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Música

Incombustibles

Por Teobaldos - Viernes, 3 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

orquesta sinfónica de euskadi

Intérprete: Joaquín Achúcarro, piano. Dirección: Robert Treviño. Programa: Obras de Ravel y Shostakovich. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 31 de octubre de 2017. Público: lleno.

apesar de los avatares que Shostakovich tuvo que soportar toda su vida: sus afectos y desafectos con el régimen soviético, -a veces al borde de la prisión, incluso de la muerte-;o la enorme presión que el entorno ejercía sobre el compositor -también el entorno occidental, que no siempre comprendió las colaboraciones con el estatus político, indispensables para la supervivencia-;el gran compositor y su música son incombustibles. Nuestro querido y admirado maestro Achúcarro también es incombustible. Ahí esta, dando lecciones no sólo de música, sino de agradecimiento, de cercanía, de bondad. Achúcarro es una de esas personas que cumple con el proverbio clásico: “La bondad como primer fruto de la inteligencia”;si, antes incluso, que su inconmensurable arte pianístico. El concierto de piano y orquesta para la mano izquierda de Ravel, además del consabido reto para el intérprete, es -como todo Ravel- un vaivén de grandes sonoridades e imprescindibles delicadezas. En la obra que nos ocupa prevalece el dramatismo -comienzo grave y oscuro- hasta la entrada del pianista, que Achúcarro hace rotunda y heroica, como queriendo que la vida se imponga, a pesar de todo. Ese es, en el fondo, el argumento del concierto. Hay una lucha constante por esa supervivencia del solista: una mano que parecen dos, episodios de amargura, y también, delicada ternura en pasajes que surgen de repente;incluso cierta ironía. El final, de virtuosismo para el solista, vuelve a esa lucha por la supervivencia del piano con respecto a la orquesta: del hombre mutilado, contra el mundo. El maestro solventó con una extraordinaria energía su reto. El Claro de luna, de Debussy, que dio de propina, sencillamente magistral, con una luminosa quietud.

Desde los primeros compases de la grandiosa sinfonía número once de Schostakovich, con un matiz piano increíble en toda la orquesta, ya intuimos que íbamos a asistir a una buena versión;porque sólo desde el trabajo minucioso -incluso en este enorme mosaico de situaciones- se logra esa tensión con el sonido al borde del silencio. Treviño hizo una versión entera, en todos y cada uno de los episodios que la componen. Fundamental, toda la tarde, el sonido de la cuerda grave, que cimentó la versión desde las entrañas. El torbellino de contrabajos, contrastaba con una cuerda aguda, muy poblada, que no se dejó intimidar ni en los estallidos más fuertes de metal y percusión. Momentos estelares, también, fueron los pianos súbitos, el sonido estático y expectante a partir de ellos. En esta obra, es fácil impresionar al espectador con los pasajes en fortísimo;pero impresionarle con los episodios más quietos, con el fraseo de los temas sobrecogedores, con la expresividad muy vibrada de la cuerda, con el simple pizzicato, o con una marcha fúnebre que se va transformando, al final, en la tremenda explosión reivindicativa, sólo está a la altura de una soberbia interpretación. Los solistas -corno, trompa, trompeta…-, impecables.

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