qué sociedad vivían porque ya no eran capaces de soportar la realidad;la realidad de seguir siendo miembros de la sociedad moderna, es decir, de la sociedad capitalista.

A esta situación la denomino, con cierta prudencia, nacionalismo posmoderno de la transición, en donde ideológicamente los partidos señalados confunden Bakunin con Bankinter y les rodea un conservadurismo alienado con falsas ideas sobre libertad, burocracia, cosmopolitismo o comunismo. Esta cohorte de hombres y mujeres de izquierda quieren, curiosamente en nombre de un cosmopolitismo -diría yo ibérico- recuperar la España centralista y monótona. Y en esto están no solo coincidiendo sino manifestándose con los grupos más ultraderechistas del Estado.

Ejemplos hay muchos. Así se oye decir a Óscar Puente, portavoz del PSOE y en su papel de alférez, que deben “poner orden y sentido común a una situación caótica” o “que no hay ninguna bandera de izquierdas en la causa independentista”. Se les ve más cómodos junto a otra bandera, o defendiendo la producción de armamento, las bases de la OTAN, la monarquía, la reforma laboral, la abstención a Rajoy, la banca, la CEOE o el 155. O vemos a Josep Borrell, junto a la Falange, celebrar el despido del periodista John Carlin porque “lo tiene bien merecido”.

Mientras Alberto Garzón suelta el exabrupto de que no se puede ser comunista e independentista, y se queda tan ancho. O Paco Frutos (PCE), de la mano del consumo más suicida y la publicidad más indigna, llamando traidores a la gente independentista y acusándolas de ir contra la democracia. Si no han confundido consumismo con comunismo no entiendo, desde un punto de vista ideológico, a semejantes camaradas. ¿Qué pensarán los pueblos saharaui y kurdo de estos dirigentes?

Por otra parte, Pablo Iglesias arengaba a su masa a recuperar esa España contra los proyectos independentistas, mientras desautorizaba a Albano Dante y a Podem Catalunya. Como siempre, no es más que una cara verbalmente democrática, y siempre buena, del viejo totalitarismo estatista. Creo que el grupo Podemos está cumpliendo a pie juntillas los dos papeles socializadores para el que fue legalizado. Por una parte frenó y paralizó toda la protesta popular del 15-M que desde la calle era capaz de mover gobiernos y, por otra parte, está siendo el grupo que intenta, desde el progresismo, confundir al movimiento independentista hacia un centralismo acogedor. Qué más quería el poder estatal que encontrar un elemento que, aunque fuera distorsionador, le solucionase los dos problemas que no era capaz de solventar. Porque mientras el grupo Podemos (con algunas excepciones anticapitalistas) siga riéndose del Gobierno, el Gobierno podrá seguir riéndose de él. Ya decía el filósofo Santiago Alba que bromear con los errores es la mejor forma de disculparlos.

Y cuando nos llamen separatistas, les contestaremos separadores. Separadores de la clase trabajadora, de la ciudadanía y de las ideologías. Porque siempre nos sentiremos independientes, pero aislados nunca.

Reflexionar quienes desde la izquierda gritan que se ha ido demasiado lejos, porque sois los que nos quieren impedir que vayamos a ninguna parte.

El autor es concejal de EH Bildu en Zizur Mayor / Nagusia y profesor de Filosofía

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